Opinión

Hacia una nueva cultura en la utilización del agua


Ph. D. /IDEUCA

Está bastante extendida la creencia en la ciudadanía, la academia, el gobierno y la clase política de que el agua es un recurso ilimitado del que no tenemos por qué preocuparnos, más aún cuando la geografía de nuestro país compite con enormes masas de agua. Sin embargo, la realidad que nos circunda cada día, en la capital y en los departamentos, nos indica que, cada vez más, el agua potable se encarece, escasea e incluso no está disponible para grandes sectores poblacionales del país. La realidad del país, al respecto, no se aleja de la grave problemática que se les presenta a otros muchos países. Tres factores fundamentales a tomar en cuenta están incidiendo en esta problemática en nuestro país: el cambio climático natural, las variaciones de temperatura y el calentamiento global, y el impacto directo de la actividad humana.
Si examinamos los cambios climáticos naturales a los que están sometidos nuestros países, son muy variados y han durado milenios, experimentando, en las últimas décadas, las condiciones naturales y los recursos hídricos relativa estabilidad. Algunos especialistas e investigaciones recientes realizadas esperan que estas condiciones persistan hasta 2025. Por su parte, las variaciones de temperatura y el calentamiento global son ocasionados por la abundancia creciente de gases que se concentran en la atmósfera, lo que refuerza el efecto invernadero, a la vez que se produce un incremento constante de la temperatura del planeta. Los especialistas predicen que tal efecto se incrementará en los próximos años. En otro sentido, el impacto directo de las actividades humanas hace que el uso del agua para satisfacer necesidades de la población, la agricultura y la generación de energía eléctrica provoque gran demanda del recurso, y la construcción de grandes embalses acelera esta evolución.
Los modelos de análisis predicen situaciones catastróficas: los últimos modelos predictivos del Informe Water Resources and the Beginning of the 21 Century, basados en la extrapolación de la situación actual, indican que se han integrado nuevos factores a esta problemática, como el uso de tecnologías modernas y sistemas de irrigación avanzados, a pesar de los cuales los resultados, al parecer, no han mejorado. Un análisis más moderno realizado por el Instituto de Hidrología de San Petersburgo asume una metodología diferente basada no sólo en los datos, sino en el análisis de los factores; así, respecto al porcentaje de agua disponible usada, hacia 2025, se prevé que los vectores climáticos y las condiciones socioeconómicas influyan por igual en la explotación de los recursos hídricos. Con respecto al consumo de agua, estos estudios predicen que hacia 2025 el 80% de la población mundial vivirá en áreas sujetas a fuertes presiones de los recursos hídricos. En cuanto al factor disponibilidad de agua, adquirirá dimensiones catastróficas en muchas regiones del globo, lo que ha de impulsar a nuestro país a tomar medidas responsables, tomando en cuenta que la disponibilidad de agua es un recurso vital que implica una restricción al desarrollo cuando es insuficiente.
La cultura y educación prevalecientes en el país: desde la educación actual se ponen de relieve tres ideas profundamente arraigadas: el agua es un recursos ilimitado e inagotable, tiene un ciclo de perpetuo retorno y es un regalo del cielo, por lo que es un bien libre.
La demanda humana está sobrepasando el nivel de flujo natural del agua: en las últimas generaciones, en nuestro país se han producido cambios profundos en el volumen de necesidades de agua, en sus niveles de calidad y en la presión que se ejerce sobre los recursos naturales. Esta realidad hace necesario establecer una “nueva cultura del agua”. Ante tales creencias, en primer lugar, es importante aceptar que este recurso no es ni ilimitado ni invulnerable, y que el agua se constituye, cada día más, en un bien que va más allá de su dimensión económica. Algunas de las razones para esta nueva conciencia de los límites de la naturaleza son, entre otras, las siguientes: en primer lugar, en muchos países la demanda humana se está equiparando al nivel de flujo natural del agua, por lo que las demandas llegan a exceder la capacidad de respuesta de la naturaleza. Un total de 21 países están explotando en la actualidad la mitad de sus recursos hídricos naturales. Algunas estimaciones hacen pensar que para el año 2025 un total estimado de 33 países más podrían ya encontrarse en esta misma situación. Se constata, así mismo, que los costes del suministro del agua aumentan más rápidamente que la cantidad de agua empleada, a la vez que se prevé que una parte de las reservas de agua dulce conocidas no estarán a la exclusiva disposición de los seres humanos, pese a las concepciones erradas que existen al respecto.
Hacia un equilibrio entre el desarrollo y el consumo: por otra parte, es preciso que se dé una labor educativa en orden a lograr mayor conciencia con respecto a las interrelaciones existentes entre las funciones del agua, de manera que logremos comprender mejor la actividad humana en su interacción con ella antes y después de utilizarla. Está demostrado que el impacto acumulativo de la actuación de la ciudadanía sobre el agua no se puede ignorar, ya que tiene un efecto nocivo en la cantidad y calidad del agua. Es preciso que la educación actúe desarrollando una nueva cultura de manera que logremos un equilibrio entre el desarrollo y el manejo prudente de los recursos hídricos. El agua no puede ser considerada únicamente en términos económicos, ya que se trata de una herencia natural compartida; por ello, el valor del agua no puede reducirse, tal como se está acostumbrando en el país, a su coste de producción. Ello implica que las pérdidas se deban reducir drásticamente. La aceptación del agua en el plano económico debería implicar que su coste cubra no sólo la producción, sino también el reprocesamiento de la misma, una vez usada, para asegurar su conservación y reproducción.
Una educación en contexto para preservar el futuro: en conclusión, es necesario incorporar en la educación formal, no formal e informal el estudio de este bien colectivo fundamental, sobre la base de los principios señalados. Esta nueva cultura del agua debe servir, sobre todo, para promover una visión que integre el agua en el contexto natural del país, para garantizar una relación equilibrada entre nuestros requerimientos hídricos y el impacto de nuestra actividad sobre ella. Los costes debidos al uso deberían ajustarse a las posibilidades naturales, en tanto las generaciones futuras serán quienes heredarán las consecuencias de nuestra irresponsabilidad. Este desarrollo de una nueva conciencia de la ciudadanía respecto al agua será uno de los indicadores de nuestro compromiso con el desarrollo humano y el desarrollo sostenible. Urge, pues, que los currículos educativos de ciencias, en todo el sistema educativo, incorporen el tema con un tratamiento actualizado y con sentido de país, más allá de los tópicos tradicionales que se vienen enseñando, de manera que los conocimientos se orienten, de forma práctica, a la adopción de esa nueva cultura sobre el agua, que no es otra cosa que una nueva lógica de comportamiento integral en el cuidado, protección y previsión del medio ambiente, con todos los recursos naturales que él encierra.