Opinión

Es otra Nicaragua


Y como era octubre y había elecciones en Nicaragua, Oliver North fue a Managua.
A los amigos que lo habían invitado les advirtió que el regreso de Daniel Ortega al poder sería lo peor para el país, y les recomendó a los nicaragüenses votar contra el líder sandinista.
North era un empleado menor del Consejo Nacional de Seguridad (CNS) de Estados Unidos durante la Presidencia de Ronald Reagan, y fue elemento importante en la guerra sucia contra el gobierno sandinista, que había llegado al poder en 1979.
Había una ley específica, la enmienda Boland, que prohibía a la Casa Blanca apoyar a los contrarrevolucionarios de Nicaragua, que todos conocimos y conocemos como la Contra.
Pero parece que North no pensó mucho en las leyes. El Departamento de Justicia de su país lo acusó de haber cometido dieciséis delitos serios, y terminó convicto por corrupción, por obstruir una investigación del Congreso y ordenar la destrucción de documentos.
Lo que North hizo desde la Casa Blanca de Reagan, además de vender armas a Irán para financiar a la Contra, según señalamientos oficiales y no oficiales, fue cometer perjurio, contribuir al derrocamiento de un gobierno soberano y democráticamente electo y haber alentado actos de terrorismo en Nicaragua.
Y como era octubre y había elecciones, North se reunió con el candidato del gobernante Partido Liberal Constitucionalista, José Rizo.
Y Rizo elogió a North. Dijo que es una persona que ha estado muy presente en Nicaragua y que arriesgó su futuro político por el país en su momento.

Una historia de película
La ley, que es dura, puede ser blanda. Los antecedentes penales de North desaparecieron eventualmente bajo el manto de un arreglo de inmunidad, aunque los hechos siguieron siendo hechos.
Pese a todo, según el subcomité del Senado que presidía John Kerry de Massachusetts, North y otros funcionarios del CNS crearon una organización que se apoyaba en el narcotráfico para financiar a la Contra.
El juez Edward Rafeedie no creyó nada de eso.
Era 1989 y era reportero del diario La Opinión y cubría la corte federal de Los Ángeles, fuente que me asignaron no sé si como castigo o como premio. Uno de los magistrados federales era el juez Rafeedie, que en otra existencia había trabajado en una feria.
Un día se supo que los alguaciles federales habían detenido a Rubén Zuno Arce, cuñado del ex presidente de México, Luis Echeverría, y que lo acusaban de haber participado en la tortura y la muerte de Enrique Camarena, agente de la oficina de combate al narcotráfico, DEA.
Era una historia de película que terminó siendo serie de televisión, basada en un libro que escribió una periodista que era novia de un agente de la DEA.
En esa historia había miles de toneladas de marihuana, toneladas de cocaína, secuestros, motines, torturas y, sobre todo, nombres de implicados, agentes y funcionarios corruptos, así como documentos confidenciales que uno encontraba en sobres sin señas del remitente.
Varios de esos documentos que terminaron en mis manos señalaban los vínculos entre el cartel de narcos y los escuadrones fallidos de la Contra, aunque también implicaban al gobierno de Estados Unidos en las actividades por las que fue convicto North.
Rafeedie desechó todo lo que apuntaba a la complicidad del CNS con el narcotráfico y aceptó como prueba todo lo que condenaba a los acusados.

Creer o no creer
Pero la noticia es que North viajó a Managua y dijo que la elección de Ortega sería un retroceso y representaría una amenaza para la democracia en la región, además de fortalecer la influencia política del presidente de Venezuela, Hugo Chávez.
Y dijo más, porque era octubre y pronto habrá elecciones. Es cosa de creerle o no creerle. Después de todo, es otra Nicaragua.

Columnista, BBC Mundo