Opinión

Anécdotas sobre Rubén Darío


El 18 de enero del año en curso se cumplieron 140 años del natalicio del insigne poeta, filósofo y humanista Félix Rubén García Sarmiento, nacido en 1867 en San Pedro Metapa, hoy ciudad Darío. Después de vivir muchos años en París, Francia, regresa a la ciudad de su infancia, de la que él dijera: «Hoy es a mí León como Roma, Venecia o París». Rubén Darío llegó a León el 7 de enero de 1916 --procedente de los Estados Unidos, donde se había sumado a los esfuerzos por lograr la paz en Europa, inmersa en la Primera Guerra Mundial-- siendo recibido por el pueblo leonés con un enorme júbilo y alegría. De Darío se cuentan muchas anécdotas, aquí una de ellas:
“Cuando Rubén Darío llegó enfermo a León, monseñor Pereira lo visitó inmediatamente. Luego me ordenó que todos los días muy tempranito fuera a visitar al poeta y que lo tuviera informado del estado de su salud. Así es que todos los días antes de comenzar mi trabajo iba a saludar al poeta y a preguntarle cómo había amanecido, para luego informar a Monseñor. Darío me trataba con especial cariño y amistad; siempre me detenía más de la cuenta y al final me decía: ‘Sigo lo mismo, así dígale a Monseñor’. Pero en cierta ocasión noté cierta alteración en su rostro y su contestación fue: ‘Sigo mal porque mi dieta de vida es el licor y aquí la dieta que recibo es de muerte’. A continuación me pidió que le llevara escondido una botellita de aguardiente. Todo se lo conté al señor Obispo. ‘Muy bien --me respondió-- mañana le va a llevar el licor que lo va a curar’. Puso en una botella que había contenido agua florida, después de lavarla muy bien, una buena dosis de agua bendita traída de la gruta de Lourdes, de Francia, a la cual agregó un poco de licor para que tuviera el olor. Al día siguiente se la llevé al poeta, quien, después de probarla, me la arrojó a la cara diciéndome que yo también lo quería envenenar. Monseñor le aclaró toda la situación pero él rehusó tomar el agua de Lourdes”.
Más tarde Darío se veía más sereno. En cierta ocasión me llamó a su lado y me preguntó: ‘Maestro, si yo muero, ¿qué pondría usted sobre mi tumba?’ Le contesté: ‘Un León doliente’. Él me dijo: ‘¿Entonces debo encomendarme a San León?’ Mi respuesta fue: ‘No, es tu pueblo querido, tu León que por siempre te llorará’.
Le cumplí mi palabra. “El León llora con una garra sobre el arpa y con la otra sostiene un ramo de laurel”. El príncipe de las letras castellanas murió el 6 de febrero de 1916 a la edad de 49 años y el escultor que se inmortalizó con su obra se llamó Jorge Navas Cordonero, que la gloria del cielo los tenga en su regazo.