Opinión

Resistencia


Lo que ha pasado en Puerto Sandino con la ESSO, lo que pasa con los vertidos. Lo que pasó con Chacocente. Lo que pasó y pasa con las maderas del Bosawás, lo que pasó y pasa con la Unión Fenosa. Lo que ocurre antes y después de la oscurana. Lo que ocurrió con el Nemagón, lo que ocurre con las víctimas de aquel estrago, nuestros propios campesinos en el desconcierto de las enfermedades y la muerte, y ese no saber a qué hora se negocia la vida, la de ellos, ese no saber quién los defiende en una corte de Estados Unidos y no aquí, en Nicaragua, donde está la herida, y un presidente que tardó una eternidad en recibirlos. Lo que pasa con el petróleo y su chantaje político, lo que pasó y siempre pasa con la Embajada norteamericana, cuyos voceros de Bush pueden decir y dicen lo que les da la gana, sin el más mínimo respeto. Lo que ocurrió en las negociaciones y ocurrirá con el Cafta, donde se presta nuestra salud y nuestro suelo para que Estados Unidos disponga de él, donde se nos obliga a darnos de codazos con nuestros compañeros de tierra y de historia en Centroamérica para que Estados Unidos nos dé el premio y acabe de un plumazo con la unión centroamericana. Lo que ocurrió y está ocurriendo con las zonas francas, con la industria textil, la migaja de los países enriquecidos que ya nos han transferido esa industria porque ya no les es rentable. Lo que ha pasado con las donaciones de Taiwan. Lo que ha pasado con las sombras del narcotráfico y su compra de silencios hasta en el sistema judicial.
Lo que dicen los “brochures” para atraer inversiones en Nicaragua: “A dos horas y media en vuelo del mayor centro comercial del mundo, y el coste laboral más bajo de toda Centroamérica”. Perdón, debería decir la mano de obra más competitiva de Centroamérica, es decir, la mano de obra más barata de Centroamérica. Sobrevivir es nuestra experiencia, nuestro negocio de siempre. Siempre hay algo que vender, siempre queda algo, y cuando ya no queda es la hora de irse para Costa Rica y Estados Unidos, qué otro destino. Lo que dice el presidente de Nicaragua con la sinceridad del que sabe que ya no se juega nada: “Me entusiasmé demasiado con la perspectiva de la creación de empleos por esas empresas sin saber que la energía terminaría incrementándose”.
Lo que ocurrió con Hispánica y su larguísima carretera hacia Masaya, lo que ocurre con las construcciones a destajo en lugares de alto valor ecológico, lo que ocurre con el jugoso negocio de las consultorías que realizan empresas extranjeras, cuyos exiguos informes se engavetan en el mueble de las cosas inútiles y se pierden como el dinero que cuestan.
Lo que ocurre siempre en este barco a merced de todos los vientos en que se ha convertido Nicaragua. Lo que ocurrió antes de los ochenta, lo que ocurrió en los ochenta, lo que ocurrió en los noventa y ahora. Nunca nuestros, siempre a merced de otros, puestos en las casillas de una partida de ajedrez que jugaban otros, alineados en un eje o en el opuesto. Adoptados en el marco estratégico y de cooperación de la Unión Soviética, o delineados como campo de batalla para los experimentos de guerra de EU; voluntarios en la guerra de Irak, mendigando hasta el último día el pago de los seguros de los soldados y médicos que iban a zurcir los rotos del Ejército norteamericano. Sonrisas para unos y para otros. Siempre vendidos al mejor postor. Para esto debe servir un gobierno, para con la dignidad de los pequeños que lanzan las piedras de la vergüenza decirles basta, que aquí hay mucha vida y mucho futuro que no se negocia. Nos han vendido tanto que estamos al borde de no ser ya nuestros, de no ser de nadie y ser de todos, y de camino perder por fin la única identidad que nos hacía un poco más libres.
No se trata de que venga un gobierno y con un discurso patriotero encierre las ilusiones, y nos venda la opción de aliarse únicamente con Chávez, y depender al fin y al cabo de sus abrazos de petróleo. Tampoco se trata de copiar las líneas maestras del FMI y los discursos, ya no de Washington, sino de aquí nomás frente a Batahola. Se trata de recubrirse de la dignidad de sentarse a negociar en nombre de nuestros derechos humanos, de un desarrollo progresivo y humano, de nuevas ideas, de ingeniárselas como en otros tiempos para garantizar los medicamentos esenciales que hacían falta, que la gente no se tenga que morir porque no tiene con qué pagarse una diálisis, o porque no haya quimioterapia, o porque no haya hospitales con especialistas, que no tenga que costearse darle esquinazo a la muerte, una muerte que no tocaría de esta manera ruin si estuviéramos en otro país. Un gobierno que tuviera el lema de “ni un muerto más por falta de acceso a la salud.”
Para eso debe servir el gobierno por el que se vote el próximo 5 de noviembre. Nada más y nada menos. No son milagros, ni probablemente se trata de una revolución, mucho menos el reino de Dios. De momento, para aliviar tanto desbarajuste, tanto mercado que no ha servido de mucho, ahora se trata de sentar las bases de un país un poco más justo, empezando entre nosotros, y haciendo que nos respeten como personas y como tierra compartida.
Se puede comprobar que a un país se le respeta no cuando adopta la postura de la cesión constante; la cooperación y la inversión son atraídas cuando quienes representan a un país contagian ilusión con un carácter serio, y no manipulable. El respeto se gana, no se compra. Creo que Nicaragua tiene muchos maestros antes y hoy que nos han legado esa herencia, y al fin y al cabo es una herencia de alegría. Creo que no deberíamos caer en el mismo error de otros años, el de dejar a Nicaragua a merced de ejes internacionales a uno y otro lado. Al final sabemos lo que ocurre siempre. Mientras les somos útiles, pasean a Nicaragua por el mundo, la muestran en sus noticieros, y cuando ya no les somos tan útiles, nos abandonan sin más. Ninguna de las dos alternativas han dejado que seamos nunca. A un nuevo gobierno, que de verdad sea nuevo, se le tiene que exigir echarla toda en tratar de detener este constante peregrinar, este constante tener que dejar de ser, este sobrevivir que hay que pelear con uñas y dientes antes de que el cansancio, las amenazas y el abandono nos terminan venciendo. En el fondo, tal vez ahora estamos más solos que nunca. Tendremos que mirarnos de nuevo entre nosotros, para palpar la lección aprendida, la que no se olvida, y poder contarle al resto del mundo los secretos dolorosos o no de nuestra resistencia, que probablemente sea el corazón del futuro.
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