Opinión

Una inaceptable arrogancia


Las constantes declaraciones de funcionarios de la Administración Bush y del personal diplomático de la Embajada de EU en Nicaragua sobre cómo debemos o no votar los nicaragüenses son desde todo punto de vista inaceptables e irrespetuosas. Lo son también sus amenazas, como lo ha sido su abierta injerencia en el proceso político de esta campaña electoral.
Yo no apoyo a Daniel Ortega. De hecho, pienso que es un caudillo autoritario cuya versión de democracia consiste en manipular la opinión de los ciudadanos, las leyes y el sistema. El objetivo de Ortega, si llegara al poder, es re-inventar un remedo de “democracia popular” que opere, igual que su partido, bajo su férreo control. Mi rechazo a Daniel Ortega, sin embargo, no es impedimento para que me sienta, como nicaragüense, enervada por la constante intromisión de los personeros de la Embajada norteamericana en la política interna de mi país. La arrogancia con que estos personajes se adjudican el papel de árbitros, tanto en Nicaragua como en otras partes del mundo, es realmente ofensiva. Nunca he podido soportar sin que me caliente la sangre el tono altanero y moralista con que estos funcionarios predican sus recetas democráticas y en nombre de la libertad --que se conceden a sí mismos, pero no a los demás-- pretendan ser los dueños no sólo de la verdad, sino de la receta infalible para una supuesta prosperidad.
Esta actitud, que lo mismo los llevó, en el pasado, a dar el beneplácito para el asesinato de Sandino que a apoyar por cuarenta y cinco años la dinastía de los Somoza, para luego sumir a nuestro país en una guerra cruenta contra la Revolución Sandinista y terminar apoyando equivocadamente a candidatos como Arnoldo Alemán en 1996, los elimina éticamente como árbitros del desarrollo histórico de nuestro país. Demasiado se han equivocado para no tener siquiera la humildad de quedarse callados.
Actualmente, el mundo es testigo de una de sus últimas y terribles equivocaciones: la guerra de Irak. Contra la voluntad de la mayor parte de la opinión pública mundial, los Estados Unidos decidieron imponer, a sangre y fuego, su versión de libertad y democracia en ese país. El remedio ha terminado siendo peor que la enfermedad. Hoy no sólo están empantanados en una situación política y militar que no tiene salida, su error los ha debilitado en términos de seguridad y en términos morales, y les ha ganado la crítica y el rechazo generalizado de todas las naciones civilizadas del mundo. En sus próximas elecciones, simultáneas con las nuestras, es muy probable que su pueblo le pase la cuenta a Bush y que el Partido Republicano pierda la mayoría en el Senado. Si el Partido Demócrata tuviese más garra, Bush tendría que haber sido indiciado y removido como presidente. Si a Clinton le hicieron un absurdo proceso por el caso de Mónica Lewinsky, las falsedades y desaciertos de Bush le han costado la vida a miles. El impacto de esta ilegal invasión tendrá sin duda consecuencias negativas en la historia de Irak, que marcarán el destino de generaciones. Pero, igual que sucedió con Nicaragua, la suerte de los iraquíes ya no será noticia y las penurias que pasen ya no le importarán a nadie.
Una y otra vez la historia ha demostrado que la democracia no se exporta y que detrás de ese supuesto afán de EU de venderles su receta a otros pueblos, se ocultan intereses económicos o geopolíticos que, a la hora llegada, los llevan a avalar como democracia a cualquier sistema que coopere con ellos.
Dicho esto, debo añadir que no pienso, como Daniel Ortega no se cansa de repetir, que todos nuestros males se puedan achacar a los Estados Unidos. La propia responsabilidad en nuestra historia no se puede evadir. Así como hay nicaragüenses que han favorecido y aplaudido la injerencia norteamericana, desde Adolfo Díaz hasta la fecha; también Daniel Ortega se vale de acusar a todos los que se le oponen de “instrumentos de la Embajada yanqui” para descalificarlos. Así lo hizo con Zoilamérica, con Sergio Ramírez, con Herty Lewites y ahora lo hace con el único partido que verdaderamente está dispuesto a cambiar este país, el MRS.
Para evitar esa injerencia y esa incestuosa relación de los políticos nuestros con la Embajada norteamericana, ya es hora de que tanto ellos, como los nicaragüenses, guardemos la distancia. Mientras les adjudiquemos el poder de decidir lo que pasa o deja de pasar en Nicaragua, ellos seguirán sintiéndose con derecho para venirnos a decir qué hacer y faltarnos al respeto.