Opinión

(Entre paréntesis)


Uno de los aspectos más novedosos y satisfactorios de escribir artículos o blogs que se publican en la Internet es la retroalimentación que uno recibe de los lectores. Las posibilidades que presenta este medio para establecer un debate fluido de las ideas, sin las formalidades que demandan otro tipo de espacios, son realmente maravillosas. Debo decir que desde que empecé a publicar en EL NUEVO DIARIO mi blog semanal: Bitácora, las intervenciones de los lectores me han hecho reflexionar, reírme, sentirme halagada, insultada, en fin, toda la gama de reacciones que pueden provocar las palabras.
Por ser este ejercicio una especie de conversación a muchas voces, cada quien tiene derecho a estar en acuerdo o desacuerdo con lo que aquí escribo. La idea no es que pensemos igual, sino que compartamos distintos puntos de vista. No tengo ningún problema con el debate. Al contrario, me encanta, me enriquece. Me enorgullece pertenecer a un país de gente, no sólo naturalmente inteligente, sino apasionada por la política. Ésta es una cualidad que ya la quisieran muchos países donde la gente ni siquiera va a votar. Yo entonces le agradezco a todos los que han escrito sus comentarios en este blog y espero que sigan haciéndolo. Ahora bien, en todo debate hay quienes discuten sobre el mensaje, y otros que descalifican el mensaje quitándole legitimidad a la mensajera, en este caso, yo. Porque lo que digo en este blog me importa, lo medito y no lo tiro a la ligera, quisiera darle seriedad a mi mensaje, respondiendo a algunas afirmaciones que se han hecho poniendo en duda mi derecho a ser mensajera y mi calidad como persona política.
Pienso que como nicaragüense que soy tengo absoluto derecho a opinar sobre lo que sucede o no en mi patria. Que razones de diversa índole, tanto familiares --pues mi marido trabaja en Los Ángeles-- como profesionales, me obliguen a salir de Nicaragua y no estar físicamente allí el 100% de mi tiempo, no resta nada a mi derecho de nacionalidad. Muchos nicaragüenses a través de la historia de nuestra patria le han dado gloria y han contribuido a su desarrollo ubicados en otras geografías. Desde Rubén Darío, que sólo llegó a morir a Nicaragua, hasta los miles de nicas que actualmente, con sus remesas, aportan el mayor rubro de nuestros ingresos nacionales, los nicaragüenses formamos una comunidad cuyo valor común e identidad es el amor que le tenemos al país y que no desaparece cuando nos alejamos de éste.
Así como hay nicas que viven en Nicaragua sin compartir ninguno de sus dolores y pesares, hay otros que nunca dejamos de sentir sus aspiraciones y lamentos. Yo siempre digo que Nicaragua, porque es chiquita, es mi país portátil: siempre me acompaña. Además, mi ausencia no se dio en los años más duros, los de la agresión norteamericana, sino en los años del neoliberalismo, precisamente cuando tantos de ésos que ahora mis detractores defienden a capa y espada se hicieron millonarios comprando a precio de guate mojado las tierras que los campesinos pobres obtuvieron gracias a la Reforma Agraria. Es el caso de la gran mayoría de las tierras más valiosas de la costa Pacífica de Nicaragua. Lo mismo puede decirse de quienes se enriquecieron desarrollando empresas con bienes piñateados, o vendiendo casas que les entregaron por amiguismo y no porque las necesitaran. A mí, en eso que me registren, pues la casa prestada donde viví hasta 1988 la devolví al gobierno. La casa que tengo no la obtuve por chamarros o amistades, ni por mi vinculación de entonces con la revolución. La compré honradamente. A quienes me tildan de millonaria debo decirles, por otro lado, que no sean envidiosos.
