Opinión

Receta para mujeres: iglesia, cárcel y cementerio


La petición de un senador republicano de bloquear las remesas de los nicaragüenses en los Estados Unidos si Daniel Ortega ganara las elecciones del 5 de noviembre, no es la primera ni será la última insolencia en la ofensiva imperial por lograr el triunfo de la derecha --intención que ocultan tras la cruzada contra este candidato--, coincidió con la votación del danielismo por la penalización del aborto terapéutico. Mientras el imperio y la derecha atacan al FSLN, éste continúa el proceso de su auto-desnaturalización, haciendo una concesión tras otra a las jerarquías reaccionarias de las iglesias católica y evangélica.
Patética la situación del orteguismo, que entre mayores concesiones hace, la derecha y el imperialismo más intensifican la campaña publicitaria en su contra. Está ofreciendo la pobre y triste imagen de alguien que ruega ser aceptado en una cofradía que antes combatió, pero le cierran las puertas en sus narices, le ofenden de todas las formas y, en vez de tener una reacción digna, más reniega de su antigua identidad.
El voto de sus 28 diputados, de los 52 que suprimieron el artículo 165 del Código Penal, y la ausencia calculada de sus otros diez diputados, incluida la pantomima de Bayardo Arce y Gustavo Porras, quienes enviaron a votar a sus respectivos suplentes. Además de su complicidad vergonzante, fue algo inútil, porque hicieron más evidente su deslealtad hacia las mujeres de su partido y de todo el país. Esta concesión al clero reaccionario es el mayor acto de abandono de las concepciones progresistas que fueron características del Frente Sandinista o, por lo menos, les fueron atribuidas, porque no eran sustentadas por todos sus dirigentes.
Ésta es una más de la cadena de renuncias del orteguismo: 1) al himno de su partido; 2) a la música de protesta (¿cómo van a protestar contra ellos mismos?); 3) a la bandera rojinegra (aún ondea en sus actos, no por decisión oficial, sino por voluntad espontánea de las bases); 4) a la conmemoración de las efemérides del FSLN; 5) a las imágenes de los héroes y mártires en los actos públicos, sustituidos por iconos religiosos; 6) al discurso orientador por uno demagógico electorero; 7) al discurso orientador por el discurso electorero. Todas estas renuncias son paralelas a la privatización del FSLN por la familia Ortega-Murillo.
Estos cambios tienen efectos en la conciencia y la conducta de su militancia, entre ellos: la transformación de la disciplina en borreguismo y la mística en oportunismo prebendario. Y no sólo tiene efectos negativos en la militancia, sino también entre los sectores populares, haciéndolos pasar de la confianza al fanatismo y aún peor: a su dependencia del mesianismo para que todo lo esperen del bondadoso caudillo, con lo cual los desmoviliza y los hace objeto de manipulación.
Con su voto contra el aborto terapéutico, el orteguismo remacha la condición de víctima de las mujeres, y se empareja con las fuerzas libero-conservadoras y las jerarquías reaccionarias de las iglesias católica y evangélica, haciendo causa común con la derecha para pisotear los derechos humanos de las mujeres. Esto significa que no sólo abandona a las mujeres en su lucha, sino que también ayuda a poner una losa ideológica reaccionaria sobre sus aspiraciones de liberación de género, de igualdad de oportunidades y derechos. Además, el danielismo asume la argumentación clerical oscurantista en contra de las mujeres.
Al compartir los razonamientos de las fuerzas opresoras fundamentalistas y del fanatismo religioso contra los derechos de las mujeres, el danielismo contribuye con la pretensión de someterlas por más tiempo a un tratamiento de estilo medieval y obligarlas a decidir entre renunciar a su vida o ser condenadas a varios años de cárcel. O sea, que la muerte y la cárcel las sumarán a la tradicional discriminación, la servidumbre en el hogar, el abandono, las múltiples jornadas de trabajo en casa, en la calle, la fábrica, la hacienda o la prostitución.
Con estas bárbaras políticas, el orteguismo ayuda a hundir a las mujeres en la ignorancia y el fanatismo religioso, carlancas complementarias de su explotación física y moral. Acosando de este modo a las mujeres, junto a los jerarcas más oscurantistas de las iglesias, y restándoles la solidaridad humana y social, el orteguismo y la derecha les abren tres caminos igualmente deshumanizadores: hacia la iglesia, la cárcel y el cementerio.
La iglesia, como escape o refugio en su indefensión ante las injusticias a que son sometidas, las obliga a buscar una supuesta salvación “espiritual” a falta de la salvación humana y real, con lo cual las induce a caer en el fanatismo para que actúen, incluso, contra su propio género, como es el caso deprimente de una diputada, Delia Arellano, a quien le parece poco una condena de cinco años para una mujer que aborte en cualquier circunstancia --incluso de muerte-- porque, según su concepción “divina” del castigo, una mujer que aborta “merece” treinta años de cárcel. Esa señora es ejemplo de alienación, crueldad, fanatismo y la ignorancia a que quieren someter a las mujeres bajo el manto “cristiano”.
Las mujeres del orteguismo --que antes encabezaron la lucha de las mujeres-- han sumado semejante atraso y aberración política. Y votan junto a esa clase de lideresas para que se haga real y efectiva la condena de las mujeres que caigan en la desgracia de tener un parto difícil que las ponga entre la alternativa de escoger entre la muerte y la cárcel. ¿Cómo aceptar con la conciencia en paz la comunión del oscurantismo y la barbarie, con el ideal de liberación nacional y social que un día inspiró la lucha del FSLN? Llegar a esta aberrante situación por oportunismo electoral es haber perdido la condición de sandinista y sellado la traición a todo ideal de liberación con el voto del 26 de octubre de 2006, en la Asamblea Nacional.
Pero otras mujeres están dando una lección de dignidad, que ya no lograrán aprender las diputadas del orteguismo, ni las derechistas libero-conservadoras; las mujeres organizadas independientes de los partidos levantan frente a sus victimarios la consigna de que si ellos no respetan sus derechos, ellas no respetarán su ley, una reacción justa a la medida de la aberración de que están siendo objeto. Para bien de la dignificación de las mujeres y sus objetivos democratizadores de la vida y las relaciones humanizadas entre mujeres y hombres, todos debemos oír su voz y no votar por los candidatos de los partidos misóginos y clericalistas.
Es lo menos que podemos hacer por las mujeres: no votar por quienes las han traicionado ni por sus aliados, opresores históricos de mujeres y hombres. No avalemos con nuestro voto la doble moral del danielismo, que practica lo contrario de lo que pregona por el afán de que la derecha y las iglesias les reconozcan su conversión y los perdonen. Imposible que no estén enterados de que para el imperialismo, mientras tenga a la derecha para dominar el país a su gusto, no confiará en un viejo enemigo, pues siempre actuará bajo el criterio de que “el hábito no hace al monje”, aunque el orteguismo ya sea más hábito que monje.