Opinión

La reconciliación, el Cardenal y la Iglesia


Cuando era chavalo y amanecía con el genio atravesado, todo me molestaba. Mi madre, con una admirable paciencia, me decía: “Eres como el perro del hortelano, no comes ni dejas comer”. Esto lo recuerdo, precisamente, a raíz de leer en los medios escritos y oír por aquí y por allá a mucha gente su inconformidad sobre la posibilidad de que el cardenal Miguel Obando y Bravo pudiera asumir la coordinación del Consejo de Reconciliación y Paz. Advierto en la opinión de un determinado sector su desagrado frente a esta iniciativa del presidente Ortega, pero también hacia quien ha sido invitado a presidirla. Se levantan de pronto voces muy negativas que critican, de uno y de otro lado, sin proponer nada, y es entonces que me recuerdo del dicho paciente de mi madre: no comes ni dejas comer.
Nicaragua es un país de heridas abiertas y de una memoria muy frágil; su historia está entrecruzada por dolorosos procesos políticos y sociales que la han empujado a encuentros fratricidas y suicidas, convirtiéndola en un país con traumas políticos y enormes angustias sociales. No ha existido una visión de país conciliatoria y democrática, y más bien ha predominado el rugido del más fuerte, haciendo de Nicaragua una especie de selva, ingobernable, donde sobreviven sólo las especies mejores dotadas de la jungla.
La iniciativa del presidente Ortega de contar con un Consejo de Reconciliación y Paz no sólo obedece al plan de poner en ejecución su programa de gobierno y sus promesas anunciadas en campaña, sino que busca, sobre todo, poner en su agenda política un tema que a ningún otro gobierno se le pasó por la mente hacer: buscar la reconciliación entre los nicaragüenses. Al respecto quiero hacer algunas puntualizaciones.
El tema de la reconciliación puede ser abordado desde tres aspectos: uno político, otro sicológico y el religioso. Ninguno se excluye, sino que se complementan y cruzan, porque forman parte de un entramado social que toca las diversas esferas de la vida de las personas de una sociedad.
Por ahora me limitaré al aspecto religioso de la reconciliación, a fin de justificar su interés político y social.
En su libro Las Bienaventuranzas: Evangelizar como lo hizo Jesús, el teólogo Segundo Galilea dice que la evangelización es una simultánea proclamación de una justicia liberadora y de la reconciliación. Advierte con esto que justicia y reconciliación no se excluyen, sino complementan. Aún más, con ello afirma que restablecer la justicia es condición fundamental para la reconciliación. Pero eso no es suficiente, porque no puede sanar heridas y hacer desaparecer las ofensas del pasado. Para que la justicia prevalezca debe imperar la verdad, pues sin la verdad no hay justicia y sin justicia es imposible la paz. Ésta es la ecuación del evangelio que nos enseña Jesús y que pasa necesariamente por la práctica personal y social. No sólo se debe luchar por la justicia, sino también amar a nuestros enemigos, y esa es una demanda seria y un desafío ineludible del evangelio. Para muchos, el llamado del Presidente a ocuparnos de este tema, y la consecuente creación de un Consejo de Reconciliación, suena utópico y descabellado, pero Nicaragua precisa con urgencia someterse a un proceso de sanar sus heridas, tanto sociales como políticas que se arrastran del pasado, y no seguir lamiendo sus llagas, negándose a ver un futuro más solidario y con justicia social.
La presencia del cardenal Obando en el Consejo de Reconciliación es una garantía válida, tanto por su investidura y su experiencia, para orientar al gobierno, a la clase política y a la sociedad civil en la práctica de la reconciliación y la búsqueda de la paz. La trayectoria del Cardenal y la imagen que él representa como hombre de iglesia, pastor y profeta difícilmente hará que asuma una responsabilidad de tal magnitud, con intereses mezquinos y meramente partidarios. El espíritu que mueve a un hombre del nivel del Cardenal es el bien común, expresado en una patria más solidaria, más justa y fraterna, donde podamos vivir con transparencia y convivir en paz.
La Iglesia es depositaria y portadora del mensaje cristiano de reconciliación. De la cruz de Cristo brota ese mensaje, donde el mismo Jesús experimentó en su propia carne todo el odio y la impiedad que los sistemas humanos, perversos y diabólicos, pudieron ejercer contra él. Desde allí, dice san Pablo, que Dios reconcilió en Jesucristo al mundo.
El Cardenal es un hombre que lleva las marcas de la Iglesia y su experiencia puede contribuir al proceso de reconciliación con sapiencia. Que eso implica un papel político es indiscutible, pues la práctica del perdón, de la justicia, de la verdad, la reconciliación y la paz es el ejercicio mismo del evangelio, iluminando la vida humana. La sal para que sazone la comida, debe diluirse en ella, si no no tiene sentido.
La reconciliación es una gracia y por lo tanto la iniciativa viene de Dios. Existen dos partes en el proceso de reconciliación, el ofensor u opresor, el ofendido o la víctima. No existe la reconciliación si ambas partes no se encuentran y se dan en el perdón. El proceso puede comenzar en cualquiera de los dos extremos. La autenticidad del perdón es sospechosa si la justicia no es nombrada y reconocida, al menos por la víctima. La reconciliación no es una cuestión de crear una institución y dar beneficios sociales a un determinado grupo de gente. El tema propuesto por el gobierno tiene una cobertura de país y debe atravesar por lo tanto el alma nacional, su moral, su espíritu. Las víctimas de tantos atropellos a sus derechos humanos más fundamentales como los ofensores u opresores, que han violentado impunemente la dignidad de las personas, deben ser interpelados a un encuentro para el perdón; sin perdón no hay reconciliación y sin reconciliación seguirá habiendo víctimas y victimarios, oprimidos y opresores; y aquí no ha pasado nada señores.

∗El autor es profesor de Teología y Filosofía