Opinión

La krisis de la paz


Ya no hay guerra y la posguerra también ha quedado atrás. Ahora estamos en franca krisis, sí, pero con «k», que en su sentido original griego, como se sabe, connota aquello que se mueve bajo nuestros pies.
No se trata de la crisis ordinaria, económica o política, cíclica o de coyuntura, y que de algún modo puede atenderse impulsando tales o cuales políticas económicas y sociales.
Nada de eso, esta krisis, que aunque emerge desde estas otras crisis, tiene una configuración un tanto distinta: todas sus expresiones remiten a la dimensión estructural.
En la historia contemporánea salvadoreña sólo en torno a los hechos violentos de enero de 1932 ha tenido lugar un claro cuadro de krisis. Incluso puede decirse que durante el período de la generalización de la guerra (1980-1992) no cristalizó una krisis, y esto porque el apuntalamiento económico y militar de los Estados Unidos no lo permitió.
De este modo, proponer la categoría de krisis para interpretar la actual situación de El Salvador de una sola vez introduce el análisis en una esfera de compleja realidad, en tanto que el discurrir de la krisis en absoluto anula o inhibe el despliegue de las otras crisis. Se alimentan, se relanzan y sus efectos se amplían. Y esto es lo verdaderamente complicado del momento presente, sobre todo porque el escenario básico sobre el que operan tanto la krisis como las otras crisis es el de los profundos desequilibrios estructurales de la sociedad salvadoreña, históricos y siempre escamoteados.
A mediados del mes de enero se celebra en El Salvador el 15 aniversario del fin de la guerra, y esto que debería motivar a los principales actores políticos y económicos a meditar concienzudamente no ya sobre la krisis que bien podrían argüir que es un artificio filosófico sofisticado para aturdirlos, por lo menos tendría que llevarlos a considerar con seriedad la situación de atascamiento económico y social que vive El Salvador; sin embargo, en lugar de eso, los grandes partidos políticos, que en su momento fueron actores de la guerra, se han dedicado a lanzar ditirambos, eufemismos y medias verdades respecto al sentido radical del fin de la guerra.
La guerra pudo finalizarse con una negociación estratégica político-militar porque la coyuntura que se vivía no presagiaba, ni en el corto ni en el mediano plazo, una modificación de la correlación de fuerzas, y porque en el llamado campo dominante se logró articular un modo más realista de interpretar los efectos perversos de la guerra. También facilitó la viabilidad de una negociación estratégica la flexibilidad política de la máxima dirección del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de aquel entonces, que supo visualizar y tasar con celeridad el punto de inflexión al que se estaban asomando.
Es decir, fueron sobre todo los factores internos los que hicieron posible el fin de la guerra, y no la decisión de la Unión Soviética o de los Estados Unidos por cerrar aquel capítulo.
Así, han pasado 15 años desde aquel esperanzador 16 de enero de 1992 y no es posible decir que estemos fuera de peligro.
El amplio y profundo período reformista que vivió América Central, entre 1940 y 1950, quizá sea hoy oportuno retomarlo a la hora de entender mejor el camino seguido por El Salvador desde 1992. Y aún más: el caso costarricense es, en este sentido, paradigmático.
Resulta que después de la confrontación política y militar habida en Costa Rica entre marzo y abril de 1948 y que culminara con un acuerdo general que restablecía, pero también recomponía, el ordenamiento económico y político de este país centroamericano, el rumbo del país cambió, en sentido estratégico. Lo más interesante es que las medidas de reforma social iniciadas en los años cuarenta, aunque el reformismo después de 1948 alteró su orientación política, no fueron quebrantadas, y se continuó desplegando, en un clima de amplias libertades públicas, otras medidas reformistas.
Pues bien, la experiencia salvadoreña después del fin de la guerra, en 1992, aunque ha reportado un indudable clima de libertades públicas, torció por la radicalización de las medidas económicas de casi exclusivo beneficio empresarial, e ignoró el reacomodo económico-social que el estado de guerra había puesto en evidencia.
Ahora, casi no importa qué agregado político-ideológico dé forma a una profunda generación de reformas sociales, la cuestión es que de no emprenderse en el corto plazo, la krisis, la tan temida krisis, puede echar por la borda la paz.