Opinión

Hacia dónde va la nueva izquierda en América Latina


De acuerdo con la ortodoxia marxista, la finalidad era la dictadura del proletariado a través de un Estado en manos de los trabajadores con igualdad de oportunidades para todos y a cada quien lo que necesita, como culminación de la sociedad socialista. El Estado, el Estado proletario, debía ser el dueño de la propiedad, de los medios de producción y de los bienes producidos, por tanto la capacidad productiva era propiedad del Estado. Y la distribución, clave del capitalismo, debía ser manejada por el Estado para controlar los precios y la llegada segura al consumidor final. Esa capacidad de generación de riqueza daba las posibilidades de que desde los planos estatales se distribuyera esta riqueza equitativamente: salud, educación, entretenimiento debían ser gratis, incluidos la alimentación y el vestuario.
Después de la caída del muro de Berlín, el mundo bipolar se desmorona, es el fin de la Guerra Fría y se da un reordenamiento de la propiedad en casi todos los países socialistas, todas las empresas faraónicas en algunos casos sirven de modelo para los que ambicionan ser los nuevos propietarios como en el caso del petróleo en Rusia.
El de la Guerra Fría termina con el sueño socialista y el nuevo discurso de la izquierda gira hacia la generación de empleo, por supuesto que el paso no fue automático. De tal modo que el discurso de las megaempresas de la Guerra Fría, que era el ideal de los partidos comunistas, ahora se convierte en el discurso de la derecha: “Vamos a sembrar treinta mil manzanas de caña de azúcar para sembrar combustible y generar empleos”. Es decir, treinta mil macheteros o paileros, más o menos. Solución de empleo que en los ochenta planteó el FSLN con TIMAL, empresa que terminó despedazada, tanto en las tierras como en las instalaciones del ingenio. También se habló de la palma africana, el Frente hizo su parte también en los mismos lugares que Montealegre sueña ahora.
El discurso del FSLN de esta campaña gira alrededor de los créditos a los pequeños empresarios: la micro, pequeña y mediana empresa como puntal del desarrollo… y no creo que haya demagogia, es un pensamiento genuino de la nueva izquierda, es el ejemplo del crecimiento en la India, del crecimiento de Argentina, que creó más de cinco millones de empleos en tres años. Y un discurso parecido tenía en campaña Allan García, Tabaré y la Bachelet. Y no es sólo discurso, sino proyectos en proceso de activación. Por otro lado, las grandes empresas, las que son el icono de la globalización, que van más allá de los condenados de antes que se llamaban transnacionales, como ITT o MacDonald, miniaturas de capital frente a la Microsoft que se especializa en sistemas y más increíble todavía el Google que es buscador de información. Y ahora quien manda no son los reales, sino el que maneja los instrumentos de la información, la tecnología, la inteligencia.
Mientras la burbuja tecnológica deslumbra las bolsas de valores del mundo desarrollado, la población de América Latina recurre de nuevo a su tradicional conocimiento o los conocimientos tradicionales para convertirlos en instrumentos de elementos negociables, desde la pomadas de flores de la abuela, hasta jaleas y galletas caseras; resulta que en la medida que reconocemos lo auténtico, hasta el trago nacional, nos convertimos en potables vendedores y por tanto capaces de generar empleo, asegurar el nuestro y mejorar nuestras condiciones de vida.
Es inevitable que la izquierda ahora apoye los bancos de desarrollo, la creación de las micros, pequeñas y medianas empresas. Y para el mundo moderno la tendencia es que los jóvenes informatizados formen su pequeña empresa, donde son dueños y socios únicos, venden servicios, de todos modos para elaborar y manejar una hoja informática (o web) basta una persona. La izquierda cambia de discurso, la Guerra Fría terminó y la unipolaridad que se veía venir con una fuerza avasalladora de pronto la vemos que patina en Irak, que se resbala frente a los Hezbolla en el Líbano. Son nuevos tiempos y nuevas fuerzas las que en este momento recomponen el mundo. Una nueva izquierda se asoma, apenas se estructura.
El microcrédito, creador de la micro o pequeña empresa, sin bien es cierto permite ampliar el abanico de posibilidades, de por sí, no será la fórmula que solucione la pobreza. La fórmula tiene sus riesgos, entre otros podría paralizar la formación del capital humano que se entretenga en esta aparente solución de la pobreza.