Opinión

Economía mixta: mito y realidad


Hablar de que la Economía Mixta (EM) es un orden económico mitológico, es desconocer la realidad económica de muchos países. En la mayoría de las economías occidentales prevalecen EM, es decir, combinaciones de mercado e intervención estatal. Los que por dogmatismos mercadólatras argumentan que tal cosa es una aberración conceptual, o “indefinible”, pecan de un recalcitrante simplismo ideológico. La economía debe ser contrastada de forma desapasionada, con la forma en que funciona el mundo. A. Einstein señaló en una ocasión: “La ciencia no es más que el refinamiento de las reflexiones cotidianas”.
La EM no significa solamente un estandarte que socave y haga sucumbir las fuerzas del mercado (libre empresa), ni mucho menos; nada parecido a una alternativa utópica en donde se refugien los críticos de la “mano invisible”. No se olviden, los “adversarios sentimentales” de la economía mixta, que existen tanto, los fallos del mercado, como los fallos del Estado. Por ello, la economía mixta es la forma del orden y organización económica, que concilia los extremos o los sistemas económicos puros.
Aun cuando se toma en cuenta el nexo entre el nivel de bienestar de un país y la influencia del Estado, es difícil concluir con la tesis de que la actividad estatal influencia de manera negativa el bienestar de una economía. Por el contrario, la mayoría de los países muestra una estrecha relación entre el PIB per cápita y el gasto social por persona. Luxemburgo gasta más de US$ 8,000 por persona, mientras que su PIB per cápita superaba los US$ 45,000. El único país que en relación a su enorme bienestar, hacía muy poco por los débiles, era Estados Unidos. Con un PIB per cápita de 37,000 dólares, destina un poco más de US$ 4,000 para los menos favorecidos. Sin embargo, la sociedad estadounidense paga, por eso, un alto precio, al tener una extrema elevada criminalidad. El número de adultos reclusos alcanzaba 469 por cada 100,000 habitantes, 10 veces más que el 43 de promedio en la Unión Europea.
Otro indicador que muestra lo eficiente que puede ser la presencia del Gobierno en la economía, lo constituye analizar la cuota de participación estatal, o lo que es lo mismo, la magnitud del gasto público, con relación al PIB. Especialmente en Suecia la cuota estatal representaba el 59.9 % (2003), Dinamarca 55.8 %, Francia 54.4 % y Alemania 49 %. Valores sobre 50 se pueden encontrar en Finlandia y Austria. Nadie puede argumentar que Suecia requiere de la fórmula un: Estado liviano= una economía dinámica. En los últimos cinco años, Suecia tuvo crecimiento de 1,6 %, por encima de Alemania. Lo que hace sencillamente falsa la propagada igualdad [1]. En el caso de Alemania, de un crecimiento débil, no se puede atribuir ni aclarar en primera instancia, con un “Estado pesado”. Entre 1980 y 1999 el crecimiento económico promedio, rondó el dos por ciento. Desde 1975 la participación estatal en Alemania se ha mantenido casi constante, es más, no ha crecido desmesuradamente, aun con la unificación alemana.
La EM busca encontrar ese balance entre la eficiencia del mercado (asignación de recursos escasos) en los procesos económicos y la rentabilidad social (pacto social) de la intervención pública. La misma no es solamente una bandera, ni pretende --mucho menos-- sustituir al mercado. Las sociedades enfrentan la disyuntiva entre la eficiencia económica y la igualdad. La eficiencia se refiere al tamaño del pastel, y la equidad a cómo se distribuye el mismo. Ese se ha convertido en el desafío crucial del siglo pasado y en lo que va del presente.
La historia de prosperidad y crisis de la sociedad moderna --a saber--, es la necesidad de un equilibrio entre el rol del Estado y el de los mercados. Si se encuentra el equilibrio correcto se puede crecer vigorosamente. Cuando ese balance está distorsionado, como señala Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, “virando hacia demasiado gobierno o demasiado poco, el desastre aguarda”. El ejemplo más evidente de exceso de gobierno, lo ha sido el fracaso del sistema de economías de comando central. Pero también se puede fracasar por defecto. Stiglitz señala que no fue el exceso de la regulación lo que causó la crisis económica de 1997 en extremo Oriente. La causa de la debacle que azotó las unidades de ahorro y préstamo estadounidense en 1989 fue la carencia de regulación o una desregulación excesiva. Eso costó a los contribuyentes de ese país, 100 mil millones de dólares [2]. Los éxitos de China no se deben solamente al mercado, sino a una regulación efectiva y políticas económicas responsables. ¿O alguien duda que en China exista una economía mixta?
