Opinión

Cuentos de la Managua antigua


Como todas las poblaciones nicaragüenses, la Managua del siglo XIX estaba llena de leyendas fabulosas sobre chanchas brujas, cadejos, ceguas, sipes, micas, mocuanas y carretas nahuas, que persistieron hasta bien entrado el siglo XX. De niño en mi natal Masaya escuchaba con solemnidad esas historias que venían de personas ancianas, narradoras de la tradición justo a la hora de buscar la cama aunada a mi dosis de espanto.
Esos recuerdos perduraron por años, pero el tiempo y otras influencias culturales opacaron mi imaginación infantil, despertando a la vez añoranzas. Mas resulta que buscando cierta información, encontré un viejo cuento adulto del diablo en La Noticia del 27 de agosto de 1946, escrito por Humberto Osorno Fonseca. A continuación remozo el diabólico y pícaro percance:
A don Sinforoso Nata (Sevilla) le salió el diablo en una ocasión de la manera siguiente: una hermosa noche de verano en que había una espléndida luna, don Sinforoso había salido junto a sus amigos con guitarras, mandolina y violín para poner serenatas a las muchachas bonitas, cosa que hacían todas las noches porque eran aficionados a la música y unos terribles enamorados.
Una noche como a las dos o tres de la madrugada los parranderos se separaron por el barrio de El Rastro y tomaron el camino a sus casas, pero don Sinforoso, que vivía al otro extremo de la ciudad, tenía una larga travesía y al pasar por donde estaba la Casa del Águila, en la esquina opuesta reconoció una enorme piedra que arrastró hasta allí la corriente cenagosa del aluvión.
Vecina a esa piedra estaba una casa mediagua en cuya puerta reposaba sentada una hermosa mujer peinando sus largos cabellos negros. Al verla don Sinforoso, que era un empedernido tunante, se dirigió a ella y después de saludarla de manera romántica, comenzó a requerirla bajo la espléndida luz de la luna sin que le rechazara una sola palabra, ni los manoseos aplicados a la bella desconocida. Entonces don Sinforoso la invitó a dormir porque era muy noche. Ella pronto obedeció y se levantó del asiento, que metió dentro de la casa, diciéndole al Romeo que pasara adelante.
No terminaba aún de hablar cuando don Sinforoso había entrado y al abrir los brazos para abrazarla, la hermosa mujer se transformó en una enorme llamarada de fuego y de pronto desapareció. El tunante quedó impávido sin poder hablar. Haciendo las cruces salió corriendo y rezando las oraciones que se sabía. Al alcanzar las trescientas varas, desde la mediagua se oían grandes jajayos de mujer y resonaron en el silencio fuertes voces que decían: “Adiós Sinforoso Nata, que ni el diablo se te escapa”.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.