Opinión

La diplomacia del descaro


Siempre he dicho que la diplomacia es el arte de manejar con sabiduría, gracia y elegancia el difícil ejercicio de la hipocresía. Con las últimas declaraciones del embajador de los Estados Unidos, Paul Trivelli, tendré que redefinir el término.
Nunca he compartido la definición de la diplomacia en su versión convencional. El diccionario de la Real Academia Española la define como la “ciencia que estudia los intereses y relaciones oficiales entre las naciones”.
Supongo que el señor Trivelli habrá faltado a clases ese día en la universidad y, por tanto, se perdió esa parte. Y como seguramente era un mal estudiante, ni siquiera prestó los apuntes a sus compañeros para saber de qué trató la clase de ese día.
Lo único que se me ocurre pensar es que el señor embajador norteamericano --o más bien su gobierno-- decidió sustituir en Nicaragua la aplicación de esa ciencia, y ante los últimos acontecimientos electorales dejar la diplomacia a un lado y hablar con descaro de las cosas que realmente le interesan en nuestro país.
Creo que ya lo dije en una ocasión. Una de dos, o el señor Trivelli asume la ciudadanía nicaragüense y solicita su cédula de identidad ante el Consejo Supremo Electoral; o definitivamente el canciller Norman Caldera asume su rol, se amarra los pantalones y le llama la atención a este señor para que de una vez por todas deje de entrometerse descaradamente --y sin nada de diplomacia-- en los asuntos internos de Nicaragua.
Que el gobierno de Estados Unidos respalde la candidatura de Eduardo Montealegre es una cosa, pero que el embajador Trivelli hable tan vulgar y abiertamente en contra de dos de los partidos políticos participantes en la contienda es una falta de respeto no a los dirigentes de esos dos partidos, sino al pueblo nicaragüense que tiene en sus manos la soberanía y el derecho inalienable de elegir a quien se le antoje.
Le guste o no a los funcionarios del Departamento de Estado, ellos no votan en Nicaragua. Los nicaragüenses son quienes decidirán su futuro y a los dirigentes que crean, son los más indicados para llevarlos a ese futuro. Para bien o para mal, son los nicaragüenses quienes decidirán el destino de esta nación; los “diplomáticos” sólo asisten a esta fiesta cívica en calidad de “invitados” y nada más.
Por otra parte, respecto a la carta del señor Oliver North, en la cual se pregunta “por qué se perdió Nicaragua”, quiero recordarle que nuestro país no pertenece a los Estados Unidos, ni siquiera en calidad de “Estado Libre y Asociado”, como el caso de Puerto Rico.
Señor North, Nicaragua es de los nicaragüenses y si en las elecciones del cinco de noviembre no resulta ganador el candidato que apoya el gobierno norteamericano, no significa que estén “perdiendo” a Nicaragua. Se pierde lo que se tiene, pero Nicaragua no le pertenece a Estados Unidos.
En todo caso, cualquier declaración en ese sentido por parte de cualquier funcionario del gobierno de Estados Unidos es “pura paja”.