Opinión

La reconciliación como mandato y servicio de la iglesia


A propósito del artículo del teólogo chileno Santibáñez, Director del Cielac-Upoli, me parece oportuno y necesario compartir algunas reflexiones en el marco del debate sobre el nombramiento del cardenal Obando como Coordinador del Consejo de Reconciliación y Paz.
La reconciliación es una necesidad que ha acompañado al ser humano desde que aparece en la historia la violencia como empresa organizada que enfrentó unas comunidades contra otras. En algunas culturas primitivas la comunidad vencedora iba a la comunidad vencida en son de reconciliación y paz y con un lazo como símbolo, ayudaba a reconstruir la ciudad de la comunidad vencida. Y es que ninguna comunidad humana, así como el ser humano como individuo, puede vivir en conflicto violento permanente.
El arzobispo Leopoldo Brenes, al preguntársele en la campaña electoral si estaba de acuerdo con la temática de la reconciliación enarbolada por el Frente Sandinista, él respondió que no se trataba de estar o no de acuerdo, pues la iglesia hablaba de ella desde hace 2,000 años.
Ciertamente, la reconciliación es el mandato central del evangelio, pues Dios a través del Cristo crucificado reconcilia al mundo con él, pero también es cierto que en su historia la iglesia no ha sido tan fiel a ese mandato del evangelio, participó y fue cómplice de las peores matanzas y etnocidios que se tenga memoria: las cruzadas y la conquista de las Américas, la noche oscura de la edad media. Sólo 500 años después la iglesia pidió perdón.
Esto lo traigo a luz ante aquellas voces surgidas en el seno de la iglesia y fuera de ella cuestionando la solicitud del presidente Ortega al cardenal Obando para que acepte la coordinación del Consejo de Reconciliación y Paz. Por lo tanto, para la iglesia la reconciliación es un mandato evangélico, no importa el tiempo ni el lugar, fuera o desde el Estado.
También se argumenta que la guerra ha pasado hace 16 años, que no tiene sentido trabajar por la paz, pues ésta es ya una realidad. Debo decir que la forma como algunos sectores se han alzado cuestionando la temática de la reconciliación en la pasada campaña electoral y ahora sólo refleja precisamente el odio y rencor que anida en muchos sectores de nuestra sociedad.
Estando en Nueva Guinea, cuna de paz y reconciliación en Nicaragua, hace algunos meses, con Hansulrich Gerber, Presidente del Programa del Decenio contra la Violencia del Consejo Mundial de Iglesias, se les preguntaba a dirigentes de la Resistencia -- algunos de ellos heridos, lisiados de guerra, otros que habían perdido a toda su familia -- ¿qué educación querían para sus hijos? Uno de ellos contestó que él enseñaría a sus “hijos todas las barbaridades que a él le hicieron, para que los sandinistas nunca volvieran al poder”. Otro, el Comandante Gallo, que perdió a padres y hermanos, contestó con los ojos humedecidos que él jamás contaría a sus hijos las atrocidades de la guerra, pues no quería inyectar en ellos el dolor, el odio y la amargura con la cual él convivió, hasta que sufrió una conversión a partir del trabajo de las Comisiones de Paz y Reconciliación, de las cuales él ahora era parte activa, y que sus hijos se dieran cuenta cuando crecieran y decidieran a su propio criterio.
Hansulrich Gerber, experto en conflictos postbélicos, afirmaba que los especialistas coinciden en asegurar que las secuelas de la guerra sólo se superan a lo largo de cuatro generaciones.
Nosotros vivimos una paz sólo como ausencia de violencia política armada. De lo que se trata es de construir una paz como cultura plena.
El 20 de noviembre pasado, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Iniciativa Mundial de Reconciliación (A/RES/61/17) formulada por el Instituto “Martin Luther King”, de la Upoli, la cual se constituye en un llamado para todos aquellos Estados miembros que han vivido escisiones profundas producto de conflictos prolongados. De tal manera que la reconciliación en Nicaragua no sólo es una necesidad histórica y un propósito central en el nuevo gobierno, sino que ahora es también un mandato de la comunidad internacional.
El cardenal Obando como cristiano y guía espiritual católico tiene pleno derecho en continuar su labor mediadora, constructora de paz y reconciliación, la historia ya lo ubica en un lugar especial por su labor intercesora al lado del pueblo. Atrás quedaron tiempos en que la oligarquía lo utilizó para sus intereses. El evangelio es metanoia, cambio. Ahora el pueblo y el Cardenal se encuentran caminando de la mano en la búsqueda de nuevos espacios de dignidad, justicia y libertad, que son los valores esenciales del paradigma de la reconciliación.
*Director Instituto “Martin Luther
King”
Upoli