Opinión

Perversidad y contaminación


Después de más de sesenta años entre unas y otras actividades políticas, siendo testigo de diversas elecciones --incluso las obscenas mascaradas del somocismo--, es fácil sentir que disminuye el entusiasmo, más por lo prolongado de la rutina que por desinterés en la política. Ésta es una confesión personal forzada por las inmoralidades de la presente campaña electoral y el derroche de dinero --nunca visto antes-- para “convencer” al pueblo votante de que lo hacen para acabar con sus carencias.
Danilo Aguirre y Enrique Alvarado Martínez --de una generación, “menor” que la mía, hastiada de la politiquería-- han opinado que las elecciones han sido “un ritual perverso” y la propaganda electoral de ahora es “contaminante”, además, de haber saturado a la ciudadanía con mensajes basura. Los partidos --unos más que otros-- creen que la intensidad y profusión de sus mensajes amañados son un panal de miel para el electorado, rebajado a la condición de moscas.
No reparan en gastar recursos económicos en cantidades deshonestas e injustificadas ante un pueblo sumido en la miseria, no como fruto de un “pasado” que lo limitan al tiempo “de los ochenta”, sino de un tiempo histórico que tiene fecha de inicio en el calendario de la república: 1821 (175 años, haciéndoles la concesión de tirar al cesto de la historia los 319 años del coloniaje español). Descubierta esta falacia, invita a pensar sobre cuántas generaciones de pobres y miserables los oligarcas subdesarrollados de nuestro país han levantado sus fortunas durante tantos años de explotación y de entrega al imperio gringo.
¿Cuántos salarios se obtendrían --para convertirlos en comida-- con lo que cuesta uno solo de los rótulos gigantes, desde donde el candidato derrochador exhibe su risa de oreja a oreja, enviando el mensaje de que “en barriga llena corazón contento”? De la propaganda electoral por televisión, sólo quisiera tener la creencia de que desaparecerían con sólo exclamar… ¡de estos “spot”, líbranos Señor! Y ni idea de cuánto es el costo total de esta propaganda, pero tampoco se sabe ya si los “spot” producen angustia por sólo tratar de imaginar lo que cuestan… o por su lujosa falta de inteligencia.
Del contenido de la propaganda electoral, resulta más apropiado decirlo de forma relativa, no sólo por no hallar otra palabra adecuada, sino porque tampoco tiene contenido. De lo que esta propaganda se hace merecedora por su único e indiscutible mérito es del término manipulación, que excede todas las formas y la intención de abusar de la conciencia, la confianza y la paciencia de los ciudadanos que serán sus electores por engaño o por costumbre, a falta de la pasión partidaria, algo cada vez más deficitaria, gracias a sus aberraciones.
La excepción de la regla se llama Alianza MRS, y no nos excusamos por parecer parcializados, porque desde mucho antes así lo han reconocido otras personas y, además, es comprobable, aunque tampoco pensamos que toda sea perfecta. Quien no esté de acuerdo con esta afirmación estará en su derecho, pero la razón se le escapará entre la objetividad de lo que estamos viendo en esta campaña electoral. En lo que es fácil ponerse de acuerdo es en que esta campaña no rompe la tradición de repetir cada cinco años las mismas promesas, porque los años pasan y estas promesas siguen siendo actuales, con ganas de saltar al futuro.
No es necesario perderse entre el laberinto de las promesas, sino observar las hojas en que envuelven su nacatamal. Dicen que la Alianza Liberal Nicaragüense es la que mayor cantidad de dinero está derrochando en publicidad, lo cual es lógico si vemos en qué sector social se origina esta alianza y en qué poderes internos y externos se apoya. No obstante, no es sólo esto lo negativo de su propaganda, sino también su manipulación y carencia de originalidad, pues su propaganda está en su tercera edición después de las tres campañas electorales anteriores. Montealegre ha metido el acelerador a su manipulación, quizá acosado por un complejo de culpa a priori: si la derecha pierde, se lo achacarán a él por “haber dividido el voto democrático”.
Puede ser cierta o no la facultad que le atribuyen a la “campaña del miedo” de haber contribuido a las victorias electorales del 90, 96 y 2001, pero, por lo visto, Montealegre no lo cree al ciento por ciento, dado que ha echado mano de ella con mucha más intensidad, estimulado por el hecho de que no ha habido encuesta en donde no haya aparecido en segundo o tercer lugar. Y aunque las encuestas no sean una verdad consagrada, la ALN en algún momento podría sentir que estarle diciendo a la gente de forma machacona que no vote por fulano, está resultando un bumerang contra el zutano que lo dice.
Entre los más gastadores en propaganda sigue la alianza formada en torno a Daniel Ortega y su familia. Su estilo consiste en vender promesas envueltas en colores y en palabras esotéricas-religiosas que hacen del mensaje algo increíble más allá de su militancia apasionada y sectaria. Creen que con las formas pueden sustituir el contenido, siendo que éste, lo han diluido entre sus renuncias a principios y valores del sandinismo. La aureola de conversos y la práctica de su seudo religiosidad hacen del orteguismo un patético movimiento político esforzado en seguir aparentando lo que fue.
Convencer es la tarea principal del orteguismo en esta campaña, y cree estarlo logrando, a juzgar por el optimismo de sus líderes; pero la objetividad de las cosas pone sus dudas, pese a la constante aparición de su alianza en el primer lugar de todas las encuestas. No es sensato discutir la efectividad o no de las encuestas, y hasta se puede aceptar que reflejan la tendencia del voto, pero hay un hecho casi oculto: el militante del Frente tiene tal disciplina, que lo convierte en el único ciudadano capaz declarar sin tapujos y en cualquier momento su intención de voto. De esta característica carecen los ciudadanos de otras corrientes políticas, quienes aunque ya hayan tomado su decisión no la manifiestan con franqueza.
¿Qué decir de la campaña de Rizo, que no lo sepa o lo deduzca la ciudadanía? Su mensaje está orientado a querer destruir la imagen que se tiene de su condición de candidato promovido, orientado y apoyado por el mandamás del PLC, Arnoldo Alemán. Este afán lo ha conducido al ridículo de pronunciarse a última hora “contra” el pacto y la corrupción. Provoca más pesar que ganas de reírse, máxime cuando se apura en mostrar sus “manos limpias”, insinuando que sólo su jefe tiene las manos sucias. Rizo no ha convencido ni a los militantes de su propio partido; si esto no fuera cierto, ALN no existiría ni Rizo tuviera como leit motiv de su discurso la “unidad liberal” en torno suyo.
La propaganda de Edén Pastora es de una pobreza franciscana como la del partido que lo promueve. Esto se ve lógico; también se ve como un desperdicio de su imagen, porque, al parecer, su promoción responde más al interés de Orlando Tardencilla de garantizarse su reelección como diputado.
Ésta es una campaña electoral distinguida por la parafernalia propagandista diseñada para impresionar, no para hacer pensar; es decir, no para hacer pensar honestamente. El escamoteado contenido de las propuestas quizá pueda exigírseles en las funciones presidenciales. Después de todo, el azar ha sido propio del “ritual perverso”.