Opinión

Nicaragua frente a la nueva realidad mundial


Diecisiete años después regresa el Frente Sandinista al gobierno. Un regreso que despierta expectativas y temores: entre la mayoría de la población las primeras y entre los inversionistas-rentistas los segundos. No es la causa de ambos, sin embargo, el regreso de la revolución popular sandinista al poder, porque todos saben que el nuevo gobierno sandinista se ciñe al Estado de Derecho que con muchas dificultades la revolución logró desarrollar. Un Estado de Derecho que además no requiere destruirse porque todavía es funcional, aun cuando resulte inevitable su adecuación a la nueva realidad.
Es ésta, la nueva realidad, la que despierta expectativas y temores. No la nueva realidad de Nicaragua, sino la del mundo y más concretamente la americana, en la cual el país se encuentra inmerso. Una nueva realidad a la cual los gobiernos neo-conservadores-liberales quisieron rehuirle haciendo además todo lo posible para evitar el triunfo electoral del Frente Sandinista precisamente para que Nicaragua no se insertara en ella. Ésta es la verdadera causa de la esperanza y de la desconfianza.
La nueva realidad mundial se caracteriza por «el regreso de la historia», para usar la nueva metáfora de Fukuyama. El replanteamiento en términos más radicales pero más lúcidos de la contradicción Norte/Sur. La reapertura de las luchas por la dignificación del Sur, incluyendo en esta clasificación de la geometría mundial a todas las naciones subyugadas por el Norte, no desde ahora, sino desde siempre.
Una reapertura de la lucha por lo demás recurrente en sus objetivos, porque también son históricos, que van desde la reivindicación de la ciudadanía plena de los excluidos hasta la recuperación de los recursos estratégicos como base material de sustentación de su dignidad humana, reconocida desde siempre pero igualmente negada. Esta vez fundamentada la lucha en la unidad de todos los pueblos del Sur, por regiones e interregionalmente. Una quimera que ha dejado de serlo por la propia realidad del Norte.
Cuando creyó que había arribado al «fin de la historia», según la anterior metáfora fukuyamista, para expresar su absoluto dominio sobre el mundo, mayormente sobre el Sur, el Norte estaba llegando en realidad al inicio de su propio fin. Así es la dialéctica de la historia. Con más poder militar que nunca e inaugurándose como Estado-universo, el Norte se percata que ni la unipolaridad militar ni la unilateralidad política le resultan suficientes parta perpetuarse en los términos anteriores.
Víctima de la despiadada depredación del mundo y de su propio despilfarro, de la irresponsable cultura antinaturaleza, que ya rompió el equilibrio ecológico mundial, el Norte se encuentra limitado de recursos, empezando por el más importante: el petróleo, base de su sistema industrial y de su confort social. Obligado a retener todos esos recursos por la fuerza, con más violencia que nunca, decidió transformarse en interventor militar del mundo, dejando a un lado su holgada posición de policía que le bastaba ejercer con la amenaza del uso de la fuerza o cualquier otro tipo de amenazas ilegítimas. Y se empantanó.
Desmintiendo el pertinaz desmentido oficial sobre la adopción de la política de la «guerra de civilizaciones» anunciada por Huntington, el Norte cristiano se lanzó contra el mundo musulmán y mantiene incendiado al Medio Oriente, desde Líbano hasta Afganistán, para retener el control sobre el petróleo de la zona. Una agresión militar que ya abarca el cuerno de África y que corre el riesgo casi inminente de extenderse a Irán, estrechamente vinculado a Rusia, China e India, tres potencias nucleares. Sería una catástrofe. Un riesgo que presiona aún más sobre la crisis geopolítica global, y obviamente sobre los precios del petróleo.
Simultáneamente en el Sur se produce un estallido de libertad. Rompiendo ataduras con cada uno de los dos polos que por casi cincuenta años mantuvieron la estabilidad del mundo sobre la base de lealtades ideológicas o de simple pertenencia a la respectiva zona de influencia, las naciones del Sur se lanzan de nuevo a replantear su lucha sin obedecer a una ideología cerrada, pero sin abandonar los principios que las mueven en procura de su independencia y dignificación. Por definición de izquierda. Y empiezan un nuevo ciclo de organización.
En América este nuevo impulso organizativo retoma los objetivos primigenios, los de la revolución independentista: la lucha interna en cada nación, como condición necesaria, y la solidaria unidad política de todas ellas, como condición suficiente, para la independencia nacional. Una tesis original de “El Libertador” Simón Bolívar --compartida en general por sus pares americanos--, que hoy día implementan con éxito sus descendientes por el correcto manejo que hacen de la nueva situación mundial.
Dos siglos después, sin embargo, la unidad política tiene un sustento material: el petróleo. Es el petróleo el que cataliza la unidad geopolítica regional, el que permite contener y hasta revertir la agresión económica externa, potenciando además la solidaridad. Una base material que no tuvieron los independentistas, que por lo mismo siempre estuvieron en franca desventaja frente a la corona española, primero, y después frente al naciente imperio norteamericano. Y el petróleo americano es fundamentalmente venezolano, la patria de “El Libertador”.
Liderando la unidad geopolítica regional, a partir de Suramérica, que también fue el núcleo principal de la revolución independentista, los nuevos independentistas se enfrentan al Norte con la seguridad de que no serán doblegados por razones económicas. Y por la misma razón los Estados Unidos, ahora imperio único global, estigmatiza por todos los medios y cotidianamente al presidente Hugo Chávez. No sólo porque forma parte activa, quizás la más activa del liderazgo suramericano, sino precisamente porque ha rescatado para América el petróleo venezolano, no sólo para Venezuela, reivindicando así la soberanía plena de la región, sustento de la unidad geopolítica regional.
Y el nuevo gobierno de Nicaragua no está ajeno de esta nueva unidad geopolítica nuestra americana. Por el contrario, por su propio origen revolucionario pero sobre todo por su propia experiencia de indefensión frente a los Estados Unidos, fundamentalmente por causas económicas, el gobierno sandinista está obligado a integrase a este impetuoso movimiento unitario americano. Es esta unidad la que le permite manejar correctamente sus relaciones con el Norte, en términos de dignidad humana y de desarrollo económico equitativo.
Esto lo saben o lo perciben nítidamente las grandes mayorías y los inversionistas-rentistas. De ahí las esperanzas y los temores. Los inversionistas estratégicos no sienten temores frente a esta nueva realidad, porque también ellos comparten las expectativas en el nuevo mundo que está naciendo, que no los excluye.