Opinión

El voto cívico


Al aproximarse el día de las elecciones nacionales, los ciudadanos y ciudadanas debemos reflexionar seriamente sobre la enorme responsabilidad que tenemos de contribuir con nuestro voto a definir el futuro del país.
La primera reflexión debe conducirnos a tomar la decisión inquebrantable de acudir el 5 de noviembre a la Junta Receptora de Votos que nos corresponda para ejercer nuestro derecho a votar y, de esta manera, participar en las elecciones de quienes tendrán en sus manos el destino del país. No olvidemos que quienes salgan electos serán nuestros representantes para el ejercicio del poder político, a nombre del pueblo. Si no votamos, nos automarginamos de una decisión tan importante y careceremos de autoridad moral para quejarnos de las futuras actuaciones de las autoridades, ya que no cumplimos con nuestro deber cívico de votar.
De ahí que la peor decisión que puede tomar un ciudadano es abstenerse. El voto es, a la vez, un derecho y un deber. Todos los ciudadanos hábiles para votar tenemos la obligación cívica de hacerlo. Pero, además, tenemos la responsabilidad cívica de votar consultando nuestra conciencia y considerando como prioritarios los mejores intereses de Nicaragua y de su pueblo. Esto impone lo que designamos como voto cívico, es decir, que se asuma plenamente la trascendencia del valioso instrumento que la democracia pone en nuestras manos: la oportunidad de influir en la elección de quienes mejor puedan garantizar un futuro distinto y promisorio para nuestra nación.
El 5 de noviembre los millones de nicaragüenses que estamos convocados a depositar nuestro voto tenemos el reto de dar un sentido realmente cívico y patriótico al mismo, ya que no se trata de una elección cualquiera: en ella Nicaragua se juega su futuro. De la manera como la ciudadanía asuma su compromiso cívico, dependerá que el país siga o no atado al pacto de los caudillos, que tanto daño ha causado a nuestra institucionalidad democrática, o que avance por el camino de la democracia y el incipiente desarrollo.
Varias alternativas se ofrecen esta vez a la ciudadanía. Algunas son claramente representativas del pacto y, por lo mismo, su triunfo significaría la continuidad de la partidarización de los poderes del Estado y el remache del control del país por dos dirigentes transformados en caudillos anacrónicos de sus respectivos partidos.
Afortunadamente, hay otras alternativas que ofrecen desmontar el pacto y crear las condiciones para consolidar la institucionalidad del país, prerrequisito para el éxito de cualquier programa serio que se proponga luchar contra la pobreza y el desempleo.
El voto cívico, bien informado, que no se deja engañar por las promesas populistas, es el único que puede salvar a Nicaragua del regreso a una época de confrontaciones internacionales y ruina de la economía.
El voto cívico es el que respaldaría las candidaturas cuyas posibilidades sean las mayores para evitar que los nicaragüenses cometamos el error de repetir una época que ya no tiene cabida en una sociedad del siglo XXI.
El voto cívico es el que se deposita libre de temor, pero también libre de intereses mezquinos, inspirado única y exclusivamente en el propósito de dar al pueblo nicaragüense un futuro mejor.
El voto cívico es el que, en última instancia, decidirá el 5 de noviembre la suerte de los más de cinco millones de nicaragüenses.
Managua, octubre de 2006.