Opinión

Luchas por el Estado de Derecho


Es correcto --como dice el doctor Danilo Aguirre Solís-- apelar a la historia para entender las luchas por la implementación del Estado de Derecho en Nicaragua y en cualquier otro país. Porque la historia no es otra cosa que la memoria colectiva sobre la forma como se superan las contradicciones políticas, es decir las luchas ideológicas, y porque la política precede al derecho.
Es la política la que determina el derecho. Son los políticos los que fijan los objetivos generales del Estado de Derecho que desean, incluso que imaginan, y los que encargan a los juristas darle la forma legal correspondiente después de cada intento de consenso. Si esta relación políticos-juristas falla, por cualquier causa, se replantea la lucha política-ideológica, a veces con mayor encono.
Porque el Estado de Derecho es producto del consenso de todas las partes, de todas las orientaciones político-ideológicas, y no de la imposición de cualquiera de ellas. El problema es que el consenso no es un híbrido, como la mayoría de las partes siempre desea y propone, sino que gira necesariamente alrededor de la orientación que logra conducir el proceso de superación de la contradicción fundamental. Esto es precisamente lo que lo dificulta.
Lograr el consenso, sin embargo, depende de muchos factores: desde el más remoto del inconsciente colectivo de cada pueblo hasta el más próximo de la coyuntura política. Y en medio de todos ellos el factor externo, que en el caso de las naciones caribeñas, entre ellas Nicaragua, ha sido históricamente determinante. Es cierto: esto es válido para todas las naciones subyugadas, que ahora se las identifica con el eufemismo de dependientes, pero obviamente unas lo son más que otras.
A lo largo de sus ciento ochenta y cinco años de independencia, el pueblo de Nicaragua nunca ha logrado superar sus contradicciones político-ideológicas. En el mejor de los casos sólo ha logrado diferirlas, para que estallaran más tarde. Es decir, nunca ha logrado el consenso interno. Una realidad objetiva que se mantiene hasta hoy día, ahora más abrumadora por la nueva realidad mundial que anuncia el nacimiento de un nuevo mundo.
Durante las luchas independentistas, por ejemplo, la superación de la contradicción entre el Estado promonárquico y el Estado liberal tuvo que diferirse por la primera invasión militar norteamericana, la invasión filibustera (1856/57). Y si bien ésta fue exitosamente rechazada con la gran guerra nacional centroamericana, la contradicción interna de Nicaragua no logró superarse del todo, a pesar de la paradójica y sui generis instauración del Estado liberal hecha por los conservadores.
Un diferimiento que también produjo el primer gran rezago histórico. Mientras el resto de los países americanos implantaron a plenitud la organización del Estado liberal a mediados del siglo diecinueve, Nicaragua lo hizo hasta finales de ese siglo, y además en forma limitada. Porque a esas alturas del siglo los Estados Unidos dominaban también a plenitud la cuenca del Caribe, su mar Mediterráneo, correspondiéndole a Nicaragua la posición geopolítica más importante, tanto que condujo al derrocamiento de la revolución liberal.
Entonces, a partir de 1912, se da la segunda gran invasión norteamericana, esta vez oficial, que no solamente anuló el Estado liberal en Nicaragua, sino que lo hizo retroceder al estadio de las luchas independentistas, con la diferencia de que en vez de un Estado promonárquico se instaló en el país un Estado dependiente, un protectorado de hecho, virtualmente regido por las leyes norteamericanas, que por de pronto se prolonga hasta 1932.
Un retraso histórico que en efecto persiste hasta 1979, porque la ocupación militar norteamericana continúa con la creación de la llamada Guardia Nacional, en 1932. Cuarenta y siete años de dictadura-dinastía, con una organización del Estado formalmente liberal pero realmente militarista, excluyente, represivo. Una dictadura-tiranía absolutamente dependiente de los Estados Unidos, que literalmente convierte a Nicaragua en cazadora de comunistas, considerando como tales a cualquier opositor de cualquier orientación, conforme a la política norteamericana de seguridad nacional.
Un rezago histórico impresionante, que deja a Nicaragua atada al pasado, sin posibilidades de independencia y cargando sus viejas contradicciones. Para 1979 ya se había instaurado en Cuba por primera vez en América el Estado socialista, vigente hasta la fecha; y antes se implantaba la organización democrático-burguesa del Estado en Guatemala (1944-54), Bolivia (1952-56), y entre ambas Costa Rica (1948), todas frustradas por los Estados Unidos: militarmente la guatemalteca, en términos políticos ilegítimos la boliviana, y la costarricense muy tempranamente mediatizada.
Y mucho antes la organización del Estado a la luz de los principios revolucionarios de la época, que se presentan en la región como una mezcla de liberalismo y socialismo. Por primera vez en la historia de América, la revolución mexicana consagra en su constitución los derechos sociales, además de los civiles. Una revolución también mediatizada y ahora con pretensiones de integración al Norte.
Pero la historia de Nicaragua no ha sido de sumisión. Por el contrario, ha sido de lucha permanente y tenaz por su independencia, por salirse de la férula extranjera, principalmente norteamericana. No hace falta mencionar todos los hitos históricos de esta lucha, basta con recordar el más importante de todos, el de Augusto C. Sandino (1927-32), que se anticipa en algunos años a los Movimientos de Liberación Nacional de la posguerra mundial segunda, y que se convierte en paradigma latinoamericano y en cierto sentido mundial del antiimperialismo. El pueblo nicaragüense jamás ha bajado la guardia.
Víctima, pues, desde siempre del factor externo, de la dominación norteamericana, que potencia a niveles insospechados sus propias contradicciones internas, Nicaragua encuentra una nueva posibilidad de superarlas mediante el consenso a través de la revolución sandinista (1979-1990). Una posibilidad que otra vez se frustra por el mismo factor externo, por los temores que éste produce en una de las mitades político-ideológicas, por la falta de habilidad de la otra para enfrentarlo con éxito en términos políticos, y también por el aislamiento internacional, a pesar de la gran solidaridad que despertó principalmente a nivel popular.
Hoy día, sin embargo, con el surgimiento de un poderoso movimiento de integración geopolítica latinoamericana, que también reivindica la independencia regional, el nuevo gobierno sandinista de Nicaragua arranca con una nueva posibilidad de consenso para superar la vieja contradicción histórica nacional, una probabilidad cuyo aprovechamiento depende de todos, tomando en cuenta que la búsqueda de la independencia nacional es consubstancial a la idiosincrasia nicaragüense. Sin independencia nacional es imposible el consenso interno.