Opinión

Lo que se nos viene encima


La humanidad está a las puertas de vivir en carne propia un cataclismo nunca antes visto.
Desde hace tres décadas la comunidad científica, grupos ambientalistas y políticos comprometidos (muchas veces callados por intereses creados) han venido alertando de los severos cambios que ha venido sufriendo nuestro planeta producto del uso insostenible de los recursos naturales, su sobreexplotación y las alteraciones que han sufrido los ecosistemas en todo el globo. A este daño se le suma el incremento exponencial de la población humana mundial, empeorado por las desigualdades sociales cada vez mayores (derivado de la concentración de la riqueza en pocas manos), ya no sólo en los países subdesarrollados, sino también en los altamente industrializados.
Los antiguos conceptos teóricos consideraban a los recursos naturales como inagotables, con rápida capacidad de recuperación y eternamente renovables. Sin embargo, aquellos recursos que se consideraban seguros como el agua, el petróleo, el gas natural y los bosques han demostrado que tienen un límite y, lo que es peor, ya lo estamos alcanzando. A pesar de esto, los humanos continuamos utilizando paradigmas antiguos y egoístas, nos consideramos por encima de la naturaleza, “domándola” en lugar de tener la humildad para reconocer que somos parte de ella y no sus dueños.
Aun cuando la tecnología nos está ayudando a paliar, en alguna medida, las externalidades negativas de las actividades humanas sobre el ambiente, la realidad es que cada vez son mayores y más impactantes los desproporcionados efectos negativos. Estamos presenciando la destrucción masiva del planeta, sin percibir o sin querer darnos cuenta del cataclismo global que ha iniciado. Por el contrario, queremos adaptarnos y tratamos de apoyarnos en nuestro ingenio para resolver los problemas que nosotros hemos creado y acumulado durante siglos.
La historia nos ha venido demostrando que de mucho confiar en su ingenio, su grandeza y su capacidad de innovación grandes civilizaciones sucumbieron ante las brutales afectaciones de su entorno producto del uso insostenible de los recursos. El problema es mucho más grave en la actualidad, puesto que por primera vez en la historia de la humanidad sus acciones están teniendo alcance global. Tomemos por ejemplo el efecto invernadero que conlleva al derretimiento de los casquetes polares y que efectivamente está demostrado que el nivel de los mares se ha incrementado (y lo que es peor aún, su aumento de nivel será exponencial en los próximos 50 años) o el principio del fin del petróleo calculado en 30 años, ni qué decir de la frecuencia y magnitud de los huracanes y las fuertes alteraciones climáticas. Todo esto puede conllevar inevitablemente a la destrucción entera de la humanidad.
Nicaragua no está ajena a ello, por el contrario, todos estamos siendo afectados, y sin ninguna capacidad de reacción ante el desastre provocado por nuestras acciones, preferimos no hacer caso y continuar destruyendo el entorno local y nacional. Podemos ver claramente que se han hecho realidad las predicciones acerca de la expansión de la frontera agrícola desde hace dos décadas, a pesar de que se nos advirtieron las consecuencias nefastas que conllevaba este avance, con la consecuente destrucción del bosque. Otro ejemplo son los incrementos en la temperatura de zonas habitualmente consideradas frescas o frías, siendo el caso de la ciudad de Matagalpa, que en menos de dos décadas tuvo una transformación radical en paralelo a la destrucción del bosque que envolvía a la ciudad, o el caso más sensible: como es la severa escasez de agua que muchas zonas del país, incluyendo la capital, están teniendo.
Lo más preocupante de todo esto es que en lugar de realizar un drástico giro en nuestra forma de pensar y de ver al ambiente, por el contrario continuamos profundizando la crisis, el ajuste que venimos haciendo es en función de vivir en un nuevo entorno destruido en vez de proponer y promover un modelo que nos ayude a restaurar y preservar la naturaleza, y que de una vez entendamos que somos parte de ella y no sus dueños.

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