Opinión

Escuelas deterioradas


Karla Castillo

¿Vieron cómo está nuestro “Goyena”?, escribió en un correo masivo, hace poco, un apreciado ex condiscípulo del recordado Instituto Nacional Central que lleva el nombre del insigne científico nicaragüense. Se refería a la información publicada por EL NUEVO DIARIO, en la que se anunciaba que el instituto cerraría la mayoría de sus aulas por el mal estado de sus instalaciones.
Sin mayor reparo solté mi “retahíla” a mis antiguos amigos de secundaria, siempre por correo: “Acuérdense que nosotros mismos, en nuestro bachillerato --que duró de 1983 a 1987-- nos encargamos de destruir ese hermoso colegio, y eso que casi lo estrenamos, pues si mal no recuerdo, fue inaugurado en 1978”.
Es verdad. El “Ramírez Goyena” contó con un hermoso edificio en la vieja Managua, que el terremoto de 1972 destruyó.
Después de ese triste episodio para los capitalinos, el instituto ocupó temporalmente el local que ahora utiliza el “Miguel de Cervantes”, detrás del Zumen, en sencillos pabellones que a su vez fueron renovados hace pocos años. Por allí pasaron mis tíos maternos, porque estudiaron en el local temporal del Instituto, por lo que puedo recordarlo muy bien.
El caso es que menos de 30 años después que el “Ramírez Goyena” estrenó su edificio actual, éste se está cayendo. Los magníficos laboratorios de Biología, Química, Ciencias Naturales y Física ni siquiera existen en los recuerdos del actual alumnado, pese a haber sido dotados con la mejor tecnología de los años 70.
La huella del “Mitch”
El cielo raso “dijo adiós” hace mucho tiempo, e incluso, el techo de una enorme sección se desprendió con el huracán “Mitch”. Las aulas del primero y segundo piso carecen de paletas de vidrio en las ventanas.
Los enormes talleres de carpintería y electricidad desaparecieron, gracias al saqueo al que fueron sometidos por personajes perfectamente identificables y que solían llenarse la boca al hablar de su amor por el colegio.
Bien decía yo a mis ex compañeros de bachillerato que también nosotros contribuimos a la destrucción de tan bellas instalaciones. Fui testigo en innumerables ocasiones de cómo los muchachos se armaban de lápices para destruir el cielo raso del segundo piso, por el estúpido placer de sentirse pendencieros.
En la época en que se impulsaban los proyectos de Ciencia y Producción, que al menos dejaron el buen sabor de que podíamos aplicar lo aprendido, muchos grupos tomaron por proyecto la reconstrucción de sus propias aulas. Fue la época en que vimos las aulas pintadas en rosado chicha y verde celeste, colores únicos de la manufactura nica, por efecto del bloqueo de los años 80.
Lo raro de esta historia es que nadie explica cómo los cimientos de los enormes pabellones puedan estar al borde del colapso. Puedo entender que no haya ventanas ni cielo raso, que los corredores se cayeron con el paso del tiempo, pero que esos magníficos pabellones se estén cayendo es algo difícil de creer.
Creo que el “Goyena” ha sufrido un reiterado descuido de sus directores y de las autoridades del MECD que no puede achacarse a la última gestión. Esto viene desde el comienzo, desde que un personaje llamado Juan Doña inauguró el local, situado en las faldas de las lomas que ponen límite a Managua, al oeste.
En esta destrucción tiene mucho que ver el alumnado, porque ante la falta de un efectivo control, o llámese represión o castigo, ve fácil ser partícipe del proceso que llevará a la “tumba” a nuestro amado instituto.
Y si de condiciones lamentables se habla, quiero apuntar que en peores condiciones está el “Maestro Gabriel”, enorme y magnífico en su estructura, pero que, aunque parezca increíble, todavía guarda vestigios gráficos de la insurrección de 1978, con pintas contra Somoza y a favor de los sandinistas, lo que nos habla del poco interés por pintarlo, mantenerlo o remozarlo para que su tiempo útil sea mayor.
Alguien me comentó hace poco que el Instituto “Miguel de Cervantes”, que fue demolido y reconstruido de dos plantas, ya en la presente década, casi de inmediato cayó también en deterioro, por efecto de la falta de autoridad y por la actitud cada vez más destructiva de nuestros jóvenes.
Como madre de familia, invito a los amables lectores a hablar con sus hijos y a concienciarlos de que sólo con el cuido responsable de un centro de estudios nos garantizaremos escuelas para las próximas generaciones.
A las autoridades de Educación solicito encarecidamente que no dejen caer históricos edificios como el “Goyena” y el “Maestro Gabriel”. Y a profesores, directores e inspectores, por favor, apliquen los reglamentes escolares, sancionando a los pilluelos que suelen cometer actos de vandalismo.