Opinión

“¿Cómo no voy a creer?”


El día que Daniel Ortega se ponga delante de los micrófonos para pronunciar su discurso en la toma de posesión sabrá perfectamente que los ojos que le miren y los oídos que le escuchen estarán llenos de suspicacias, de sospechas y dudas. Pero a pesar de todo, todos, tanto los que están a favor como los que no han creído una sola palabra de la campaña, coinciden en una esperanza común, en un voto de confianza basado en la historia: que en materia de salud y educación el país tenga una sensible mejoría.
Uno podría sentir que la amalgama de alianzas imposibles que arrastra el nuevo gobierno no parece que pueda durar mucho tiempo. El acercamiento con la figura del cardenal Obando, los vaivenes del pacto, la cúpula en torno a Daniel, el grupo de diputados, los jueces, los intereses financieros de miembros destacados del Frente Sandinista (intereses incrementados durantes los últimos años), los problemas personales, las vinculaciones estrechas con el Poder Judicial, los acuerdos y desacuerdos con Arnoldo Alemán, los acuerdos y desacuerdos con Estados Unidos, la alianza estratégica con Chávez, todo ello rodea de fragilidad al nuevo gobierno, una fragilidad peligrosa que se podría comparar a una ciénaga por la que se hace difícil transitar.
Imaginemos que cualquier buen plan, cualquier buena intención, tiene que pasar por todo ese laberinto cenagoso para ser aprobado en el último laberinto que es la Asamblea Nacional, la que, por otro lado, acaba de otorgarse beneficios, como el de las camionetas libres de impuestos, que no son ni de lejos un buen mensaje ni un buen augurio de lo que pueda venir. Mal favor ha hecho la Asamblea a la confianza de todos en lo que ha de venir con esta su última tarjetita de fin de año.
Y a todo ello se suma lo que es en realidad el mayor problema que sufre el país, la máxima preocupación para la que sí debieran celebrarse reuniones de urgencia, incluso en sábado, y por la que sí debieran pelearse los diputados de las camionetas. Me refiero a la falta de equipamiento médico y de herramientas de diagnóstico, como en uno de los dos hospitales nacionales de atención a la mujer, el “Vélez Paiz”, donde desde hace meses ni siquiera se puede utilizar el único ultrasonido que tiene porque no se ha podido comprar una pieza que le falta y que no es tan cara, y que podría ser crucial para atender a una paciente de alto riesgo (¿Cuánto cuesta una sola de las camionetas libres de impuestos que se han regalado los disputados?). No es un problema de ética del gasto, es un escándalo. Me refiero a la falta de agua en mi barrio cada día. Me refiero a los niños que el próximo año se van a quedar sin escuela, porque sencillamente el próximo año, el primero del nuevo gobierno, no habrán podido acceder por falta de recursos a un derecho tan básico como ese. ¿Volverán a ser 800,000 niños los que se queden sin escuela el primer año del próximo gobierno? No era ésta la prioridad ni la urgencia para la Asamblea de las camionetas.
Pero todo ello podrá ser olvidado, y si no olvidado, relegado, si al menos el nuevo gobierno se pone las pilas en materia de salud y educación. Son los dos sectores donde todos, a favor y en contra de la Alianza que gobierne, coinciden en confiar que va a mejorar. Es decir, que es una esperanza compartida, salud y educación, una esperanza que se funda en la historia. Una buena amiga me decía: “Yo estudié gracias al Frente en los ochenta. ¿Cómo no voy a creer ahora que habrá una mejor educación, más amplia y de más calidad?” Otro amigo me decía que “aun en periodo de guerra, la salud siempre fue prioritaria y no hubo tanta escasez de medicinas en los hospitales públicos como hay ahora”. Si entonces fue así, cómo no se va a creer que vuelva a ser ahora, cuando ya no hay guerra, pero sí muchos otros problemas.
Pero, es curioso, la gente con la que he hablado en los últimos días aún confía, igual que uno en el fondo, que a pesar de todas las dudas, de todos los recelos y a pesar hasta de los últimos rencores, sea verdad que por primera vez en mucho tiempo los que más lo necesitan se verán acompañados por las decisiones del gobierno, y que por fin salud y educación serán lo primero en Nicaragua. Que la gente no tenga que sufrir la inestabilidad de los tratamientos, ni rifarse una operación de urgencia, ni la falta de acceso a una educación de calidad, una educación pública ética y responsable que le saque los colores a la otra educación privada y cada vez más elitista, más separada, más lejos del país. Que sea verdad una salud pública obsesionada en garantizar la cobertura sanitaria para todos y el abastecimiento de fármacos y equipos de diagnóstico para quienes precisamente no pueden pagar por ellos, porque ya pagan con un trabajo de por vida y de por muerte. Una salud pública que mitigue la brecha con la otra salud privada, la de quien se la puede pagar y la de quien se tiene que endeudar hasta las cejas, esa otra que es casi más negocio que salud y que divide al país en dos mitades, una más grande que la otra.
No nos queda más que creer y confiar que a pesar de todo, a pesar de la última dentellada de la Asamblea, a pesar de los misterios que rodean un gobierno que está muy lejos de aquel del cara al pueblo, a pesar de todo, Daniel sea consciente de que se la va a jugar a costa de muchos otros intereses por garantizar la salud y la educación. No hacerlo es el único y verdadero riesgo para el futuro de Nicaragua. Tendrá que convocar a la sangre y a la historia, tendrá que convocar a tantos que dieron tanto por ver cosas como éstas posibles en Nicaragua. No hacerlo no sería sólo ineficacia, irresponsabilidad y falta de beligerancia. No hacerlo es fallarle a la historia, a las ideas, a los sueños que estaban antes de las ideas. No hacerlo sería sencillamente una traición, y quien no lo hace, un traidor. Ya hemos sufrido muchos de esos. Y ahora, por el amor de Dios, no se puede defraudar tanta esperanza.
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