Opinión

La reelección presidencial: causa de calamidades políticas


Quienes consideran que la reelección presidencial no se contrapone a la existencia de un buen sistema democrático de gobierno suelen fundamentar sus argumentos en lo que sucede en otros países, como por ejemplo, en los Estados Unidos y en algunos de América Latina y Europa, donde está constitucionalmente permitida la reelección del Presidente de la República, incluso para períodos consecutivos, sin que nadie ponga en tela de juicio su régimen democrático.
Este argumento, en realidad, no hace más que trasladar la discusión a otros contextos, generalmente a países de sólida tradición democrática e institucional, muy diferentes a nuestra realidad, donde tenemos más que aprender de nuestra propia historia que de la observación de lo que sucede en otras latitudes, con tradiciones y experiencias políticas diferentes.
En este asunto de las bondades o peligros de la reelección presidencial, la gran maestra es nuestra historia. Es de ella de donde debemos extraer las mejores lecciones, para no repetir los mismos errores del pasado. Bien se dice, al respecto, que: “Los pueblos que no aprenden de su historia están condenados a repetirla”.
¿Y qué nos enseña nuestra historia sobre este tema? Pues que la reelección presidencial ha sido hasta ahora uno de los peores males para nuestra vida republicana y democrática. Ella ha sido la madre de muchos de nuestros vicios políticos: la tendencia al autoritarismo y la dictadura de nuestros gobernantes, su afán de continuismo, su lujuria por el poder y la propensión al caudillismo.
La posibilidad de perpetuarse en el poder, incluso aceptando a regañadientes períodos intermedios en que se resignan a entregar la banda presidencial pero no el poder, mueve a los pícaros aprendices de dictadores o caudillos a ingeniárselas para erigirse en dueños de los partidos políticos, donde su voluntad llega a imponerse sin discusión alguna, y se antepone, en toda decisión, su propia conveniencia y no la del partido y mucho menos los intereses de la nación.
El país, el pueblo, todos nosotros, ciudadanos y ciudadanas, pasamos a ser asunto secundario. Lo importante es crear un aparato de incondicionales, de verdaderos “borregos políticos”, dispuestos siempre a acatar ciegamente la voluntad del caudillo. Para crear ese aparato partidario, absolutamente leal a su persona, el caudillo reparte prebendas y fomenta la corrupción. Todos estos males están concatenados: el uno genera al otro, en un perfecto rosario de vicios, que van carcomiendo las raíces de la democracia y degradando sus instituciones.
Presidentes que en un primer gobierno habían actuado de manera más o menos aceptable, devinieron en aprendices de dictadores, y hasta en verdaderos dictadores, cuando la posibilidad de la reelección les inoculó el gusanito del continuismo. Y si la reelección estaba prohibida, no vacilaron en reformar la Constitución para permitirla. Naturalmente, no lo hicieron sin consecuencias: protestas de los inconformes, alzamientos militares y hasta guerra civil.
Lo triste, en nuestro caso, es que los síntomas son perfectamente conocidos, pues el fenómeno se ha repetido tantas veces en nuestra desventurada historia que tendríamos que ser absolutamente ciegos o tontos para no advertirlo. Por eso, la opinión pública ha reaccionado de inmediato, tan pronto como a alguien se le ocurrió mencionar la reelección inmediata.
Repasemos las páginas de nuestra historia y encontraremos en ellas la repetición, hasta el cansancio de la misma película, así ésta se llame Fruto Chamorro, Roberto Sacasa, Tomás Martínez, José Santos Zelaya, Emiliano Chamorro o Anastasio Somoza.
Si queremos que la lista allí termine, se impone, como una medida de salud democrática, la prohibición absoluta de la reelección presidencial. Es necesario que por precepto constitucional se establezca que quien haya ejercido alguna vez la Presidencia de la República, por elección popular, nunca más pueda postularse al mismo cargo. Cinco años son más que suficientes para hacer un buen gobierno y dejar una huella perdurable en la historia del país, si es que el gobernante tiene el propósito y la capacidad para hacer bien las cosas. El pueblo le da esa oportunidad al elegirlo. Es su propia responsabilidad aprovecharla para bien o para mal. Cinco años son también más que suficientes para soportar a un mal gobernante, que dilapida su mandato e incumple sus promesas electorales.
Todos los nicaragüenses debemos apoyar un movimiento nacional destinado a ponerle un candado definitivo y seguro a las ambiciones desmedidas de ciertos personajes, en las que es fácil advertir la incubación de una nueva dictadura, que obligaría al pueblo nicaragüense al maldito ciclo que tantas veces se ha repetido en nuestra desventurada historia.

Managua, febrero de 2007.