Opinión

Los que callaron un día


Lenta y perezosamente, cada vez más se va escuchando la voz en las calles de Estados Unidos. Va subiendo la voz, o bajando de Norte a Sur, pero aún es muy débil, llega muy tarde, y desgraciadamente para miles, millones de víctimas, ese tarde ya no es un remedio. Aunque lo puede ser para el resto. Si cada norteamericana y norteamericano supieran el rol que han tenido y tienen en todo esto, nada de esto habría ocurrido. Pero el mundo visto así, no desde las universidades donde dan cursos los únicos intelectuales que aún defienden la política exterior norteamericana, sino desde los condados, desde las calles de las small town, el mundo es una especie de insolencia, algo demasiado afuera.
Lenta y perezosa es la voz que protesta en los Estados Unidos de Norteamérica, no la voz que acudió a votar por un hombre mentiroso y pueril, no la voz que acudió a rendir tributo a las víctimas propias y no tan propias de las Torres Gemelas, no la voz que clama apenas se sufre el primer ataque, y por supuesto no la voz, el rugido animal de los soldados puestos a matar y a torturar como respuesta al miedo. El otro día una manifestación recorría las calles de Washington, un grupo que pretendía emular los días de Vietnam. Aquella era otra época. Aún la televisión no había terminado de consolidar su poder, y había espacio para la calle y para los libros. Eran otros días. Los organizadores esperaban trescientos mil asistentes, pero apenas acudieron cien mil. Sin embargo, se piensa que es de las más multitudinarias que han ocurrido en un país de unos 300 millones de personas. Apenas 100 mil se congregan para decir stop the war now.
De acuerdo. La guerra está en un punto muerto, sin una clara solución. En el capitolio, frente al que se concentraron los manifestantes, algunos congresistas insisten en que no se puede parar ahora. Sería una especie de “irresponsabilidad” de Estados Unidos por dejar Irak en una sola masacre. Y sin embargo, eso mismo está sucediendo, lo quiera o no Estados Unidos, eso mismo está sucediendo. Si Estados Unidos iniciase su retirada a cambio de un encuentro entre todas las fuerzas de Irak, la guerra civil que se produce de facto sería una cuestión que podría prolongarse o no. Nadie lo sabe. En cualquier caso, ¿puede ser peor que las masacres por las bombas en los mercados, en las carreteras, o en Nayaf? El otro día, hombres con niños pequeños en brazos volvían a correr hacia los hospitales que no dan abasto desde hace mucho. Pero Estados Unidos no se va a retirar después de todo sin asegurar su subvención de petróleo por muchos años. Cuando ya no les interese lo devolverán, cuando ya la historia apenas cicatrice, y el silencio de los muertos no incordie. Devolverán, como devolvieron tantas cosas, y se irán como se fueron de tantos sitios, dejando territorios invadidos, hechos trizas, divididos y muertos. Estados Unidos y el presidente elegido por su pueblo nos lo ha puesto fácil para tener en mente un culpable claro de tanto desastre. Ya no se trata de pura demagogia de izquierdas. Se trata de una pura verdad hecha de sangre diaria ante nuestro plato de comida o ante nuestra hambre.
Pero la voz lenta y perezosa que surge poco a poco clama stop the war now, por sus víctimas, por no poder soportar el viaje de vuelta de tanto cuerpo bajo madera, de tanto muchacho joven en busca de beca, de tanta vida sin vuelo, de tanto patrón de riesgo de los barrios de NY, LA o San Francisco. Nosotros desde acá los conocemos, los conocemos a muchos, son como nosotros, hijos nuestros, tan de ellos como nuestros. Muchos tienen nuestros nombres. Vienen de nuestra propia sangre latina y se mezclan a los nuestros que envían las remesas. Nos confortan el otro medio mes que no podemos pagar. Y la voz latina, olvidada ya en medio del esfuerzo, del estrés por trabajar arduo y conseguir dinero, también se ha vuelto lenta y perezosa, olvidadiza, incauta de su poder y de su fuerza. No dice stop the war now. Sirve militares y silencio. Consciente del riesgo de generalizar, y de que no es así en todos lados, la voz latina se ha vuelto norteamericana, lenta y perezosa a fuerza de silencio y de sangre. Igual que la voz negra, que también ha servido sangre y silencio, igual que la voz blanca y la voz árabe, asiática. Estados Unidos engulle y mezcla las razas y culturas, y sin embargo no hay una voz crítica, masiva, que desde las calles, algunas veces ya se ha demostrado, pudieran empezar a cambiar algunas cosas. Nuestra sangre mezclada ha revelado en la prueba que somos parte de un mismo silencio y de una misma vergüenza. Aún diremos “qué culpa tenemos, ya es bastante con lo que nos cae encima”. Hay mucho océano y mucho silencio entre un disparo, entre los más de 200 muertos en Nayaf, o entre el estallido en un mercado de Bagdad y nuestro luchar diario por más de uno o dos dólares al día. En Estados Unidos hay mucho que hacer, mucho que trabajar para reunir dinero y ganarse las cosas de un futuro. Y en ese trajín apenas nos queda tiempo para escuchar. No hemos tenido quizá tiempo para ver que nuestro silencio también contaba, tiempo para saber que muchos de los nuestros pusieron un criminal que mandó a matar a otros en la Casa Blanca. Es una cuestión de tiempo que nos echen en cara todo lo que ocurrió y todo lo que callamos un día.
Sorprende y duele ver que el esfuerzo es mínimo. Los activistas apenas entienden que uno prefiera el fin de semana que salir a la calle a defender la vida de otros, de los que quedaron allá, y de los que no pudieron volver. Una de las manifestantes, la actriz Jane Fonda, declaró: “Yo no he hablado en una marcha contra la guerra en 34 años. Pero el silencio ya no es una opción”. Imagínense, 34 años, incluidos los que llevamos de guerra donde el silencio sí fue una opción. Lenta y perezosa se ha vuelto la voz de los norteamericanos.
Cada voto y cada voz de un norteamericano no son sólo para su país, sino para el mundo. Cada silencio y cada indiferencia también. La sociedad civil norteamericana debe mucho a las víctimas, no se puede eludir la responsabilidad de lo que han hecho sus gobiernos ante los ojos de sus votantes. Y me atrevería a decir que muchos votos se convirtieron en disparos contra los cuerpos de inocentes. Consciente de que una buena parte está involucrada en proyectos de colaboración muy hermosos, hay otra gran parte de culpa, no se puede llamar de otra manera. Cada vez pasma más el silencio y espero por la tradición que habla de un gran país que se levante como un gigante porque de lo contrario, los hijos de éstos, cuando el tiempo haya borrado el espacio para comprender por qué lo hicieron, no les perdonarán lo que no hicieron. Siempre he recordado una frase de una novela estupenda que se llama Cristo Versus Arizona, en la que al final se dice: “A los Estados Unidos sólo les queda que los muertos les perdonen”. No es más que el lento y perezoso pueblo norteamericano, incluyendo a los latinos, el que apenas puede darle la vuelta a sus representantes, el que palie el baño de sangre en el que estamos metidos.
franciscosancho@hotmail.com