Opinión

¿Engaño omisivo en el delito de estafa?


A Ramón Vega, mi padre,
in memoriam

La anacrónica regulación del delito de estafa en nuestro Código Penal obedece a la tradicional y excesiva casuística que ha caracterizado la técnica de tipificación de esta compleja figura delictiva; no obstante, en la actualidad existe un amplio consenso doctrinal que apuesta por el establecimiento de un concepto general de estafa, el cual, además del ánimo de lucro y el perjuicio patrimonial, exige como núcleo esencial la concurrencia de una conducta engañosa. En este artículo pretendo, a la luz de la futura regulación del delito de estafa, analizar la relevancia del silencio para afirmar o rechazar la existencia de este delito.
Así, pues, el planteamiento de las cuestiones a resolver parte del supuesto de aquellas conductas por medio de las cuales el sujeto omite proporcionar algún dato relevante para la celebración de un determinado acto (v. gr. la firma de un contrato, la entrega de un bien o la prestación de un servicio), que finalmente causa perjuicios patrimoniales a su contraparte. En este sentido, podemos plantear casos de la vida cotidiana como el del sujeto que se hospeda en un lujoso hotel, usa todos sus servicios pero luego se declara incompetente para hacer frente al pago correspondiente, o el de la persona que al momento de firmar el contrato, no saca del error en que había incurrido previamente su contraparte, sino que simplemente guarda silencio.
Pues bien, nos encontramos frente a manifestaciones que no implican de forma directa e inequívoca la realización activa de conductas engañosas para el delito de estafa, de ahí la cuestión de si una omisión puede constituir el engaño bastante para producir error e inducir al acto de disposición patrimonial. Este problema ha sido abordado desde dos perspectivas: a) la reconducción del silencio a la teoría de los actos concluyentes y b) el tratamiento del silencio como una particular forma de omisión (Vid. Valle Muñiz). En el primer caso, se esgrime que el silencio, unido a otras circunstancias, constituye, en realidad, una conducta engañosa activa, es decir, se dota al silencio de valor concluyente, lo cual sería aplicable al caso del cliente del hotel, ya que engaña, no por callar su falta de dinero, sino porque la conducta de entrar al hotel y hospedarse en éste denota su capacidad y disposición de pago (Así, Antón Oneca).
La segunda posición reconduce el silencio a las conductas omisivas para justificar un delito de estafa en comisión por omisión, cuestión de mayor complejidad y a la que no me voy a referir, pese a que en un proceso judicial nicaragüense me sorprendió que en sus argumentos la defensa --obiter dicta-- admitiera la posibilidad de castigar por medio de esta figura. Pese a esto, diré que parece muy difícil que la pura omisión pueda equipararse estructuralmente a la conducta activa de engañar requerida en el delito de estafa, y esto por mucho que una persona tenga la obligación legal (posición de garante) de comunicar los vicios de que adolece el acto, por lo que el camino más idóneo para resolver estos casos sería el instrumento de la legislación civil.
Parece que esta compleja labor de interpretación motivó al legislador a establecer expresamente en el Proyecto de Código Penal que habrá también estafa cuando el sujeto “mantenga en error a otra persona para que realice una disposición patrimonial en perjuicio propio o ajeno”.

*Becario predoctoral del Ministerio de Educación y Ciencia español Universidad de Alcalá, España.