Opinión

La vida y el alma del tiempo


El tema de la existencia de Dios es un tema universal y, sobretodo, una duda adolescente. Cuando pasamos por la adolescencia, todos nos preguntamos si de verdad existe Dios y qué clase de figura puede tener.
Con la información que vamos adquiriendo al crecer, con el conocimiento que nos permite indagar, Dios pasa de ser una afirmación, a ser una duda. ¿Existe? ¿Podemos comunicarnos con él? ¿Lo necesitamos o experimentamos?
En algún momento de la vida, todos creemos en algo ideal, y en esa creencia dejamos nuestra fe y nuestra confianza. En las situaciones extremas, Dios puede ser una respuesta. Puede ser perfecto o reparador. Pero al final, creo que Dios es una necesidad espiritual.
Por espíritu entendemos la masa de partículas del alma humana. Somos un alma subatómica. Después de cada átomo hay otro átomo, y así sucesivamente hasta construir una fila de átomos y almas infinitas, con formas múltiples a lo largo de varias vidas que forman lo que llamamos universo, y esa majestuosidad que se expande, esa complejidad es Dios.
Nuestras edades son cuatro: la infancia, la primera juventud o adolescencia, la segunda juventud o madurez, y la vejez. De esas cuatro edades, la más crítica es la adolescencia, donde damos tumbos, pasamos por túneles y nos abismamos hacia nosotros mismos.
¿Cuál será la edad ideal? Después de los veinte y cinco años empezamos a envejecer. O, mejor dicho, terminamos de desarrollar físicamente. El cuerpo entra en una especie de involución, vamos de regreso, para atrás, de vuelta. Tenemos menos resistencia, nos tenemos que cuidar más.
En base a esto, una amiga me decía que Dios lo creó todo al revés. Que sería mejor nacer viejos e ir bajando en edad, pasar primero por la vejez, luego por la madurez, luego por la adolescencia y finalmente ser niños y luego morir; así olvidaríamos todo lo malo que hicimos en la vida y seríamos inocentes al final del camino, nos iríamos con la piel tierna y el corazón bebé.
Pienso que mi amiga tiene razón. Sólo tenemos veinte y cinco años para dudar, para aprender, para pasar por lo peor y lo mejor. Tenemos sólo veinte y cinco años para hacer los amigos que nos marcarán toda la vida. Los amores que nunca olvidaremos se encierran en los primeros veinte y cinco años de vida.
Dentro de los veinte y cinco primeros años de vida, se encierra todo nuestro futuro y le damos la forma a nuestras creencias básicas. La sabiduría llega después, cuando ya sufrimos todo y cuando menos la necesitamos, como decía el famoso escritor colombiano, Premio Nobel de Literatura, la vejez es un estado de gloria consumada donde el alma tiene el rostro de una roca y el ánimo es una esperanza.
Sin duda alguna, la edad más crítica es la primera juventud, la adolescencia, y la edad más bella, la ideal, es la infancia. La edad más pacífica es la vejez, y la edad más reflexiva, la madurez. Todas las edades pasan por una especie de círculo, cuya fuerza centrípeta es nuestra personalidad.
Por eso decimos que la vida da vueltas, igual que el planeta, igual que la historia. Volvemos a encontrarnos con ciertas personas o volvemos a vivir momentos idénticos o somos capaces de visitar, sin querer, los mismos rumbos a pesar que el tiempo ha pasado. Es el azar, la fortuna, es la suerte circunstancial que Dios posee, otorga o fía a cada quien.
Dios controla ese destino que nosotros a la vez construimos. Es decir, el destino depende de nosotros y de nuestras circunstancias. Si hablamos de misión, la única y verdadera misión que tenemos en la vida es la de ser felices.
La gran tragedia humana es ser infeliz. Desde un espermatozoide hasta la creación espontánea, tenemos un sinnúmero de teorías científicas y explicaciones teosóficas para escoger una y decidir el rumbo de nuestros pensamientos sobre nuestro origen. Asimismo, tenemos la opción de creer lo que pasará luego de nuestro fin y ser felices así. ¿Algo pasará?
Tenemos cuatro edades para vivir cada una de ellas como si fuera la última. A pesar de la crudeza de la vida y de los avatares cotidianos, estamos sobre un suelo que sentimos y bajo un cielo incierto. A pesar de todo, estamos vivos, con lo que la vida implica: lucha e incertidumbre constante. No sabemos lo que pueda venir.
El presente, el futuro y el pasado son la misma cosa, y nunca sabemos exactamente dónde estamos. Hay que ser pacientes en medio de la ironía. El que espera, desespera, dice un proverbio escandinavo.

*grigsbyvergara@yahoo.com