Opinión

Modernizar la izquierda, desafío del presidente Correa


El país quería un cambio. Ese mensaje llegó a la sociedad política por muchos canales. Un cambio en el liderazgo político, lo cual incluye el ingreso a la escena pública de una nueva generación. Correa personifica parte de esas esperanzas. No hace parte del status quo. No tiene un pasado que el electorado pueda referir a épocas aciagas. No tiene partido y su opción, contraria a presentar diputados, lo puso al margen de “los mismos de siempre”. Esos activos finalmente pesaron más que las reticencias amplias y justificadas que suscitó su candidatura.
En definitiva, el país votó por Correa convertido, por la lógica de la campaña, en el candidato del cambio contra el inmovilismo. El magnate Álvaro Noboa paga así una vasta factura de prácticas que no lo diferenciaron de los otros partidos y que en la campaña lo llevaron a resucitar la camioneta que, en su momento, puso en boga el derrocado presidente Abdalá Bucaram.
Gran parte del electorado, en efecto, no votó por la propuesta de Rafael Correa. Votó en contra de imágenes que devolvían a viejas épocas (el hacendado, el benefactor...), atentaban contra derechos zanjados en viejas guerras (el laicismo) o lo enfrentaban a un hombre que podía acumular el poder económico y el político.
El electorado no vio con buenos ojos esa mega aplanadora que, librada a sí misma, encerraba peligros evidentes de autoritarismo. Ahí se encuentra el primer reto de racionalidad para el nuevo Presidente. En entender que el país votó, en buena medida, en contra de una propuesta retardataria de derecha, pero no para llegar a un proyecto nostálgico de izquierda. Ese país que pide cambios no votó para luchar contra la corrupción de derecha y aupar la de los sindicatos y mafias enquistados en las entidades del Estado.
En el fondo, los retos del presidente Correa son modernizar la izquierda. Convertirla en una opción ya no electoral, sino de gobierno. Sacudirla de fantasmas ideológicos que le han permitido cultivar nostalgias sin tener que cotejarlas con la realidad. Llevarla a mostrar su eficiencia no comparando su acción con sus preceptos, sino con los índices económicos y sociales que va a heredar. La izquierda ahora sí tiene que mostrar resultados.
Rafael Correa se ha granjeado una oportunidad política de cambio en un momento excepcional. Con una derecha minada y dividida, y con grupos sociales y los partidos, supuestamente de izquierda, en una de sus peores crisis. Basta ver los resultados de la primera vuelta. Eso debiera advertirlo sobre el estado de salud de ciertas ideas que algunos a su alrededor también manejan.
El triunfo de Correa no se explica sólo por razones políticas. Hay un movimiento indígena y cultural de fondo, generacional si se quiere, que lo obliga a aterrizar su visión en el terreno de una clase media que, por los avatares de la política, está llamada a construir el proyecto de país que los grupos de poder nunca cuajaron.
Correa en el gobierno no tendrá que hacer discursos. Tendrá que demostrar que esa izquierda que él encarna puede ser tan humanista como eficiente. Tan preocupada por la equidad como por la producción. Es decir, el nuevo Presidente tendrá que someter la tendencia en la cual se reconoce a un cambio extremo.
Contrariamente a la lógica política que dice que un plan alternativo nace en la oposición, esta vez tendrá que forjarlo desde el poder. La paradoja no puede ser mayor: Correa llega a la presidencia representando a una izquierda que si aplica sus ideas, en forma literal, asustará al electorado que votó por él. Por eso su mayor desafío no es ser fiel al viejo catecismo, sino inventar otro sobre la marcha.