Opinión

Rosario y la “reconciliación”


Edwin Sánchez

Estas palabras sonarán a sacrilegio. Y sé que se molestará terriblemente doña Rosario Murillo, pero no quiero escribir del invento que usa ese mismo nombre. Quiero hablar de la imagen más real que se le acerque a ella. La doña Rosario de “a de veras”. La que vi en la foto de Leoncio Vanegas.
Cuando sonaba la adaptación de Lennon: “Lo que queremos es trabajo y paz, juntos digamos reconciliación. / Somos hermanos nos reconciliamos / todos queremos estar en paz”, la matriarca echaba del estrado de los escogidos a los periodistas. Un pie de foto que parece decir: “Apeate, papito, vos no alcanzás en la canción de John Lennon”.
No le encantará el escrito porque hay un rosario de asuntos, donde se pretende que la gente no vea de dónde viene la mano que “todo lo puede”, como el “ojo que todo lo ve”.
Desde siempre, desde los tiempos de la luna menguante, de los días del ocelote, y el cadejo azul, la relación de la jefa de campaña del FSLN con los periodistas es un trago de cicuta: no es, como debiera ser, una luna llena de verdad, o por lo menos, una luna nueva. Nunca fue la vocación de doña Rosario mantener no sólo con los hombres y mujeres de prensa un plenilunio, sino todo lo contrario: un eclipse total. Una sombra. Una oscuridad.
Lo que ocurrió en Ocotal no es “algo aislado”. Es la Primera Dama Infieri entrenándose, demostrando de antemano su inmenso poder que antes llevó el apellido de popular, luego de poder desde abajo y ahora, poder de arriba para abajo: rojo Talavera, amarillo contra, rosado murillo, azul cargo, y sobre todo “verde que te quiero verde”.
Con una demostración evidente de reconciliación, doña Rosario expulsa a empellones a un periodista de Ocotal, Aníbal Cáceres. Por supuesto, no se trata de Jorge Ramos o de Álvaro Vargas Llosa ni del mismo Carlos Alberto Montaner. A ellos sí les hubiera ofrecido los mejores lugares, bajo sombra y, además, es segurísimo, les invitaría a integrarse a la Alianza “Unida Nicaragua Triunfa”. Pero a un sencillo periodista de pueblo no, y eso que el Frente --dicen-- representa al pueblo.
Un anillo de seguridad y los anillos mismos de la misma doña Rosario sobresalen en esta exposición de amor, paz y maltrato a un representante de los comunicadores. Que no haya sucedido en Managua y que ese periodista no sea un Filadelfo Alemán de la AP, Filadelfo Martínez de EFE, no quiere decir que sea menor el daño a la libertad de prensa y el respeto a los comunicadores.
Tan sólo un año o año y medio atrás, otro alto dirigente del FSLN propuso hasta su propia “Ley Arce” para controlar a los medios que no estuvieran sirviéndoles de coro a sus movidas.
Doña Rosario en los años 80 ya había ejecutado una de sus más grandes obras que seguramente debe aparecer con todas las letras en su “Yografía”: haber arrinconado nada menos que al reconocido poeta universal Ernesto Cardenal, desarticulando hasta volver de papel el Ministerio de Cultura, mientras concentraba todo el poder en su Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC).
Y uno se pregunta: ¿Si es capaz de hacer esto, desde el poder con una gloria nacional de la literatura mundial, qué no podrá hacer con los simples mortales esta dama que quiere ser la primera? Bueno, ahí está la foto. Las palabras suenan bonitas: la paz, el amor, la unidad, reconciliación, pero la música de los hechos suena a toque de corneta para un soldado caído en el frente.
El periodismo para la aspirante a primera dama no se ajusta al concepto moderno, de libertad, de todas las posibilidades que se pueden hallar en el desempeño de un oficio cuya materia prima debe ser la verdad.
Por supuesto, hay algunos periodistas cuya materia prima es la ficción, pero no aquella que potencia la literatura, sino la simple fricción con la realidad. Yo no veo bien que a un colega se le expulse de la tarima del Paraíso Recobrado. Hubiera preferido no leer esta información de Leoncio Vanegas, donde hasta la autoridad militar es irrespetada:
“Mientras los demás periodistas, por mediación de un alto jefe policial, pretendieron subir por la única escalera de acceso, salió a su encuentro la señora Rosario Murillo, jefa de campaña de Ortega, a retrocederlos a empujones”.
Doña Rosario parece que ha llevado más allá de los límites su “reconciliación” con los demonios… del pasado, que terminó admirando mucho al General Somoza Debayle y su particular manera de movilizarse “entre el pueblo”.
Tacho adonde quiera que iba, se abría paso con su urna de cristal antibalas, separado cada vez más del pueblo. Ella ahora le ha puesto a su marido una urna más sofisticada, a prueba de la vida real, de periodistas y preguntas que no vienen de sus fantasías. Una urna que no se ve pero que se siente, como en la foto.
Pero sólo es una urna que después de todo, puede ser cambiada en las urnas.
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