Opinión

Más gatos que liebres


Si las ideas sobre la revolución fueran únicas e inconmovibles, serían simples insumos para construir dogmas muy poco diferentes a los de cualquier iglesia. Por eso, no se puede usar un “revolucionariómetro” para comprobar quién es y quién no es un revolucionario, como me imagino que no es suficiente ser bautizado y confesarse para ser cristiano. Pero es fácil advertir que quien supone que modificando los estilos y las formas de las cosas, sin importarle el fondo, es un revolucionario de palabra. Será un seudo revolucionario quien crea que basta violar las normas institucionales para transformar una sociedad; un mero usufructuante del poder, que no lograría aproximarse ni a gobernante democrático burgués.
Daniel Ortega quiere hacernos pensar que está revolucionando la función del Estado alterando los estilos y las formas de gobernar, lo cual tampoco será bueno sólo por ser diferente, menos si con ello se violentan las leyes. Un mes es poco tiempo para perfilar en definitiva un gobierno de cualquier signo, pero es suficiente para tener claro si sus actos son indicativos de corrección o desaciertos.
El orteguismo alardea con sus reformas sociales, las cuales no han pasado de ser promesas o insinuaciones de cambios. La rebaja salarial a escala de gobierno pareció plausible a los sectores del pueblo que se debaten en la pobreza y el desempleo; sobre todo, al comparar la obscenidad de los megasueldos, los que, en general, aún prevalecen en el Estado. Y no ha transcurrido mucho tiempo después de esta rebaja, cuando ya es anulada con los nuevos cargos burocráticos, los cuales, además de su intencionalidad política de sobreponerlos a los ministros y centralizar más el poder, implican erogaciones económicas ilegales.
El gobierno no avanza nada con sacar tres mil dólares de unos bolsillos para meterlos en otros. La gratuidad de la educación es promocionada como una revolución educativa, pero es anulada por la falta de aulas adecuadas; la educación sigue siendo privada y bien cara en centros educativos preescolares, de primaria, secundaria y universitarios más eficientes en instalaciones físicas para el estudio y la enseñanza, pero en donde los curas, pastores y empresarios privados hacen un gran negocio, amén de su dudosa educación científica (en los colegios privados hay fuerte apoyo a la penalización del aborto terapéutico).
La salud gratuita, otra de las promesas “revolucionarias”, sufre sus propias deficiencias y limitaciones, y en cuyo campo igual campean los negocios privados, incluso a costa de los trabajadores asegurados, llamados “clínicas provisionales”, y en donde no sólo los médicos privados aprovechan al INSS, sino también hasta ex promotores de peleas de boxeo. Una apolítica de verdad revolucionaria en la educación y la salud presupone algo más que simples declaraciones y consignas.
Entonces, ¿en qué quedan las reformas “revolucionarias” de este gobierno? En consignas y propaganda. Aun cuando todo lo prometido llegara a hacerse efectivo, no pasarían de ser reformas liberales que cualquier gobierno burgués podría hacer sin aspavientos “revolucionarios”, pero si aquí hubiera una burguesía progresista, inteligente o siquiera menos mezquina. Pero ha predominado en el poder una burguesía cerril, y eso está permitiendo que seudos revolucionarios estén administrando su oportunismo con mucho alarde. En Costa Rica hay más avances en la educación sin que la burguesía pretenda pasar por revolucionaria.
Es lógico que “nuestra” burguesía, tacaña y atrasada, esté viendo los desplantes del orteguismo como una expresión revolucionaria --aunque ya adoptó actitudes reaccionarias y es capaz de adoptar aún más--, porque la clase dominante tradicional no bota todavía su taparrabo ideológico; ha sido incapaz de producir un liderazgo progresista y aún rinde tributo a un grupo de ladrones, de cuyo caudillo no ha podido prescindir (el Cosep recién se ha reconciliado con Alemán y su PLC). Es dentro de este ámbito político y social atrasado que Ortega está haciendo alardes de revolucionarismo.
El orteguismo está administrando ideas revolucionarias, no en teoría, sino en el discurso simbiótico de lo esotérico, lo católico y lo astrológico. No obstante, hacia fuera lo hace pasar como revolucionario. Pienso que la solidaridad de Venezuela y Cuba, principalmente, no le viene al orteguismo porque estén convencidos con su discurso, sino por el pueblo nicaragüense y porque, de haber triunfado aquí la derecha, se hubiera reforzado el cerco imperialista regional, y si fracasara como partido gobernante, podría reforzarse en el futuro la influencia gringa en nuestras relaciones internacionales.
Para los países latinoamericanos en procesos de cambios, con gobiernos de izquierda, al margen de sus diferencias y matices, es mejor estar en compañía del orteguismo que estar más aislados y cercados por un gobierno al servicio de los Estados Unidos. Pero, ¿quién podría evitar que por los deslices de este gobierno se vea fortalecida la derecha e injerencia gringa en Nicaragua y, en este caso, Venezuela y Cuba llegaran a pensar algún día en cuestionar la compañía inconveniente y molesta del orteguismo? En términos políticos, nada es imposible ni eternamente duradero (la política de Daniel ya está uniendo a la derecha del PLC).
Por otra parte, es comprensible que los gobiernos revolucionarios de la región quisieran tener mejores relaciones con las iglesias y sus jerarquías en sus respectivas países; primero, porque un cristianismo no mediatizado por la reacción pro imperialista no es contradictorio con los principios de la justicia social --como ha sido demostrado por la teología de la liberación--; en segundo lugar, porque la justicia social verdadera deja de ser fuente de contradicciones violentas en la sociedad, lo cual crea estabilidad interna, y a la agresión externa le es más difícil encontrar aliados disfrazados de religiosos.
Pero, con seguridad, ningún gobierno de izquierda de los existentes en América Latina optaría, a cambio de una alianza con las jerarquías, por convertir a sus líderes y a sus partidos en monaguillos de cardenales y obispos, como lo están haciendo aquí Ortega y los líderes principales del gobierno. Mucho menos que aceptaran compartir con los jerarcas y sus iglesias ideas y posiciones ultra conservadoras sobre temas que pusieran a sus científicos bajo el control de sus dogmas, y descuidaran su deber de salvar vidas, como en el caso del aborto terapéutico necesario.
Dudo mucho que los gobiernos de izquierda del continente quisieran ver a sus ideólogos, historiadores e intelectuales en general justificar sus errores, como lo hacen aquí algunos intelectuales “sandinistas” que actúan como verdaderos restauradores de imágenes rotas, y a quienes les parece bien cualquier cosa que haga su caudillo.
Se puede probar algo sin usar el “revolucionariómetro”: en casi medio siglo de revolución, Fidel Castro no ha cambiado el escudo nacional en la papelería oficial ni ha usado la bandera cubana como capa de “superman” del cuarto mundo (tampoco lo ha hecho Hugo Chávez en sus ocho años de gobierno con esos símbolos de Venezuela). Daniel Ortega lo ha hecho con la bandera y el escudo de Nicaragua, y por eso, nadie va a creer que es más revolucionario que ambos.