Opinión

La censura

La censura fue muy dura para los periodistas que trabajamos durante el comunismo, pero con los años aprendimos a engañarla. Por otra parte, hubo momentos en los que, debido a las luchas internas del partido gobernante, surgieron algunos grupos más liberales, que permitieron periodos en los cuales se pudo escribir más. Pero para los corresponsales extranjeros la situación fue distinta, porque a la dictadura le interesaba saber lo que pasaba en el mundo, de manera que escribíamos toda la verdad. La censura venía después: era para el público, pero no para los dirigentes del gobierno

¿Qué hacer cuando uno ha invertido tiempo y trabajo investigando un caso al que el medio, por ser importante y fijar agenda, decide otorgarle poco espacio?
Voy a emplear la palabra censura, porque es la situación que se presenta en casos como éste. En toda la prensa, realmente en todos los medios, existe la censura. Y cuando nos toca debemos tomar una decisión: publicar o no. Los periodistas que vivimos bajo el sistema comunista conocimos gobiernos de cincuenta años de censura, lo cual nos dio una gran experiencia en este sentido.
En este caso, el dilema que enfrentamos consiste en permitir que corten nuestra historia y que así, censurada, aparezca en un periódico de gran tiraje o publicar la historia completa en una revista para quinientos lectores. Siempre tendremos estas tensiones éticas en nuestra conciencia, que nos harán preguntarnos cómo conviene actuar en estas condiciones.
En los países donde existía la censura, el sistema proveía la solución al dilema: se permitía publicar estas historias, verdaderas y completas, solamente en revistas de escasa tirada. Podíamos publicar todo, con una única condición: que no se editaran más de cien ejemplares. Cuando un periodista traía una crónica a un periódico de gran tiraje, la oficina de censura le decía: “Señor, eso no se puede publicar aquí, pero lo puede publicar en una revista pequeña”.
Es cierto que si cortamos la historia, faltarán ciertas cosas; pero --cosa mucho más valiosa-- aparecerá en un periódico de gran tiraje. El impacto de esa historia, aun publicada parcialmente en un medio importante, será más grande que si saliera con toda su verdad en una revista que muy poca gente va a leer.
La mayor satisfacción siempre se encuentra al escribir todo lo que se quiere, pero no siempre nos está permitido. En esos casos, tenemos que calcular qué será mejor para el bien común, para la opinión pública y para la causa misma de la historia. Seguramente será que llegue, aunque reducida, al mayor número de lectores que se pueda.
Mientras más grande sean el periódico, el canal de televisión y la estación de radio, mayor será la censura. En esos terrenos siempre juegan otros intereses antes que la verdad. Y en ese juego no hay una respuesta buena. Hay que luchar y negociar, porque no hay otra solución que hacer los mejores compromisos que podamos para nuestra misión profesional.
¿Qué puede contar acerca de sus propios enfrentamientos con la censura, y de la manera en que se resolvieron?
La censura fue muy dura para los periodistas que trabajamos durante el comunismo, pero con los años aprendimos a engañarla. Por otra parte, hubo momentos en los que, debido a las luchas internas del partido gobernante, surgieron algunos grupos más liberales, que permitieron periodos en los cuales se pudo escribir más. Pero para los corresponsales extranjeros la situación fue distinta, porque a la dictadura le interesaba saber lo que pasaba en el mundo, de manera que escribíamos toda la verdad. La censura venía después: era para el público, pero no para los dirigentes del gobierno.
Los periodistas de agencia escribíamos todo, desde África, América Latina o cualquier otro lugar del mundo. Enviábamos las noticias a la central --en mi caso, a Varsovia-- y allí se realizaba una división de lo que habíamos escrito: una parte, autorizada, se publicaba; la otra se imprimía en boletines especiales, que no se vendían en la calle, sino que llegaban a un reducido grupo de dirigentes. Esta selección tenía lugar fuera de nuestra conciencia y nuestra participación.
La censura tiene una historia larga, con matices para contar porque no todos los países comunistas la tuvieron de modo formal. En la Unión Soviética, paradójicamente, no fue necesario crear una instancia especial: el mismo editor del diario, la radioemisora o el canal actuaba como censor.
El partido gobernante mandaba a su gente a los puestos de jefes de redacción y ellos, de modo práctico, ejercían el rol de filtro. Muchos rusos aprendían polaco para leer nuestra prensa, porque comparada con la de ellos era libre. Incluso en la década de 1980, durante la época del movimiento Solidaridad, nuestra prensa fue prohibida en la Unión Soviética.
No fue fácil trabajar bajo el régimen socialista. Polonia era un país más pobre que Checoslovaquia o Hungría, y para balancear esa situación teníamos más libertad, aunque la censura existía de forma institucionalizada. Digamos que sabíamos engañar al sistema. Por ejemplo, cuando publiqué El Emperador --que inicialmente salió por entregas en el seminario literario del periódico-- los lectores creyeron que se trataba de una alegoría del poder del Comité Central. En ese momento existía una ley por la cual una vez que el texto pasaba por la censura no podía volver a ser censurado: al publicarlo por entregas, El Emperador se convirtió en pedazos muy inocentes, que sólo al aparecer en conjunto, como libro, se revelaron muy críticos de la clase gobernante. Pero como ya había pasado por la censura para su publicación en el diario, el texto no podía ser sometido a escrutinio por segunda vez. De todas maneras, la censura encontró un método para atacar este libro: limitar su circulación.
Hubo otras obras literarias muy críticas que fueron publicadas como ejemplos: para demostrar al mundo occidental que en el país conocíamos la libertad de expresión. En esos casos, la censura permitió un tiraje de cien a quinientos ejemplares. De esa manera, no se podía decir que los libros no habían podido ser publicados; al mismo tiempo, en la práctica ningún lector podía acceder a ellos.
Algunos temas no se podían tocar. Por ejemplo, no se podían ofrecer miradas críticas sobre temas de la Unión Soviética: esos asuntos estaban completamente prohibidos. Sobre otros temas se podía expresar la verdad con libertad. Por ejemplo, a nadie le interesaba mucho lo que sucedía en África, porque estaba lejos y no ponía en peligro los poderes reinantes: muy pocos se ocupaban de lo que se escribía sobre el Congo, Senegal o Nigeria.
Distintos factores determinaban los límites y las posibilidades de nuestra labor: el tiempo, el método, el tema. Los que trabajamos en el sistema sabíamos más o menos cómo escribir en ese ambiente. Los periodistas y escritores no vivíamos en un mundo oscuro de censura, sino en un conflicto permanente, una lucha constante por el derecho a publicar algo de la verdad.
Por eso creo que la peor experiencia de aquellos tiempos fue la autocensura.
Abandonar la pelea diaria por encontrar un camino de expresión implicaba una situación psicológica de resignación ante la adversidad que vivíamos. Decir, por ejemplo: “No voy a escribir esto, porque de todas maneras la censura no me va a permitir publicarlo”. Más allá del daño a la sociedad que provoca la censura como institución, también nosotros sufríamos el daño de la autocensura que disparaba nuestros mecanismos de silencio internos. Y si bien la gente de poco talento se escudaba en los controles para no escribir determinadas cosas, es cierto que en general la censura produjo una influencia negativa en todos los que nos dedicábamos a la producción literaria y periodística. Pero también hubo gente que no sólo luchó contra la censura, sino que le dio pelea a su censor interno, acaso más peligroso que el mecanismo exterior.