Opinión

Revolucionarios en las formas, conservadores en el fondo


Algunas veces, bastante raras por cierto, el poder y la inteligencia coinciden de forma plena. Y, por lo general, sucede en una sociedad inmersa en una época de grandes transformaciones. Pero, en otras ocasiones, cuando en otro ámbito histórico coinciden inteligencia y poder --o aparentan coincidir, al menos exteriormente-- no es porque el poder viva un proceso de cambios esenciales, sino debido a que la inteligencia le ha hecho concesiones al poder. En épocas de contradicciones sociales profundas --que son las de mayor duración, casi permanentes--, la inteligencia se constituye en una especie de conciencia de los oprimidos, en su aliada contra la injusticia y la opresión.
En el fondo, la coincidencia o la contradicción con el poder, y la actitud de éste respecto a la inteligencia, es siempre una consecuencia de las contradicciones sociales mucho más amplias y profundas. Este conflicto social y humano José Saramago, un Nobel de la inteligencia, lo sintetiza como una situación en la cual “no podemos vivir si no vivimos juntos, pero tampoco hemos aprendido a vivir juntos”. Esta contradicción ha tenido su incubación histórica exactamente en donde sigue estando ahora: en la sociedad capitalista en donde sus integrantes están obligados a convivir, pero sin haber aprendido a hacerlo.
Pero esta contradicción no ha desaparecido radicalmente en donde el sistema capitalista ha sido removido o se ha estado removiendo. En nuestro sistema capitalista dependiente y atrasado, los intereses que animan la vida y la actividad de los representantes de la inteligencia son, como en todo el mundo, los del humanismo (cultor de las letras y el conocimiento humano) y el humanitarismo (sensibilidad social y solidaridad humanas), en tanto, lo que anima a quienes controlan el poder son los intereses de carácter económico y material, en primer lugar, los suyos, de su familia, de su grupo político y su clase social; cuando piensan en los intereses sociales, sólo lo hacen en último término, y cuando sobra algo del presupuesto nacional.
Aquí, y ahora, está en el poder un sector político que funciona con los sumos ideológicos de una revolución frustrada, gobernando dentro de una realidad social y política de capitalismo mediatizado, con un matiz de izquierda, apenas diferente al de los gobiernos burgueses neoliberales que ha sustituido, y en completa armonía con las normas establecidas dentro de este orden económico y social. La diferencia no es esencial, sino de forma, de cómo ir con las reformas un poco más hacia lo social, sin salirse del sistema.
Eso es todo, porque las reformas políticas las impulsan quienes se identifican, en muchos casos, con las concepciones de las clases dominantes tradicionales. El aborto terapéutico, por ejemplo, es el más evidente punto de acercamiento entre una izquierda formal y una derecha política clerical. Para desprestigio de la izquierda, el gobierno actual se asemeja a la izquierda mundial por el lado que ha sido menos plausible y de mayor contradicción con sus principios: el del autoritarismo.
Dentro de este ámbito, de evidente dualidad, se desarrolla la primeriza actuación del ministro del MECD, el profesor Miguel de Castilla, destacado intelectual de izquierda sin militancia activa destacada. En tanto, por un lado, De Castilla ha adoptado una posición racional, diferente a la posición oficial respecto al aborto terapéutico; por otro lado, le vemos expresando una rara idea sobre lo “alegre” que le parece la deformación del Escudo Nacional que está haciendo su gobierno. Siendo éstos los dos únicos casos --por demás contradictorios-- con los cuales el maestro Miguel de Castilla se ha dado a conocer como ministro, no son suficientes para hacer una valoración sobre el grado de coincidencia entre la inteligencia que él representa y el poder, representado por Daniel Ortega.
Lo único comprobable es su coincidencia real con el poder; y si vamos a hablar de concesiones suyas al poder, tendríamos que tomar en cuenta su visión “alegre” de la caricaturización del Escudo Nacional. Y la coincidencia, hasta hoy, se relaciona con el esfuerzo por superar los niveles educativos del pueblo, desde la bajura en donde lo han dejado las tres administraciones burguesas neoliberales.
Es demasiado positiva la coincidencia educativa como para no reconocerla, dado que el maestro De Castilla está poniendo su bagaje académico al servicio del pueblo; pero su opinión sobre la vulgarización de un símbolo patrio --en su forma y sus colores-- es un mensaje negativo, una concesión al poder. Al mismo tiempo, De Castilla demostró algo insólito: que el maestro-ministro desconoce la ley que regula el uso de los símbolos patrios.
El profesor De Castilla podrá defenderse y ser defendido con el argumento de que el Escudo Nacional y demás símbolos patrios son puras formalidades de una burguesía mediatizada, cuyas actitudes antipatrióticas de toda la vida han contrastado con la soberanía nacional. Y no sería un falso argumento, porque todo es cierto. Pero, ¿acaso el presidente Ortega y sus ministros no prometieron respetar, cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes vigentes, y sobre las cuales el gobierno revolucionario también tiene su cuota de paternidad?
El derecho y el deber de cuestionar la estructura jurídica, ideológica y demás estructuras del sistema, los ciudadanos de izquierda no los pueden utilizar para practicar el nihilismo, sino para cambiarlas progresivamente por algo mejor, más acorde con los intereses del desarrollo social del país. Mientras estos cambios no se hagan legalmente, deben respetar la formalidad institucional; de lo contrario, se produciría una situación caótica y absurda: un nihilismo practicado por quienes se sustentan en las estructuras del sistema imperante; o sea, revolucionarios en las formas, pero conservadores en el fondo.
El “escudo” en uso por el gobierno no mejora --aunque les parezca más “alegre”-- el Escudo oficial, porque es una caricatura o un “cartoon”, como se dice ahora, y no les da ninguna seriedad a los gobernantes, quienes son capaces de conciliar con las ideas y posiciones más reaccionarias de la derecha clerical, pero les molesta usar sus símbolos, los que, aparte de todo, son de orden constitucional. Más contradicciones a la vista, como si hicieran falta en nuestro país. Es, también, una contradicción ridícula, porque, no nos cansaremos de reiterarlo, los orteguistas quieren parecer revolucionarios peleando con las cosas formales, en tanto se asocian a la derecha y los jerarcas de la iglesia contra la vida y los derechos humanos de las mujeres por medio de la penalización del aborto terapéutico.
Es una lástima que el maestro-ministro Miguel de Castilla, con su alto nivel técnico-educativo, esté siendo protagonista de una concesión al poder sobre un asunto que, aun trivial como es, está rozando groseramente con las leyes que ha juramentado respetar, cumplir y hacer cumplir. El revolucionario integral debe ser consecuente respecto a todas las cuestiones de carácter constitucional; si no le parece el orden legal, que transforme todo el sistema por la vía más adecuada al momento histórico que se vive. Pero nunca lo debería hacer, si es que lo pretende, con caricaturas ni ambigüedades.