Opinión

El dinero de las fotos de campaña


Viniendo desde allá, del aeropuerto, por toda la Carretera Norte, se me subió a la cara el color de los rótulos electorales que veía. Una Managua inundada de rótulos y fotos a todo color.
Debajo de los carteles que lucen las fotos, estamos nosotros esperando a que se ponga el semáforo en verde, y están también los niños y las mujeres que venden periódicos, o las que limpian los vidrios de los carros que pasan, o los hombres que ofrecen las rodajas de mango con sal. Todos bajo el sol, cubriéndose el cuello y los hombros con las toallas bajo la gorra. A ellos parece que van dirigidas las sonrisas y los ojos que les miran desde todas partes de una foto, pero que no les ven, y las palabras de un eslogan que les auguran un futuro mejor. Parece que la promesa se les hace a ellos, que algún día les va a tocar el milagro que anuncian, y ese día no tendrán que estar aquí en busca de saldar las deudas de la supervivencia.
Cuando leí en el informe de Ética y Transparencia lo que se estaban gastando, lo que se han gastado todos estos meses los partidos políticos que prometen salvar al país de la pobreza, me parece que nadie lo pueda justificar humanamente. Porque da vergüenza pasar ante ese derroche flagrante delante de todo un pueblo al que no le llega el pan a fin de mes. No se puede justificar con dignidad que este gasto enorme y brutal tendrá una compensación para los más vulnerables, para los que tienen menos recursos.
Y parece que esto del llamado “juego democrático” es realmente eso, que consiste en ir aceptando y tragándose lo que a uno le dicen que tiene que ser así. Y estas cosas pasan, y siguen pasando, absurdas, ilógicas, criminales, siguen sucediendo con el consentimiento que da la impotencia. Más de 52 millones de córdobas se han gastado ya en la campaña electoral, un dinero que nunca será retribuido, que está perdido y del que sólo los que gobiernan se encargarán de traducir en algo. Pocos derroches tan inútiles desde la compra de joyas de Alemán. Y todo para qué. Como si la democracia o la participación popular no fuera posible sin semejante y obsceno derroche.
Es difícil no imaginarse, viéndolos al pasar, en la tramoya de las fotos de campaña. En cómo les aconsejan a los candidatos que hagan tal o cual gesto, que pongan tal o cual mirada. Ésa es la buena, la que demuestra seguridad y confianza, esa sonrisa es la que pega. Al menos el PLC y el FSLN podrían haber ahorrado algo de dinero al país haciendo campaña juntos con la foto del pacto. Dos por uno. ¿Al fin y al cabo no se trataba de eso? Ahora tú y después yo. Sin escrúpulos, sin dolor, se da una cifra como ésta: 52.2 millones de córdobas (casi tres millones de dólares). En la democracia de Nicaragua, hoy día los partidos por los cuales votan los más de tres millones de nicaragüenses llamados a urnas pueden derrochar más de tres millones de dólares sin nadie que les detenga, que diga basta. Duele aún más que el robo sea democrático y bendecido. Nicaragua no puede permitirse perder tanto dinero sin que revierta en nada. Según Ética y Transparencia los primeros de la lista de derrochadores coinciden, salvo alguna pequeña excepción, con los preferidos en los resultados de las encuestas de intención de voto.
Recorriendo las Carretera Norte a mediodía a uno se le puede salir el alma viendo a la gente abocando su futuro al asfalto donde hierve el sol, en esa llamada economía informal que se desarrolla bajo los que miran desde sus fotos con ojos sonrientes, ojos que no ven, seguros de cumplir algún día.
He recordado que en marzo de este mismo año el candidato perdedor de las elecciones de Costa Rica le pidió al ganador, Oscar Arias, que renunciara a casi 6 millones de dólares de deuda pública que según la ley el Estado costarricense desembolsa al partido por los gastos de campaña. Si la democracia hecha así sale tan cara no es nada rentable. Toda la superestructura del Consejo Supremo Electoral y los sueldos millonarios de los magistrados marionetas de los partidos políticos tratando de generar actividades que justifiquen su presupuesto; una ley que no nos quiere decir de dónde viene el dinero, ni de cuánto es, ni en qué se gasta exactamente. 52 millones de córdobas hasta ahora es el dinero del que sabemos. Qué ocurre con el que no sabemos de dónde viene ni adónde va. Al final, ningún candidato está obligado a presentar sus cuentas.
El problema de carecer de control sobre la vía privada por la que entra el dinero en los partidos es que cualquier financiación busca un interés. Me cuesta pensar en un empresario o un millonario que done una buena cantidad a la campaña de un partido con fines filantrópicos, con absoluto desprendimiento, sin esperar que ese desembolso le sea retribuido más tarde en materia de leyes que favorezcan su negocio o le saquen de algún apuro. Siempre tenemos deudas de favores. El problema nos viene cuando un presidente y su gobierno se enredan en tantas “deudas” que al final tengan que gobernar para satisfacerlas. A como es el gasto será la deuda. Si no se quiere que el dinero de manos desconocidas llegue a parar a las arcas de los partidos de manera que no genere compromisos posteriores, se puede promover, como en México, que sea el Estado quien cargue con la mayor parte del subsidio. En Nicaragua, en México y en cualquier otro de nuestros países esto es injusto. No puede haber democracia si salen las cuentas tan caras. Uno cree que es tiempo al menos de admitir que estas cosas, unas detrás de otras, son las que generan pobreza, las que escatiman las posibilidades de desarrollo económico y laboral de la sociedad, una detrás de otra, las que nos quitan la libertad y la misma democracia. Mientras, la democracia se mata a sí misma a base de talonario y se convierte en una pantalla para tranquilizar alguna conciencia. No es fácil financiar campañas. Pero por qué tienen que ser tan caras para decir tan poco, o peor aún, para repetir y repetir frases vacías y no decir nada. Tiene que haber otra manera.
Algunos pensarán que no es el momento de decir esto. Pero contra toda esa lógica, les confieso que éstas son las cosas que me hacen alejarme de la política, de no querer participar partidariamente, de seguir pensando que puede haber otra manera de hacer una tierra común sin tener que pasar necesariamente por este juego basado en el dinero y en las palabras vacías. Y si hay que tragarse ese pellizco, yo no lo quiero tragar.
A partir del día siguiente al de las elecciones, justo desde que amanece, empiezan a desteñirse los colores de todas las fotos de campaña y adquieren un matiz envejecido y triste. Los niños siguen ofreciendo su mercadería, sus sonrisas y su ir y venir de improviso jugándose algunas veces la vida. Por la pereza de las alcaldías en limpiar las ciudades, las fotos acaban siendo rasgadas en mitad de las sonrisas y a algunas se les queda una imagen tétrica, como si empezaran a contarnos lo que había detrás de ellas. Y era nada, sólo cartón y plástico. Nada. Y duele tanto pensar en todo lo que se pagó por esta nada.
franciscosancho@hotmail.com