Opinión

El enigma de la desaparición de un desconocido


La nunca bien ponderada y por lo general vilipendiada Rosario Antúnez decidió quedarse una semana más con los caminantes, pues cada uno de ellos, incluyendo Sherlock y Watson, le pidieron interpretar, personal y privadamente, sus sueños. Caresol estaba que rascaba por saber los sueños de los demás, pero Rosario, impertérrita, insobornable y aconsejada por su amiga Leticia Herrera, no sucumbió ante sus halagos y en materia de discreción fue una tumba aunque, según decía el de Masatepe, “una hermosa tumba”.Watson se aventuró a decir que Rosario Antúnez guardaba tan celosamente los sueños de los demás por caridad, pues lo que todos habían tenido no eran sueños sino pesadillas dada la situación de nuestro pobre país en víspera de elecciones. “Elemental, mi querido Watson”, dijo Sherlock con un silencio de corroboración de los demás.
Repentinamente, a la vuelta de una esquina, volvió a aparecer el enigmático pero ameno hombre de la semana anterior, siempre insistiendo en no identificarse, pues argumentaba que su nombre no era más importante que su presencia, la cual anunció sería la segunda y última, pues estaba a punto de partir en un largo viaje. “Lo que sí quiero decirles -inició su plática captando la atención de todos- es que a la hora de votar hay que tomar muy en serio que ustedes viven en un país como los aludidos en un reciente informe de “Intermón Oxfam”, en donde la mayor parte del dinero público se destina al manteni­miento del Gobierno y todo un sistema de corrupción. En ese informe se lee que el mundo es más rico ahora que hace 50 años, pero esa riqueza se ha repartido en forma desigual, y por lo tanto lo que se ha incrementado ha sido la pobreza. El mundo es más rico pero más injusto, es la conclusión, porque las normas de la Organización Mundial del Comercio, del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, le impiden a los países pobres un trato igualitario”.
Rosario Antúnez dijo estar totalmente de acuerdo con aquel bien informado extraño, y justamente exaltada argumentó de esta manera: “El culpable de tanta catástrofe económica y de tanto chantaje al mundo unipolar que ha fabricado, es ese sucesor de Roosevelt, Bush, a quien con el poema de Rubén Darío hay que decirle: ¡Es con voz de Biblia, o verso de Walt Whitman,/ que habría que llegar hasta ti, Cazador!/ Eres los Estados Unidos,/ eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/.../ Crees que la vida es incendio./ que el progreso es erupción;/ en donde pones la bala/ el porvenir pones./ No”.
El desconocido resultó ser un gran conocedor de Rubén Darío, pues dijo: “Esos versos del poema “A Roosevelt”, citados, no me cabe duda, en conveniente e intencional desorden, son en su conjunto un hecho premonitorio y a la vez actual. Son versos que no caben en la boca de un manipulador de la historia, que pretenda, al citarlos, fingir ser lo que no es. Porque esos versos, como dijo Rubén en su poema “Raza”, son Hisopos y espadas, y Eso es épico y es lírico”.
“Otras cosas que debo decirles antes de irme: Rechacen los pactos; abominen de los partidos que no hayan anunciado hacer desaparecer las posibilidades de reelección, megasalarios y el nepotismo; no crean en quien ofrece democracia sin haber podido democratizar su partido; no ali­menten el caudillismo; rechacen los partidos familiares, como el que crearon los Ceaucescu en Rumanía, cuyo triste final no parece aleccionar a los actuales Nicolau y Elena; no crean que son traidores quienes lucharon por reivindicar sus orígenes y causas, sino que descubran que lo son quienes sin ética alguna manipulan esos principios; y tengan fe que con moral y agallas, no hay círculos de hierro, cortes celestiales, legislaciones fraudulentas o clanes mafiosos que puedan impedir eternamente el ascenso del pueblo hacia la libertad”.
Dicho esto, aquel desconocido se despidió de todos cálidamente con un abrazo y a la vuelta de otra esquina, como por arte de magia, desapareció.
Sanjinés dijo que él no creía en brujerías y en su aserto lo respaldaron todos los demás. “Sin embargo -agregó- sí me sorprendieron las apariciones y desapariciones del hombre sin nombre. Me llamó la atención que su primera aparición haya coincidido con la de Rosario Antúnez y llegué a creer que era un enamorado de ella, pero me desconcierta el que, cuando le dio la vuelta a la esquina por última vez, me pareció que lloraba, que los brazos se le llenaban de plumas y que los comenzaba a levantar como si fueran alas.
Jueves, 26 de octubre de 2006