Opinión

Duerme conmigo


Madre joven, soltera, dos hijos, uno de tres y otro de siete años. Procede del Norte de Nicaragua y cuenta su historia:
“Eran cuatro hombres. Ellos se pararon en un taxi, me obligaron a subir al carro y no había recorrido ni una cuadra cuando me amenazaron con un arma de fuego y un cuchillo. Me anduvieron por varios barrios, me llevaron a un predio donde fui violada por estos cuatro hombres; cuando me estaban violando supliqué que no me mataran por favor porque tenía dos hijos (luego escuchó un ruido en la parte de atrás). Yo no sabía que en la valijera estaba el dueño del carro a quien le habían robado su vehículo y escuchó todo lo que me estaban haciendo y diciendo. Después huyeron y me dejaron abandonada en ese predio vacío junto al vehículo y al dueño del carro (le ayudó a salir de la valijera). Esa misma noche fuimos el dueño del carro y yo a la Policía para poner la denuncia y me mandaron al médico forense para iniciar el proceso de investigación. Al día siguiente busqué apoyo psicológico en el proyecto para contarle lo que me había pasado… (tardaron seis meses en realizar el juicio, pero ella insistió con la ayuda de otra gente. En el juicio se enfrentó a quienes le violaron). Ella exige respeto en esos juicios. “Nadie más tiene derecho a darse cuenta de los detalles de mi caso”.
Ella misma ha permitido contar su caso sin nombre, en un folleto de testimonios de mujeres que han sufrido algún tipo de violencia sexual. El folleto se titula Caminando del Dolor a la Esperanza y el proyecto del que habla es el de las Samaritanas. Durante dos noches a la semana, los mismos días de todas las semanas, Arnaldo Zenteno no ha dejado de visitar a las muchachas en la carretera. En algunas noches como esas lo acompañé hace tiempo, con el frío, con la lluvia y con todo lo que hay detrás de las sombras en esas noches y en esos lugares de Managua como la Carretera Norte. A veces, cuando volvía de su Méjico natal, Arnaldo se detenía a platicar con una muchacha y le daba por una ventanilla una estampita con la imagen de la virgen de Lourdes, le preguntaba cómo estaba el ambiente, trataba de informarle sobre algunos recursos para resolver algún problemita, ya fuera de salud, de ella o de sus hijos, de dinero, etc. Por la otra ventanilla, quien le acompaña saluda a otra muchacha de la carretera y al darle la mano le pasa un preservativo y un folleto donde se describían algunos centros de salud a los cuales puede asistir para hacerse revisiones. Uno ha podido ver cómo niñas trabajadoras de la calle que le sacaban los reales al asfalto por las noches muy cerquita de sus madres al cabo de unos años, que parecían meses, llegaban a saludar a la camioneta vestidas de otra manera, con otros gestos, tan sólo con la sonrisa de entonces, como si algunas cosas quedasen quietas y otras se fueran para siempre. Otras muchachas no salen a la carretera donde además del viento, está el miedo. Se quedan en los barrios, en sus casas, o en casas de algún hombre. Pero la violencia sexual se da en todos los ámbitos, un problema mayor de Nicaragua que el nuevo gobierno y, de hecho, su presidente, con más motivo, debería empezar a limpiar en serio buscando maneras más efectivas de hacer cumplir la Ley 230 que, entre otras cosas, exige alejar al agresor de la que sin duda es su víctima (hija, esposa, hijastra, amante, hermana, amiga o simplemente conocida).
Hacen falta muchas y buenas ideas sobre esto. El proyecto de las Samaritanas consiste también en una Casa Hogar para prevenir y cuidar a muchachas, alejarlas del peligro del abuso sexual que tiene consecuencias muy largas que se bifurcan con el tiempo.
Adolescente, doce hermanos. Tiene dos niñas, una de tres años y medio y la otra de 18 meses.
“Mi mamá desde muy niña me regaló a una tía, donde también estaba una de mis hermanas, la que fue abusada por el marido de mi tía. Cuando pasó esto mi tía nos regresó a la casa de mi mamá… Mi miedo es la misma vida porque no tengo dónde vivir. Mi mamá ya no me permite vivir en su casa, a veces deseara morir, viví momentos donde sentía tanto dolor que me pegaba a mí misma, me decía estúpida, y el papá de mis hijas me decía que era ignorante, que no sabía interpretar las palabras porque nunca estudié… Yo lloré mucho y conté una y otra vez lo que me estaba sucediendo… Ahora continúo luchando en los juzgados para que se cumpla la Ley 230 y mi ex compañero se mantenga alejado”.
La Ley 230 rompe la idea de que la violencia que se vive en cada familia es un asunto privado en el que nadie se puede meter. Rompe el silencio que durante años se ha mantenido a nivel político, judicial y policial. Y también el silencio aún más afilado, el de la misma familia, no sólo el de los agresores, sino también el de algunas mujeres que prefieren mirar para otro lado cuando el hombre cae en esas “fallas de los hombres” si después de todo deja algunos reales para la comida. Es la violación, el abuso infantil comprado de silencio, que se mete hasta los tuétanos en nuestra pobreza y en nuestra riqueza dejando una huella que no se podrá borrar, una bomba de tiempo.
En el folleto hay varios testimonios, historias de dolor y de valentía, direcciones concretas, organismos e instituciones donde hay que asistir e insistir para recordar el deber y el derecho, pero que están ahí. Uno siempre se queda con aquellas palabras que le recuerdan algo, la forma, la carita de una muchacha que contaba algo parecido a lo que otra mujer cuenta:
“Tuve que dejar mi hogar, mi país y mi hijo para salir a luchar por el futuro de los dos… A mi hijo lo destruyeron psicológicamente, lo manosearon personas en las cuales yo confiaba. Cuando fui a la Policía con el acompañamiento de la Procuraduría y del proyecto me trataron bien, pero cuando fui sola no le dieron importancia a mis problemas…. He pensado en trabajar en esto, hasta que termine de construir mi casa, después voy a buscar otro trabajo donde mi hijo se sienta orgulloso de mí, tener en mi vida más estabilidad, que mi hijo diga mi mamita duerme conmigo. Ahora estoy en la casa hogar, donde comparto lo que siento, puedo desahogarme, hacer planes personales y tomar decisiones”. En realidad, no he conocido a ninguna mujer que sea madre, en la carretera o fuera de ella, que pase las noches sin pensar en cómo estará durmiendo el hijo.
Creo que aún no tenemos alcance para opinar, ni para juzgar, ni para instalarnos en los sillones del bien y del mal, pero de que es un escándalo en Nicaragua lo es, y de que este silencio empieza a estallar en los oídos también. Hay recursos, insuficientes aún para quienes sufren el abuso hoy, y más aún para las trampas que el futuro reserva para quien alguna vez sintió la mano de otro, la sangre y la más horrible impotencia y el ahogo de los sueños de una vez cuando fuimos niños, y sabíamos que nada malo pasaría porque no dormíamos solos.
franciscosancho@hotmail.com