La EM no perturba los mecanismos de eficiencia en la asignación de los recursos. El mercado no asigna de manera eficiente los recursos por sí solo. Y los que creen en un orden social milagroso, esperan que al buscar el bien propio, buscan el bien de la sociedad, elucubran, porque saben que la “mano invisible” es tal, porque no existe. El fraude de las empresas Enron y compañía, es el mejor ejemplo. ¿Quién sino la mano visible del Estado, salió al rescate de los mercados? También sucedió en Nicaragua, con las quiebras bancarias. Los denominados mercados de competencia perfecta no existen en la realidad. La competencia imperfecta, como los monopolios y oligopolios, genera altos precios, bajos niveles de producción y malos servicios. Si no, vean lo que sucede con Unión Fenosa, Estesa, etc.
Para corregir estas condiciones, los gobiernos regulan la actividad empresarial o establecen leyes antimonopolio para ordenar la conducta empresarial, velar que no se contamine, evitar prácticas competitivas ilegales, fomentar la responsabilidad social y ambiental de las empresas, etc. En Nicaragua los grupos económicos fuertes rechazan la aprobación de la Ley de Competencia. La misma se venía impulsando desde 1994. La mano invisible o “la mano de Dios” de los apóstoles del mercado, es incapaz de garantizar la distribución equitativa de la prosperidad económica, ni promover la justicia social. Por eso hay tres razones por las que el Estado interviene en la economía: fomentar la eficiencia, promover la estabilidad macroeconómica y buscar la equidad.
Las medidas de política económica no son tomadas por ángeles, sino en medio de procesos políticos, que están lejos de ser perfectos. Cuando la fuerza pública toma medidas como la reforma agraria, el impuesto sobre el ingreso o la riqueza, o el sistema de asistencia social, intenta conseguir una distribución más equitativa del bienestar económico, promueve el crecimiento y la estabilidad macroeconómica. Ese sector público desempeña un rol importante e insustituible como sujeto activo del desarrollo económico. Desconocer esto, es comprar un boleto al infierno de la tiranía totalitaria del mercado. Para hablar en serio de la EM hay que evaluar los méritos relativos del Estado y del mercado. En economía, el éxito tiene muchos padres, y el fracaso siempre los tiene ausentes. Los que quieren reducir el Estado a un mortal policía y unos cuantos faros, flotan en un castillo de arena.
Hay que alertar sobre la posición de que las economías con intervención pública estén exentas de la lógica del excedente o la acumulación. Aún en las economías socialistas, se utiliza el cálculo económico para cuantificar o medir la rentabilidad de las empresas, o lo que es lo mismo, medir la ganancia. Ningún sistema socioeconómico puede generar innovación sin la zanahoria de los beneficios y el garrote de la quiebra. Los acólitos del laissez faire, rechazan cualquier sistema intermedio, por considerarlo vacilante y producto de compromisos políticos. Así los monetaristas de Chicago, pregonan un retorno al liberalismo de estilo clásico, porque consideran anacrónica y paralizante la planificación y la regulación pública.
Lo que nuestro país necesita es un Estado fuerte, beligerante. Es decir, un Estado en donde prevalezca la institucionalidad y las instituciones no sean dirigidas por ineptos o productos del “dedazo”. A veces se olvida que las instituciones no se manejan solas. Los ejemplos de países como Chile, Costa Rica, Uruguay en América Latina, reflejan menores niveles de pobreza, y cuentan con la mejor eficiencia estatal y estabilidad democrática.
Un Estado fuerte puede ser el garante del mejor “combate” a la desigualdad. Los estudios demuestran que el crecimiento económico es mayor en países donde la brecha entre ricos y pobres es menor, y donde los gobiernos tienen programas para mejorar la equidad y disminuir la pobreza. El bienestar de la población no lo determina un mayor crecimiento, sino un mejor crecimiento. De ahí que una EM basada en la libre empresa, sólo puede funcionar con una regulación económica ejercida por instituciones públicas consistentes. Se trata de entrelazar los elementos públicos de control con los del mercado en la organización de la producción y del consumo.
Concluyo que una sociedad eficiente y humana, requiere las dos caras del sistema mixto, la del Estado y la del mercado. Desconocer esto, es pecar de ignorancia, hacer demagogia, creer que se puede aplaudir con una sola mano o ingerir sopa con tenedor. Un país como Nicaragua necesita tanto mercado como sea posible, y tanto Estado como sea necesario. En la prosperidad, el bienestar social y la libre empresa pueden coexistir sin hacerse la guerra. Hay que abonar por tiempos de conciliación y consenso.
*Profesor de Macroeconomía y Desarrollo Económico.
Escuela de Economía, UNAN-Rucfa
romulo@ibw.com.ni