Opinión

Juegan con el santo... y con la gente


Los políticos tradicionales y similares siempre han jugado con el santo y con la limosna, sin haber dejado de jugar con la gente. Por eso, quien sabe mostrarse y conducirse por la vida escaldado, desconfiado --más ahora, cuando se hace obvio que los “vivos” saben a mil maravillas cómo utilizar las formas menos ortodoxas para pasarla bien a costa de los babosos--, no se ganaría el campeonato mundial de la suspicacia, pero estaría mejor protegido ante quienes están obligando a soplar hasta la cuajada.
Este ámbito histórico en donde ahora vivimos es un fértil reproductor de personajes capaces de no dejar recurso ocioso, cuando mantener vigente su ascendencia política o religiosa sobre los menos avisados se les ha vuelto un buen recurso para hacer sobrevivir el sistema que les ha dado poder, riqueza y bienestar. No es poco, pues, lo que se protege tras de la manipulación político-ideológica-religiosa, que es el nombre vulgar que tiene el recurso.
Por eso, no es para repicar campanas por las sorpresivas declaraciones del cardenal Miguel Obando (END, 24/01/97), recomendando que se debe dejar de hablar a la ciencia en el caso del penalizado aborto terapéutico, pero motiva lo suficiente para imaginar una posible salida de la situación oscurantista en que ha sometido al país la reforma del artículo 165 del Código Penal. En la ocasión que no se tomó el parecer de los médicos para dejar sin derecho legal a la mujer de aceptar el sacrificio de abortar un hijo por nacer para proteger a los hijos nacidos en caso su parto le implicara la muerte, también se atentó contra un derecho a la vida de las mujeres.
Para entonces, recordemos, se juntaron fuerzas políticas en apariencia disímiles (“sandinistas”, liberales, conservadores) en una acción reaccionaria. Los orteguistas olvidaron --como han venido haciéndolo en toda ocasión-- los principios revolucionarios inculcados a la gente por varias generaciones de cuadros del FSLN, sólo para conseguir unos cuantos votos más. Se sabe que esta actitud no les produjo la cantidad de votos por ellos esperados, pero está comprobado que su prestigio no ha crecido por su victoria electoral. El prestigio lo pueden recuperar sólo si complementaran los cambios políticos y sociales, como la rebaja y regulación salarial en el Estado, con las rectificaciones políticas, como haber penalizado el aborto terapéutico.
Con el sacrificio de los derechos humanos de las mujeres cundió el desasosiego entre éstas, casi todos los médicos y los sectores progresistas de la sociedad nicaragüense, los cuales han recurrido de amparo ante una Corte Suprema de Justicia de sobra cuestionada, pero es la única vía institucional a la que se puede recurrir, y por medio de la cual el orteguismo puede hacer la rectificación. Y es en este momento de inquietud e insatisfacción social que la posición del Cardenal le ofrece una salida elegante a su metida de pata electorera.
¿Pero, por qué el cardenal Obando no sugirió antes esta solución racional de consultar con los científicos, yéndose más bien por acogerse al nunca bien justificado lazo entre el “derecho a la vida” y la fe? Es inevitable que no despierte sospecha su silencio anterior, porque, además, el reclamo de que se escuchara la opinión científica de los médicos fue hecho de forma insistente por las organizaciones femeninas y la ciudadanía progresista por los medios de comunicación nacionales.
Para mí, y tal vez lo sea para otros, no es creíble que el cardenal Obando no albergara desde antes una idea tan racional como la que ahora expone al respecto del aborto terapéutico. Si se la hubiera ofrecido a su Iglesia, le hubiese evitado a su jerarquía caer en un fundamentalismo nocivo y arcaico. Pero no lo hizo, pese a que él estuvo activo en las manifestaciones contra el aborto. ¿Por qué tampoco se la sugirió a Daniel Ortega, siendo tan estrecha su relación de pastor a creyente, para evitarle un traspié político que lo exhibió como una persona sin principios firmes?
Estas actitudes sugieren que se trata --vulgarmente hablando-- de una jugada con planes políticos maquiavélicos: por un lado, intentó favorecer al orteguismo, dándole la oportunidad de lucir su “cristianismo” radical que le abriera espacio en la conciencia de las masas influenciadas por el fundamentalismo religioso, lo recibieran como el “pecador arrepentido” y, por lo cual, le otorgaran su cristiano perdón. La presidencia bien valía una mentirilla, sobre todo cuando no creen que con ello se les estaba echando a perder su alma, sino ganando una oportunidad política y, tal vez, una indulgencia.
Por el otro lado, es igual de sospechoso que se dejara al resto de la jerarquía continuar aferrada a su campaña tergiversadora de las verdaderas y humanitarias razones del aborto terapéutico. Porque eso de luchar “por el derecho a la vida”, tal como si el aborto terapéutico fuera igual a un aborto provocado, fingiendo ignorar la especificidad de que se trata de un caso extremo en el cual peligra la vida de la mujer según el dictamen científico de los médicos, sólo puede reflejar una mala intención política, pues la ignorancia no lo es ni podrá ser.
¿No sería para hacer patente el atraso de esta jerarquía, encabezada por monseñor Leopoldo Brenes, con respecto a la lucidez del cardenal Obando? Es difícil no imaginar que podría tratarse de hacer patente ante los feligreses la novatada o la radicalidad ideológica reaccionaria de los recién ungidos jerarcas católicos, como si estuvieran viviendo en la edad media en un Siglo XXI ultra tecnificado. Por ser opuesta a toda modernidad y humanismo, esos jerarcas tendrán que aparecer ante la feligresía progresista como una corriente dentro de la iglesia enemiga de la ciencia. Lo que es peor, luciendo una misoginia medieval, contraria a los derechos humanos fundamentales de las mujeres.
¿Cómo podría procesar esta situación la inteligencia de los feligreses? Fácil imaginar una respuesta: en esta situación, notará que al frente de la Iglesia Católica hace falta alguien con la experiencia, la capacidad, el liderazgo y una mentalidad flexible como la del cardenal Miguel Obando. ¿Una mera especulación? Si lo es, lo será sólo mientras la vida se encargue de comprobarla o desmentirla. Solamente nos hemos querido dar el derecho a ser suspicaces, aunque nunca aspiremos a ser seleccionados para el campeonato mundial de la suspicacia.
Dejemos que ocurra lo que fuere; sin embargo, esta actitud del cardenal Obando ofrece la oportunidad de rectificar a quienes por demagogia electorera han jugado con el derecho de las mujeres, y se han burlado de la inteligencia de la gente; una oportunidad para que se salgan por la puerta de la decencia o se quedan definitivamente en la charca oportunista.
Se me antoja terminar con una pregunta: ¿se puede creer, honradamente, que respeta más la vida quien se atiene al dogma religioso para salvar la del non nato, pero deja perder la vida real de la mujer responsable de otras vidas reales, provocando con ello una tragedia humana y social?