Opinión

La solidaridad como valor pedagógico


Nicaragua ha sido tradicionalmente un país en el que la solidaridad ha sobresalido como una de sus características naturales.
La solidaridad es una actitud interna, con manifestaciones especiales, mediante la cual una persona se convierte en disposición total y desinteresada a favor de los demás, hace de las necesidades o problemas de los demás algo suyo, convierte eso en algo suyo. No hablamos propiamente de caridad ni tampoco de ese amor altruista que acoge la necesidad ajena y la alivia con una intención religiosa como puede ser dar limosna o contribuir a alimentar a un grupo indigente.
La solidaridad es hacerse solidario con otra persona o grupo conformando con ella o el grupo una sólida unión que genera la permanente actitud de poner a disposición del otro aquello que en un momento o que en un período de tiempo necesita.
Pese a que en Nicaragua todavía está vigente una cultura de solidaridad, sobre ella parece haber caído una serie de interrogantes y una serie de desmentidos prácticos que pueden sugerir que esa cultura está siendo debilitada o incluso sepultada en algunos casos.
Se ha reducido el ámbito de las acciones solidarias, se ha debilitado la actitud de estar pendiente de los demás y ha disminuido el número de personas que hacen de la solidaridad una forma de vida.
Por eso conviene tener presente la solidaridad como factor pedagógico, puesto que representa todo aquello que una concepción pedagógica no puede dejar de lado, que no puede evitar ni soslayar. La solidaridad aparece como un claro valor pedagógico porque su negación o desprecio constituiría una contradicción con el proceso de formación personal y social que desarrolla la acción educativa de una persona, un proceso educativo que privilegia las relaciones interpersonales horizontales y en las que todos aprenden a respetar, a aceptar y a interesarse por los demás, con un sentido humano compartido.
En términos de su valor pedagógico la solidaridad se entiende como la característica de la sociabilidad que inclina al ser humano a sentirse unido a sus semejantes y a la cooperación con ellos en causas beneficiosas para todos.
Sólo cuando las personas aprenden, a través de procesos educativos, a “ver”, “entender”, “sentir”, “sufrir”, “soñar”, “morir”, “vivir” por los demás, podemos hablar de una educación que empieza a transformar la vida y a volverla diferente de lo que es hoy en muchos casos.
La ausencia de esa capacidad de encuentro profundo con los semejantes no sólo es reflejo de procesos de vida y de educación distorsionados en los que se pretende mantener la injusticia, el hambre y la opresión de las mayorías, es también la causa de que la sociedad siga sin desarrollar una auténtica “cultura de derechos humanos, paz, justicia, democracia y desarrollo”.
La solidaridad, pues, puede entenderse como esa capacidad de encontrarnos con los demás y, sobre todo, de situarnos a la par y a favor de aquellos que sufren y son marginados de la decisión, de la participación y del goce de los bienes que construye la humanidad.
Educar para ello significa la adopción de un concepto educativo en el que educadores y educandos superan ver lo propio y cómodo para “lanzar la mirada” hacia todo aquello que está lejos, que es ajeno y que implica compromisos incómodos.
Por todo esto, la solidaridad no ha sido asumida como un concepto central en la pedagogía. Aunque la leamos en los discursos y documentos oficiales de educación, a la solidaridad aún no se le entiende ni se le valora pedagógicamente, con la profundidad que ella entraña y penetra.
Educar en la solidaridad representa no sólo ponernos a la par de los que necesitan algo, sino también en contra de quienes representan y desarrollan valores antagónicos a ella como la exclusión, la injusticia, el individualismo egoísta y recalcitrante.
En contextos como el nuestro, el valor pedagógico de la solidaridad tiene en frente componentes muy concretos y definidos, tiene en frente la sensibilización de niños, jóvenes y adultos a favor de sus semejantes atrapados por situaciones de pobreza, analfabetismo, de desamparo, niños de la calle... etc.
La solidaridad nos acerca a los demás, para que nos sientan próximos a sus preocupaciones y problemas y encuentren en nosotros cuotas concretas para contribuir a su solución.
Muy cerca de nosotros habrá, sin duda alguna, compañeros, compañeras, personas donde cabe y entra de lleno la capacidad de nuestra solidaridad, siempre que en nuestro proceso educativo hayamos aprovechado e interiorizado el valor pedagógico de la solidaridad. Un centro educativo debería ser el espacio libre por donde se expanda y mueva una permanente solidaridad, puesto que la educación es esencialmente solidaridad.