Opinión

Poder y autocontrol no siempre riman

“Quizá la lucha más importante que tiene que librar alguien que tenga poder es la lucha contra sí mismo, la lucha por autocontrolarse. Quizá sea una de las cosas más difíciles.” Fidel Castro*

¿En qué medida el presidente Daniel Ortega ha tratado de ajustar su acción y su pensamiento a la lucha por controlar su poder? Todo el mundo sabe la respuesta. Pero hagamos abstracción de los hechos por los cuales Ortega ha debido responder en el transcurso de su vida personal y política --hayan sido éstos ciertos o falsos, unos ciertos y otros falsos, o todos falsos--, y bastará su actuación política de la actualidad para pensar que no ha tenido éxito en esta lucha consigo mismo, si es que alguna vez la libró.
A partidarios y adversarios políticos no pudo pasar inadvertido el nuevo estilo del discurso electoral, el cual lo manejó sobre dos líneas desacostumbradas por Ortega: la del lenguaje místico-religioso y la del padecer con resignación franciscana la agresividad publicitaria de sus contendores de la derecha. Ambas líneas produjeron a los ojos de su clientela electoral la imagen de un Daniel-candidato tolerante, predicador pacífico, reconciliador, digno de recibir un voto de confianza.
El cambio de imagen de Ortega pudo no haber sido la clave para su triunfo electoral, pues también tuvo su peso --como se ha repetido hasta la saciedad--, la división de los partidos de la derecha, pero fue un factor que contribuyó, en medida no despreciable, a la conquista del voto. Esto quiere decir, de otra forma dicha, que el factor de la imagen pudo haber contribuido a evitar su cuarta derrota. Al mismo tiempo, por el lado opuesto, la imagen de arrogancia y agresividad venenosa de que hicieron gala los candidatos de la derecha fue un magnífico aporte a su propia derrota.
Pero las causas de por qué Ortega es el presidente de Nicaragua no tienen la misma importancia que enfocarse en su actuación presidencial, la cual comenzó, de hecho, antes del 5 de noviembre de 2006. Y es dentro del corto lapso transcurrido desde entonces hasta hoy cuando comenzó a manifestarse una marcada dualidad entre la retórica amorosa, reconciliadora y unitaria, y las acciones discriminatorias y agresivas de su representación parlamentaria, de su partido y de los cuadros políticos que les son más cercanos.
Todo este conjunto de hechos revela la dimensión del discurso, que es beatífico por su forma, y la dimensión contraria del ejercicio democrático y progresista de alguien que pasa como hombre de izquierda. Por eso, aunque no se haga referencia a los errores pasados, las dualidades de los actos del presente son suficientes para darse cuenta de que en Ortega no ha tenido lugar ninguna lucha por su autocontrol. Entre otros, se pueden enumerar los siguientes casos, no necesariamente en orden cronológico:
* Daniel ha retomado la bandera anticorrupción del gobernante anterior, pero igual que le sucedió a éste, no le da correspondencia con los hechos, pues poco antes de comenzar a ejercer el cargo, sus diputados abrieron el expediente somocista para auto recetarse dos “libres” al año. De paso, con la Ley Orgánica de la Asamblea impusieron obligaciones y penas a los ciudadanos sin tener facultades similares a los del Poder Judicial, el cual, pese a estar también bajo su control, no deberá permitir que los parlamentarios les arrebaten funciones. Si el presidente no gestiona la derogación o la reforma de esta ley, atentará contra la Constitución que ha jurado defender, y será una prueba de su falta de autocontrol.
* No se ve por ningún lado el amor que pregonó en la campaña electoral ni el respeto a los derechos de las mujeres; tampoco se ve una tendencia progresista en la decisión de penalizar el aborto terapéutico, identificándose plenamente con los sectores reaccionarios de la Iglesia Católica y la derecha política. Ayudó a oficializar la persecución contra las mujeres que caen en la desgracia de tener que abortar para salvar su vida o que prefieren el aborto de un hijo que dejar en el abandono a otros, mientras Daniel habla de la igualdad de oportunidades para ellas en la composición de su gabinete, cosa que no ha dejado de ser una promesa, y aunque la cumpliera, la penalización del aborto sigue siendo una grave falta contra sus derechos humanos.
* El espíritu reconciliador estuvo ausente del proceso de elección de la junta directiva de la Asamblea Nacional, durante el cual su representación puso en práctica el estímulo a la deslealtad, a la traición de los acuerdos intra parlamentarios, con el claro fin de castigar la disidencia del MRS. Incluso, la bancada del partido de Ortega utilizó medios, maniobras y trucos deshonestos en contra de la integridad de su representación parlamentaria para destruirla como bancada e impedir que haga uso de los derechos que le corresponden, según los Estatutos del parlamento.
* La prédica sobre el respeto a las normas institucionales no se expresó en la práctica, cuando el Frente se tomó autoritariamente el edificio del Centro de Convenciones “Olof Palme”, para transformarlo a su gusto y antojo. Aún es un secreto el origen que tendrán los recursos utilizados en la reparación de este edificio, lo que sugiere discrecionalidad en el uso del dinero público y un odioso autoritarismo, divorciado de la transparencia en la administración del Estado, la cual más bien ha sido objeto de burla de parte del Alcalde de Managua, al decir que “el Estado es uno”, variante de la arrogante confusión Estado-partido. Aparte de que resuelva el asunto económico, ese fue un acto contra las normas institucionales antes de la toma de posesión, a donde llegó a mentir al momento de ser juramentado, pues ya había alterado el orden institucional que prometió defender.
* Vimos y oímos la tarde del 10 de enero/07 cuando el presidente de la Asamblea Nacional, René Núñez, hizo jurar a Daniel que respetaría la Constitución y las leyes de la República; pero, a don Daniel no le importa lo que dijo don René de que la patria “os castigará” cuando falte a su palabra. Pues bien, antes y durante el acto de juramentación invitó a presidir junto a los diputados y magistrados de los poderes del Estado a tres señores que no representan a ningún poder institucional de la República, al cardenal Obando, y a los obispos Brenes y Solórzano.
* Allí hubo una confusión Estado-Iglesia no autorizada por la Constitución Política de Nicaragua, porque si fue al Daniel-creyente que el cardenal Obando hizo una invocación debió hacerla en su catedral o en su casa particular. Pero al Daniel-presidente no tenía por qué hacerle ninguna invocación en un acto oficial del Estado, que no tiene religión y, por lo tanto, tampoco tiene derecho de imponérsela a ningún nicaragüense. Y a usted, don René, ¿quién “os castigará” por haber permitido a don Daniel violar la Constitución en el mismo lugar en donde le prometió respetarla?
* El Daniel-político, ahora como presidente, no ha podido controlar su padrinazgo del corrupto Arnoldo Alemán, y sigue administrando su condición de reo, según sus intereses políticos partidarios. Invitarlos a su toma de posesión significó irrespeto al pueblo, a la justicia, a la ética y a las demás religiones. El discurso reconciliador, de unidad, amor y paz es una farsa.

* “Biografía a dos voces” (página 331), libro de Ignacio Ramonet. 2005.