Opinión

Los mitológicos cipes


Cipe es un antiguo vocablo indio centroamericano. Se usa en Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Está registrado en el Diccionario de la Real Academia Española y viene del azteca tzipil. Entre nosotros: dícese del niño celoso o malhumorado a causa del advenimiento de un nuevo hermano, o por la pérdida de atención en el período de lactancia del recién nacido. Estar cipe es un estado sentimental inocente y tierno que también se usa a manera de chanza o broma entre adultos.
Tiene otra aceptación, que es mitológica, nicaragüense y relacionada con los niños. Se trata de los fantásticos cipes. Aunque un tanto olvidadas, estas vetustas leyendas de duendes liliputenses merecen retomar su puesto entre el folclor nacional y es la perspectiva de la presente historia.
Los cipes son unos chateles de medio metro de estatura que habitan en los montes. Andan siempre en pandilla. Son vivarachos, alegres y traviesos. Tienen el cuerpo cubierto de vello o pelo, según el fabulador, y la carita blanca como los monitos. Se alimentan de cenizas, por ello su hábitat y constante búsqueda de troncos quemados para subsistir. Por las noches asaltan las cocinas dejando evidencias en los desórdenes y regaderos de cenizas.
No son malos, más bien disfrutan de los niños. Si un cipote campesino se pierde en las montañas o caminos, es seguro que será encontrado por los cipes, quienes lo protegerán de los peligros. Por la noche tendrá albergue en sus misteriosos dormitorios, alimentándolo con frescas frutas y comida sana. Sólo cariño recibirá el niño perdido, naciendo así un gran afecto entre ellos.
Comenta don Humberto Osorno Fonseca, en escrito publicado por La Noticia el 29 de agosto 1946, la siguiente historia: doña Cornelia Díaz, una ancianita que vivió 115 años, fue enérgica, trabajadora y de luces claras hasta su último día. Prueba de su provechosa vida fue que todos los días viajaba, muy temprano, a pie desde su morada en el Valle de las Jagüitas hasta Managua, para vender verduras que ella misma cosechaba y traía.
Comenta Humberto, Cornelia le aseguró que vio muchas veces a los cipes desde los 15 años. Eran bromistas, juguetones. En épocas de jocotes, mangos, caimitos, marañones, nancites y aceitunas los dueños de fincas tenían que madrugar para cuidar sus cosechas, porque los cipes cuando estaban enojados todo lo cortaban verde, arruinando sus esfuerzos.
Que varias veces amaneció el patio de su huerta cubierto de frutas sin madurar porque los cipes estaban molestos a raíz de la pérdida de su hijita, a quien encontró, después de tres días de intensa búsqueda, jugando con los cipes al pie de un ceibón. Al recuperarla trató mal a los chiquitos caritas de monos y ellos salieron despavoridos hacia la montaña.
Por fin la perdonaron, cuando dejó que jugara con ellos un día entero y por voluntad propia la entregaron. Desde entones sólo la niña los veía al despuntar el día, hasta cuando hizo su primera comunión. Según ella, habían estado en la ceremonia, para después convertirse en angelitos guardianes de todos los niños.
¡Qué lindo cuento para nuestros nietos! Por favor, conservémosle.
Autor del libro en venta: Ven a mi vida con amor.