Opinión

El fin de la intimidad


Debe parecer absurdo afirmar que muchas de las comodidades provenientes de la tecnología, concebidas para mejorar la calidad de vida y para hacer más eficiente el tiempo de las personas, puedan ser contraproducentes. Más absurdo debe sonar que detrás de la tecnología existan intereses ocultos cuyo fin sea apocar al ser humano y mermar su condición de ser pensante e independiente. Ridículo, ad nauseam, puede parecer que algunas de las invenciones recientes tengan como fin menoscabar la independencia de las personas e incluso atentar contra su intimidad.
Poco importa autoerigirse como absurdo cuando se tiene la convicción de que muchas de las aportaciones de la tecnología allanan la vida interna de las personas y fomentan la desaparición de la reflexión. En estas líneas me refiero, sobre todo, a la tecnología diseñada para el individuo más que a la orientada para las comunidades o para las naciones.
No debe asumirse como verdad absoluta que los avances de la ciencia siempre mejoran la calidad de la vida. Pensemos en los pacientes terminales atados a ventiladores mecánicos, en las compañías que generan alimentos transgénicos, o en Bush, hijo de Bush, que se niega a firmar los protocolos de Kyoto, a pesar de que los científicos atómicos nos advierten que “faltan cinco minutos para el fin del mundo” (cantidad de tiempo figurada en el “reloj del juicio final”).
El fin de la intimidad y de la vida interna afecta, sobre todo, a las clases económicamente pudientes. Los pobres (casi) no tienen ese problema, ya que su acceso a las bondades de la tecnología es mínimo y porque la intimidad, por incontables razones, les está vedada. El fin de la vida privada supone despersonalización y alienación; el fin de la vida interna asegura sumisión y obediencia. Alejar al individuo de su ser interno y de sus semejantes conlleva mayor opresión y mayor éxito en la esfera económica. No olvidemos un caso mexicano: Emilio Azcárraga padre, quien se autodefinía como soldado del PRI, solía repetir que la programación de Televisa --enemiga de la intimidad y de la vida interna-- estaba dirigida a un país de jodidos.
Los teléfonos celulares, el nintendo y juegos afines, las agendas electrónicas tipo palm, la Internet y el correo electrónico son algunos de los grandes (y buenos) inventos diseñados para hacer “más fácil” la vida. Es imposible negar su eficacia, pero también es erróneo soslayar su injerencia negativa en la vida interna de las personas. Quienes defienden a ultranza los beneficios de la tecnología aseguran que esos instrumentos economizan tiempo y acercan a las personas; quienes los aprueban, pero también los cuestionan, coinciden en afirmar que el tiempo empleado en esa parafernalia no siempre es benéfico, pues tiende a menguar la vida íntima de las personas, su crecimiento, la reflexión y el contacto con otros seres humanos.
Eficacia contra reflexión, comodidad contra ingenio, rapidez contra intimidad y ruido barato contra vida interna pueden ser la síntesis de ambas posturas. El hecho es que el tiempo empleado en la tecnología resta tiempo a la intimidad. Conozco drogadictos de Internet, jóvenes que no saben de memoria (casi) ningún teléfono porque todos están en el celular, niños que han convulsionado después de “jugar” todo el día con su nintendo y a algunos personajes wildeanos que tienen programada la vida en su palm, incluyendo --¡faltaba más!-- la hora de hacer el amor (los más avezados enlistan dos o tres posibilidades y los súper avezados, una o dos formas).
El mundo feliz de Aldous Huxley es realidad. Cada vez consumimos más mundo externo, globalizado y barato, y cada vez viajamos menos por nuestro interior. Hacemos más ruido y nos aterra más el silencio. Mamamos más tecnología mientras nos alejamos de las partes fundamentales --ética, justicia, otredad-- de lo que debería construir al ser humano.
Es obligado cuestionar algunas caras de la ciencia para repensar en los significados de la especie humana. Para sacudir los cables y enchufes copio unas líneas del poema La roca (1934), del inmenso T. S. Eliot:
“Invenciones sin fin, experimentos sin fin, nos hacen conocer el movimiento, pero no la quietud, conocimiento de la palabra, pero no del silencio, de las palabras, pero no de la Palabra.
“¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en el conocimiento?
“¿Y dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?”
El fin de la intimidad y el resquebrajamiento de la vida interna de las personas son sinónimo del triunfo del poder. No es la tecnología la culpable, sino el uso que le damos y el sometimiento que nos hace que aceptemos sus dictados sin siquiera cuestionar. Lentamente nos hemos convertido en homo urbanus. Con tozudez y contumacia hemos destruido el mundo natural. Pronto acabaremos con el mundo interno del ser humano.