Opinión

¿Puede Ortega ejercer un liderazgo regional?


Durante los días inaugurales del nuevo gobierno, la huracanada visita del presidente venezolano Hugo Chávez y luego la presencia del controversial presidente iraní acapararon toda la atención del presidente Ortega, estableciendo el orden de sus prioridades en política exterior.
La semana pasada se produjo una visita mucho más discreta pero que podría tener una implicación trascendental para Nicaragua a mediano plazo. Una misión de alto nivel de la Comisión Europea se reunió con Ortega para intercambiar criterios sobre el proceso de negociaciones que debe iniciar próximamente Centroamérica con la Unión Europea, para alcanzar un Acuerdo de Asociación.
Desde que Europa puso su atención en Centroamérica como región, durante los conflictivos años ochenta en las rondas de San José, siempre se ha perfilado como una especie de contrapeso a la influencia dominante de Estados Unidos en su traspatio. Un contrabalance no siempre efectivo, pero que al menos le ha ofrecido a Centroamérica una alternativa para diversificar nuestra dependencia.
Lo que se propone ahora es una relación de largo plazo, que tiene como premisa el fortalecimiento del proceso integracionista centroamericano --empezando por la Unión Aduanera-- y su proyección como bloque en las relaciones económicas y políticas con la Unión Europea.
Acostumbrados a trabajar a largo plazo --el proceso de la integración europea ha tomado más de medio siglo--, los europeos proponen un acuerdo que trasciende los tratados de libre comercio, y sin descuidar el área comercial incluye un componente de diálogo político con su respectiva cláusula democrática. En consecuencia, se trata de un proceso mucho más complejo que el del Cafta, pues obliga a Centroamérica a ponerse de acuerdo como región y establecer una estrategia negociadora común.
Para el nuevo gobierno de Nicaragua se trata de una oportunidad de oro para delinear el rumbo de su política exterior y proyectar ante el mundo cuál es el balance de sus prioridades, entre ALBA, Cafta y la Unión Europea. Pero, además, habiendo sido Daniel Ortega un crítico del Cafta y sus asimetrías, tiene ahora la oportunidad de proponer alternativas con sus colegas centroamericanos para producir un tratado que sea más beneficioso para Nicaragua.
Como diría el ex rector de la UCA, Xabier Gorostiaga, a Ortega ahora le toca pasar de la protesta a la propuesta.
Tiene a su favor la ventaja de que los europeos se muestran abiertos a reconocer las asimetrías y desigualdades entre ambas regiones y a lo interno de Centroamérica, lo que supone un tratamiento diferenciado y flexible hacia aquellos países de la región que se encuentran en desventaja con un menor grado de desarrollo. De hecho, la idea del acuerdo incluye un componente de cooperación para compensar estas asimetrías y desarrollar políticas sociales contra la pobreza. Y si se trata del plazo de la negociación, tampoco hay premura ni presión para lograr un acuerdo a marcha forzada, en tanto los europeos estiman un plazo razonable de dos años para llegar a un acuerdo.
¿Puede Ortega desarrollar alguna suerte de liderazgo regional en este complejo proceso de negociaciones para consensuar la posición centroamericana ante Europa? En términos objetivos, a ningún otro Presidente de Centroamérica le debería interesar más que las negociaciones con la Unión Europea sean exitosas, precisamente para afianzar un espacio económico y político que se ubica al margen de la hegemonía de Estados Unidos en la región.
La cuestión es si Ortega tiene la determinación y sobre todo la flexibilidad para trabajar con sus colegas en construir una plataforma común, para vencer las ya conocidas tendencias al hegemonismo, los bloques intrarregionales y las disputas bilaterales.
Ortega enfrenta el dilema de pretender convertirse en “el hombre de Chávez” o la “punta de lanza del ALBA” en Centroamérica, como sugieren algunas voces desde Caracas, o de establecer sus credenciales ante sus vecinos como un auténtico promotor de la integración regional y del Acuerdo de Asociación con los europeos. Lo primero le daría algún poder de negociación coyuntural; en cambio lo segundo le permitiría establecer una relación de confianza de largo plazo en la región.
Como destino geográfico, Europa representa un 16.5% de nuestras exportaciones, un mercado nada despreciable, aunque menor que el de América del Norte (41%) y Centroamérica (33%), pero sobre todo proyecta un considerable potencial de crecimiento y como plataforma para atraer inversiones. Y a los nicaragüenses nos conviene un compromiso firme de parte de Ortega con el Acuerdo de Asociación, no sólo por los beneficios económicos que podría acarrearle al país, sino además por las consecuencias que se derivan del diálogo político con Europa, cuyo mandato fundamental apunta a consolidar el Estado de Derecho y una democracia sin apellidos.