Opinión

Lo sagrado y lo profano


El conocimiento occidental es dual como jardín de senderos que se bifurcan. Casi toda nuestra capacidad de conceptualizar y categorizar la realidad se realiza en términos de una escisión binaria. El luminoso tallo de un lirio en corte transversal. Alma-cuerpo, luz-sombra, noche-día, necesidad-satisfacción, guerra-paz, vida-muerte, amor-odio, fealdad-belleza, hombre-mujer, femenino-masculino, izquierda-derecha, heterosexual-homosexual, Dios-demonio, bien-mal, Dios-ser humano, conocimiento-ignorancia, verdad-mentira, lo sagrado-lo profano, etc.
No quise escribir la conjunción “y” entre ninguno de los elementos en oposición binaria. La época postmoderna ha borrado la conjunción “y”. Hay un traslape de estos elementos, una cohabitación, una pérdida de lugar, una mixtura, una mezcla crítica, un transitar de uno al otro sin decir agua va. Existe una nueva condición del ser humano de la cual cada día somos más conscientes. Los límites se han desvanecido y todo parece estar girando en la insólita banda de Moebius. En nuestro tiempo casi todo está contaminado de la otredad, ésa que nos obliga a intentar saciar la sed con grandes barricas de tolerancia y paz.
Pese a toda la tolerancia del mundo, no quiere decir que pasemos por este valle de lágrimas de la manera más aburrida, seria y circunspecta. No amiga(o)s, para eso hemos contratado con buena paga al circo de los políticos para que se desempeñen como nuestros payasos favoritos. No olvidemos que este estipendioso, abusivo e inmoral derroche de la campaña electoral lo terminaremos pagando nosotros. La única y más dulce venganza anticipada que como seres pedestres podemos tener es reírnos una y otra vez, ahora, mañana y siempre de los políticos y sus hazañas temerarias. Sin ignorar que al final del día, ellos se reirán de nosotros. Quien ríe por último lo hace mejor.
Cuando Mircea Eliade escribió Lo sagrado y lo profano lo hizo en la primera mitad del siglo XX en un mundo que no existe más. Solamente su rigor fenomenológico lo obligó a configurar dos espacios diferentes en permanente comunicación. Pero como occidentales no podemos ignorar que éste es un relato histórico que empieza con el emperador Constantino en 313 con el edicto de Milán. Una religión nacida en una colonia infernal, nutrida mayoritariamente de judíos, gentiles y esclavos y que gradualmente toma el poder del Imperio Romano para convertirse en la Iglesia Católica Romana: el más trascendente y transtemporal de los poderes del mundo occidental.
Por eso no deja de causarme extrañeza cómo en este circo político demasiadas personas se asustan de la habilidad constantiniana del comandante Daniel Ortega Saavedra y la poeta Rosario Murillo, su jefa de campaña, para integrar un discurso religioso católico fundamentalista a su discurso político. Como dijo Enrique IV de Navarra y III de Francia (un hugonote redomado), París bien vale una misa. El poder en Nicaragua bien vale muchas misas y muchos oficios religiosos, no nos cabe la menor duda.
La anterior es una crítica surgida desde el agrio seno de la derecha y el antidanielismo recalcitrante para quien el pacto Ortega–Obando (dos liberteños de La Libertad, Chontales) es la peor pesadilla vivida por ella. Pesadilla solamente superada por el tránsito de estas personas durante diez oscurísimos años. La llamada noche oscura del sandinismo que ahora, frente a los apagones de don Enrique Bolaños Geyer, parece una piñata romántica a la luz de las velas.
Desde el inquieto seno de la izquierda, la hipocresía es mayor y gritan como monjas asustadas por el lirio en la mano de Neruda: con el discurso fundamentalista católico, antiabortista, el sandinismo se está vaciando de contenido. ¿Alguna vez este partido tuvo contenidos? ¿No fue siempre un partido de seudo revolucionarios populistas que siempre acogió a la oligarquía y que siempre tuvo veleidades de partido nacional más que de clase? ¿Los esoterismos de Sandino recuperados exitosamente por doña Rosario? ¿El antiimperialismo? ¿El antisomocismo?
Estas grullas ahora abjuran de su propio pasado, omiten la y sus historias al saltarse olímpicamente toda la teología de la liberación, entre cristianismo y revolución no hay contradicción, la fe al servicio de la revolución y todas estas causas que en aquel tiempo abrazaron y les parecían justas. No m’hijitos lo que es bueno para la gansa es bueno para el ganso. Ahora traguen la amarga medicina del tiempo.
No quiere siquiera mencionar por evidentes el marketing de lo sagrado a través de la mercantilización de la fe realizada por muchas sectas antievangélicas de la llamada teología de la prosperidad. Para estas criaturas la pobreza y la enfermedad son estigmas que Dios ha lanzado contra el género humano por su vida de pecado. Además de haber convertido toda la música popular: rancheras, cumbias, vallenatos, rock, lambadas, baladas, etc. en música sacra. Todo un relincho. Una secularización pavorosa que invadió el espacio de lo sagrado. Y al cristianismo de la buena nueva de liberación para los pobres, estos mercachifles farisaicos sí lo vaciaron de contenido.
Nunca antes el mercado de lo sagrado, en su dialéctica binaria de salvación o condena, ha sido una metáfora evidente del mercado de bienes, servicios y dinero. Es decir, del mercado real, cuyo acceso depende la vida o la muerte para los consumidores y aspirantes a consumidores.
¿Por qué se quejan ahora que ven a don Ortega más santo que Francisco de Asís, y a doña Rosario más piadosa que Santa Chiara? Señora(e)s, no pongáis en duda que la conversión existe y la fe obra milagros. Aunque nadie les crea.