Opinión

Toda una vida


Hace algunos años, en una visita a un barrio de una ciudad en Cataluña, me encontré con un hombre de Andalucía, que es mi patria chica compartida con Nicaragua. El hombre debía tener unos sesenta y tres años. Según las leyes del país, le quedaban dos más para jubilarse. Llevaba cuarenta años fuera de su tierra, y para quienes no conocen España, habría que aclarar que hay mucha diferencia entre las tierras del norte y del sur a pesar de estar en el mismo país. Para quien ha nacido en Andalucía, como para quien ha nacido en Nicaragua (dos tierras que comparten mucho más que historia y hasta un modo de ver la vida y los problemas), no existe un lugar mejor en el mundo. No se puede estar en otro sitio, a pesar de que no se caractericen, en medio de sus contextos, por ser tierras de prosperidad.
Yo me había percatado de que este buen señor me estaba mirando desde hacía rato, escrutándome con los ojillos cerrados, como quien estaba resolviendo un misterio que nadie sabe. Nos hallábamos en medio de una fiesta en un barrio de emigrantes andaluces, la mayoría obreros en aquella ciudad, una fiesta de “traje” (en la que cada cual trae un producto típico, en ese caso, aceitunas, jamón serrano, migas, gazpacho andaluz, salmorejo, etc.). Al hombre le tenía despistado mi acento mezclado y se me fue acercando hasta preguntarme de dónde era. Pero finalmente fue él quien me contó su historia. Llevaba cuarenta años en esa región del noroeste de España, fronteriza ya con Francia, y me quedé asombrado que en cuarenta años no había perdido ese acento andaluz cerrado que se come los finales de las palabras y está reñido con las eses. Cuarenta años trabajando a destajo, según me dijo, en todos los oficios. Había sido ebanista, pintor, fontanero, maderero, albañil, taxista, jardinero y hasta basurero. Siempre en empleos con contratos cortos. Por fin pudo establecer una pequeña tienda de pescado y otros productos congelados (“colegados” me decía él). De eso ya hacía cinco años. Su mujer estaba muy enferma. Tenía dos hijas que cuidaban de ella por turnos, y cada cual estaba ya casada, y le habían dado seis nietos. Él llevaba todos los asuntos de la tienda. En un momento se detuvo, bajó la mirada a la tierra y me dijo algo que no he olvidado, más por el tono con que lo dijo que la frase en sí: “Pero estoy cansado”, y se quedó en silencio.
No se trataba de la tienda, ni del trabajo, ni siquiera de la enfermedad de la mujer. Después añadió: “Quiero regresar. Sólo me quedan dos años para jubilarme, y si Dios me da fuerzas y mi mujer está con vida, yo me vuelvo a Andalucía. Eso es lo que he querido siempre. Ahorro un poquito más y me vuelvo. Para eso he luchado toda la vida”.
En la época en la que este hombre emigró, Andalucía, al sur de la península ibérica y de todo el continente europeo, carecía de oportunidades de empleo. Era un territorio enorme que aún dependía en gran parte de la agricultura, y el turismo apenas empezaba a generar algunas ganancias. En realidad sólo antes de la Edad Media, con los romanos, y más tarde ya con la invasión árabe que duró ocho siglos, Andalucía gozó de un esplendor que aún se recuerda en los poemas árabes de Al-Andalus y en los restos de una civilización irrepetible por la que nuevas formas de arquitectura, de matemáticas, de filosofía y de urbanismo entraron a una Europa dispareja a través del breve estrecho del Océano Atlántico que separa Andalucía de África. Al-Andalus representó para los árabes la época dorada de su civilización, y aún hoy sus restos en pie, como en la Mezquita de Córdoba, o en la maravilla del Palacio de la Alhambra en Granada, muestran que los reinos y califatos árabes de aquel tiempo estaban dominados por un sentido de la belleza que muy difícilmente se ha podido repetir. Aún está por comprobarse, pero algunos defienden que fueron años de armonía y convivencia, con lo que vendría a ratificarse la frase atribuida a Dostoievski, que “sólo la belleza puede salvar al mundo.”
Pero después de la reconquista por los reyes cristianos, Andalucía nunca pudo recuperar su esplendor y durante gran parte del siglo XX fue una tierra muy pobre, donde los grandes terratenientes eran quienes tenían el poder. Así empezó una gran emigración de campesinos, jornaleros y obreros hacia tierras de más bonanza, en el norte de España y hacia Alemania en los años cincuenta y sesenta. Este buen señor que me hablaba era uno de aquellos, y siempre he tenido en la memoria su forma de bajar la mirada y decirme que estaba cansado, que sólo esperaba regresar, a pesar de que la mayor parte de su vida la había vivido en otro lugar, donde además estaba toda su familia.
Pero, ¿saben qué? Me enteré por un amigo que trabajaba en esos barrios, años después, que el hombre no volvió. Seguía allí. Su mujer ya había muerto. Pero él seguía allí viviendo a veces en casa de una hija y otras en casa de la segunda. Según mi amigo, todavía decía que quería volverse a Andalucía. El hombre era de un pueblo de Sevilla.
Su historia me recordó al gran poeta castellano de madurez, pero andaluz de nacimiento, Antonio Machado, que dijo: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla”. Machado murió en Collioure, un pueblecito de Francia donde tuvo que exiliarse junto a su madre cuando la guerra civil. Su mamá, ya muy anciana para entonces, y sometida al largo y penoso viaje del exilio, cruzando los Pirineos hacia Francia, dicen que casi ciega, perdiendo el sentido de dónde estaba y por qué, le preguntó a su hijo: “Niño, ¿ya llegamos a Sevilla?” Murió muy poco tiempo después, como Machado, muy lejos de su Sevilla.
Uno siempre vuelve, si no con los pies, con el corazón. Pero hay quien se pasa toda una vida con el corazón en otra parte, defendiendo su acento, su tradición, sus costumbres, aunque viva en otro sitio. Me parece que no es tan bueno, pues creo que eso significa haberse mutilado dos tiempos, conservando sólo la niñez, como si lo de en medio y lo que sigue de la vida no valiera la pena. La vida a veces da miedo, y lo dan los aires nuevos, los nuevos acentos y las nuevas tierras, pero de donde uno es, donde tiene la memoria de los olores, donde empezó el amor, nunca se pierde aunque uno se mezcle en otras culturas, en otros tiempos. Con la mezcla, uno se expande, y se comprende mejor de dónde se viene, nuestra propia historia, que es a su vez fruto de otras muchas mezclas. La casa de uno es donde está el corazón, y a veces encuentra su tierra en otra. Nunca nos hemos quedado quietos. Pero al final, volver, siempre se vuelve a casa, aunque sea por el camino más largo. A veces hace falta una vida, y la otra.

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