Opinión

No se equivoque Presidente


Héctor Mairena
Yo no quería que Daniel Ortega ganara las elecciones del pasado noviembre. Tampoco lo quiso más del sesenta por ciento de los votantes nicaragüenses. Trabajé para que no ganara, mas el voto popular --ahora relativizado-- le dio el beneficio. Y helo allí electo Presidente de la República de Nicaragua y en plena posesión de su cargo desde el pasado diez de enero, investido en una sui generis ceremonia que debe pasar a la historia como un ejemplo de cómo no deben ser los actos de toma de posesión presidenciales.
Pero bueno, formalismos o no formalismos aparte. Veamos el fondo.
A la fecha del presente artículo, Ortega lleva en su cargo veintidós días calendario. Y debo recordar que si bien en los primeros días mucho se habló de dar el beneficio de la duda al nuevo gobierno, lo del beneficio ha ido despareciendo aceleradamente y sólo queda una creciente duda y un temor en ciernes.
Los actos más emblemáticos del nuevo gobierno se han caracterizado por ignorar las precarias --pero existentes-- instituciones: de un día a otro amanecemos con que la Casa Presidencial ya no es donde ha sido en los últimos años y que ocupación mediante, un vetusto edificio construido a marcha forzada en los años ochenta es la nueva sede presidencial; la aprobación de un acuerdo que se nos jura es la salvación del país se somete al voto directo y de mano alzada en un acto partidario de celebración; el Presidente decide y casi convence a la absoluta mayoría de los “ingenuos” diputados de los beneficios de que él --el presidente-- tenga más poder; en nombre de la democracia directa (¿?) se crean unos consejos que deberían ser calificados como ilícitos, ilegales e inexistentes, pero que para preocupación nuestra son existentes y con todo el peso de voluntad de la pareja presidencial. Hay más: de un día a otro por disposición de la Coordinadora del Consejo de Comunicación y no sé cuántas cosas más, el escudo de la República ya no es el escudo y los sustituye una alegre figura que --ya sabemos-- pretende ser menos rígida, generar energía positiva, etc., etc., etc. En todos estos casos y otros que ahora se me escapan, pero que ya son bastante para veintidós días de gestión, se atropella la institucionalidad y también el sentido común y la inteligencia ciudadana. Pueden gustarnos o no algunos de los cambios, pero hay leyes, procedimientos, instituciones.
Vale la pena entonces recordar al presidente Ortega lo siguiente: el voto de la mayoría --ahora relativizada, repetimos-- no es cheque en blanco. No lo fue para Violeta, ni para Alemán ni para Bolaños. No lo es tampoco para usted, comandante. No lo es en las democracias.
Al presidente Ortega se le eligió para gobernar por un período constitucionalmente establecido de cinco años. No se le eligió para hacer un cambio de régimen o una revolución en paz. Aunque con seguridad en los círculos del poder no faltan voces que quisieran reeditar en la borrachera de la victoria mucho de lo hecho en los ochenta.
El gobernante debe respetar las leyes que juró observar y hacer cumplir. Respetar a los ciudadanos. Respetar la libertad; no puede ignorarlas porque se corre el riesgo de convertirse en dictador o que el pueblo tarde o temprano actúe también ignorándolas.
Ésta no es una revolución, no estamos en las postrimerías de julio de 79. Estamos en el siglo XXI y mal que bien los nicaragüenses hemos aprendido lecciones de democracia.
Por último, Presidente: no lleve a Nicaragua a un polo del nuevo conflicto internacional Chávez-EU. Mucho y muy bien sabemos los nicaragüenses el costo de las confrontaciones innecesarias. En sus filas y en quienes se le han adherido hay ejemplos vivos de ese costo. Y también se refleja ese costo en las cuentas nacionales de los últimos treinta años.
Por el bien de Nicaragua, no se equivoque, Presidente.
mairenaz@yahoo.com