Opinión

Cuando el fundamentalismo legisla


Las “casualidades” de la vida. El mismo día que Benedicto XVI insistía en Verona que la iglesia no es ni pretende ser un agente político, no es ni hace política, y denunciaba el iluminismo-laicismo que invade Occidente, en Nicaragua el parlamento dictaminaba de forma apresurada la derogación del aborto terapéutico, aunque resistiéndose al deseo de los obispos y del presidente, para quienes lo suyo era imponer penas de hasta 30 años de prisión por la interrupción de un embarazo, aunque sea haga para salvar una de las dos vidas.
Ese mismo día el Parlamento portugués aprobaba por amplia mayoría la convocatoria de un referéndum para despenalizar el aborto. La legislación de Portugal ya admite el aborto en las primeras 12 semanas en casos de malformación, violación y riesgo para la salud de la mujer, pero fuera de estos supuestos legales es perseguido judicialmente. A pesar de ser una de las legislaciones más severas de Europa, las penas en Portugal no superan los tres años para la mujer que aborta ilegalmente y hasta ocho para el médico que se lo practica.
Se estima que en ese país se practican de 20 a 40 mil abortos clandestinos por año, con graves consecuencias para la salud de las mujeres, de manera que buscando detener la persecución de las mujeres y personal médico, y de reconocer su derecho a decidir, los parlamentarios portugueses han decidido consultar a sus ciudadanos preguntándoles en referéndum: “¿Está usted de acuerdo con la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo, si se realiza a petición de la mujer, en las diez primeras semanas en un centro de salud legalmente autorizado?”
Todo hace indicar que el referéndum se hará en enero y no se sabe lo que pasará. El resultado de la última consulta (1998) no fue vinculante porque sólo participó el 31 % del censo electoral, pero lo cierto es que el “no” obtuvo 50.5 % de votos. Si la mayoría responde positivamente, la actual ley de 1984 será reformada por una nueva ley que despenalizará la interrupción del embarazo practicado a petición de la mujer, dentro de las diez primeras semanas de gestación y en un establecimiento de salud legalmente autorizado. En todo caso, hay algo que difícilmente cambiará en la política portuguesa: la mujer es mucho más que un vientre, un ser humano cuya voluntad cuenta.
El presidente portugués, Aníbal Cavaco, no se opondrá a la convocatoria del referéndum y el primer ministro José Sócrates (socialista) defenderá el “sí”, porque quiere acabar con los juicios en contra de las mujeres y evitar que la interrupción de un embarazo sea una práctica clandestina. Los obispos no se han pronunciado, pero el cardenal patriarca de Lisboa, José Policarpo, declaró que no aconsejarán la abstención.
Hacen bien los legisladores portugueses consultando a sus conciudadanos sobre un tema tan complejo como la despenalización del aborto voluntario. La consulta no es sobre el aborto terapéutico, porque eso es un problema básico de salud pública que Portugal ya tiene resuelto. Se trata de conocer si la sociedad comprende suficientemente los graves problemas que se derivan de no reconocer a la mujer su derecho a decidir sobre su vida y su propio cuerpo, tal como lo entienden justo algunas religiones, pues en definitiva su Estado no tiene una religión. Así que han decidido consultar y escuchar.
Pero cuando el fundamentalismo legisla, no hay nada que escuchar. El fundamentalista entiende que lucha contra el mal, y que su misión en la vida es imponer sus ideas al resto de mortales para “salvarnos del maligno”, incluso en contra de nuestra voluntad si hace falta. O sea, si su voluntad fuese quemarse para el resto de su vida en la olla más grande del infierno, el fundamentalista no es capaz de respetar su voluntad. Por eso no es suficiente que el sistema político o las normas generales de la sociedad le permitan a él y a todos sus fieles vivir de acuerdo con sus creencias. Tiene que imponer las propias al resto del mundo.
Ya puede usted hacerle ver que tiene creencias distintas, que profesa el judaísmo o el islamismo (religiones que admiten el aborto bajo ciertas o determinadas circunstancias), que pertenece usted a la Iglesia de la Cienciología o vaya usted a saber. Pero no. No hay razones que valgan, porque la misión que entiende encomendada el fundamentalista es imponer su ley a los demás y asegurarse de que todos viven de acuerdo con ella. Por eso cuando el fundamentalismo legisla, no hace falta analizar ni escuchar nada.
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