Según Marx, en el socialismo cada quien recibirá “según su capacidad”; sólo el comunismo promete la utopía de “a cada quien según su necesidad”. Si yo he logrado vivir cómodamente --aunque lejos estoy, aunque no me lo crean, con la holgura y despreocupación de muchos de sus dirigentes-- eso se lo debo a mi trabajo, o sea a mi capacidad. Desde 1986, cuando me dediqué tiempo completo a escribir, no le he costado ni un centavo al Estado nicaragüense, ni al Frente Sandinista. Vivo de lo que producimos mi marido y yo (por cierto, les aclaro que no es gringo, sino nacionalizado, porque en realidad nació en París de padres italianos. Les prometo una foto para quienes creen que le envidio el marido a alguien. El mío habla cuatro idiomas, es simpatiquísimo y ya tenemos veintitantos años de estar felices). Volviendo al tema, como les decía, dependo de mi trabajo que no es un trabajo fácil. Hay que ver que estar de ocho a doce horas al día escribiendo en una computadora no es así nomás. Esto sin meter el estudio, las conferencias que hay que dar y preparar, en fin, que a mí nadie me regala lo que tengo, como pasa con quienes sólo han sido jefes y a quienes el partido y el Estado mantienen. Yo trabajo desde los diecisiete años porque tuve un padre muy estricto que siempre insistió en que debía saber ganarme la vida. Y por otro lado, lo siento, señores, pero estrictamente hablando, no soy ni capitalista, pues no tengo siquiera secretaria; o sea que no exploto a nadie para producir el dinero que produzco.
Me parece, por otra parte, que pensar que sólo pueden estar con los pobres quienes han tenido la experiencia de serlo es descartar de un plumazo el idealismo que a través de la historia ha motivado a muchísimos hombres y mujeres provenientes de situaciones de privilegio a luchar por causas justas. El Che decía que “sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquier ser humano en cualquier parte del mundo” era la cualidad más linda de un revolucionario. No dijo que ser pobre es la cualidad más linda de un revolucionario, porque uno no escoge en qué estrato económico va a nacer. Lo único que uno puede escoger es de qué lado va a estar en la vida. Eso sí que corresponde a la conciencia de cada quien. El mismo Che era de clase media y se concienció viendo la pobreza de los demás cuando viajó en moto por América Latina. Muchos sandinistas que hicimos posible la revolución no teníamos necesidad de dejar nuestra comodidad y arriesgar nuestras vidas para que mejoraran las condiciones del pueblo nicaragüense. Lo hicimos por idealismo o por vergüenza, como dijo Carlos Fonseca. Que muchos de nosotros hoy estemos en desacuerdo con Daniel Ortega no nos hace ni somocistas, ni neoliberales, ni borra los méritos que acumulamos durante el proceso revolucionario al que entregamos lo mejor de nuestra juventud.
Al contrario, es ese historial de lucha que nos respalda, el que nos da derecho y el que anima nuestra necesidad de decir lo que pensamos y de entrar en diálogo con nuestros conciudadanos. Ha sido esa historia de lucha, los muchos compañeros que quisimos y que vimos morir por esos ideales, lo que no nos permite quedarnos con los brazos cruzados cuando, en nombre del sandinismo, de unos ideales que no son propiedad privada de ningún partido, vemos el peligro de que nuestro país y los pobres, la gente buena, trabajadora y honrada, vuelva a sufrir y vea sus esperanzas derrotadas. Aunque quienes afirman que no critiqué los desaciertos de anteriores gobiernos se equivocan, hay que decir que los desaciertos cometidos en nombre del interés del pueblo y presentados como revolucionarios me preocupan más, pues atentan contra la posibilidad de una alternativa de justicia social en la que sí creo. Pero hay que ver que el “socialismo del Siglo XXI”, si es que el socialismo como propuesta va a sobrevivir, tiene que ser capaz de romper con los errores que lo condujeron al estancamiento, a la burocratización y a convertirse en una camisa de fuerza. Tiene que encontrar su vocación originaria que no es ni más ni menos que la libertad, la felicidad y la superación del ser humano, a través de la dignidad del trabajo y de adecuadas y decentes condiciones de vida. En pos de esos valores --aun con todos mis defectos-- es que escribo.
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