Opinión

Interpretaciones, sueños y abortos


Para este jueves por la mañana todos habían acordado que era ineludible interpretar el sueño de José Antonio Sanjinés de la semana pasada, en el que se creyó Rodrigo de Triana divisando desde el palo mayor de su carabela a dos aborígenes igualitos a Mundo y Toño Jarquín. Para ello decidieron invitar a esta caminata a una famosa interpretadora de sueños de Ocotal, de donde también son oriundos Mundo y Toño, llamada Rosario Antúnez, especialista también en curas por medio de la medicina natural, pero muy alejada de cualquier tipo de brujería a pesar de llamarse como se llama.
Esta Rosario buena como un pan moreno, comenzó por decir que era sintomático el que fuera un alma de Dios de origen vasco como Sanjinés, quien hubiera sorprendido a Mundo y Toño Jarquín en sus estados primigenios, poco antes de que ambos cubrieran con taparrabos anaranjados sus atributos naturales. De manera, dijo, que lo del taparrabos, quedaba así explicado, y lo del color anaranjado era tan solo premonición política. Sanjinés, por sobradas razones, simbolizaba el viejo mundo y Mundo y Toño, el nuevo. La desnudez era la pureza, aunque no necesariamente la inocencia y mucho menos la ingenuidad. Ambos representaban la nueva y linda hermandad de la vieja raza, tal y como en “Caupolicán” lo había dicho Rubén Darío: Es algo formidable que vio la vieja raza: / robusto tronco de árbol al hombro de un campeón/ salvaje y aguerrido, cuya fornida maza/ blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón./ Por cascos sus cabellos, su pecho por coraza,/ pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,/ lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,/ desjarretar un toro, o estrangular un león./ Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,/ le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,/ y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán./ “¡El Toqui, el Toqui” clama la conmovida casta./ Anduvo, anduvo, anduvo. La Aurora dijo: “Basta”, / e irguiose la alta frente del gran Caupolicán.
Como estaban pasando por la casa de Leticia Herrera, gran amiga de esta sabia y humilde Chayo, Leticia se sumó a los aplausos de la concurrencia, junto con la Ivania Guzmán, quien también se había asomado a ver el paso de esta caravana que de alguna manera también iba a Belén, pues como dijo Sherlock, “vamos hacia lo nuevo, hacia el porvenir”. Un anodino caminante les recordó que a propósito de nuevo mundo no olvidaran jamás el verso final del poema “A Colón” de Rubén Darío: “ruega a Dios por el mundo que descubriste!”. Lo cual, agregó, quiere decir que en esta tierra hay que ser como un Caupolicán y llevar a cuestas el tronco de árbol de la honestidad, hasta llegar al 5 de noviembre. Aquel hombre, empecinado en no darles su nombre, recordó el fariseísmo de los políticos en lo que respecta al aborto terapéutico como arma electoral. Lo que ha dicho “Human Righ Watch” al respecto, dijo, es determinante, apabullante y una lección para nuestros oportunistas: “Es triste que los congresistas nicaragüenses no encuentren en sus conciencias compasión por la niñas y mujeres violadas y forzosamente embarazadas, o por las mujeres que arriesgan su vida con un embarazo. Y es más triste aún que esta reforma penal violatoria de los derechos humanos parece ser motivada por consideraciones electorales”.
“Ya la Asamblea Nacional está igual de corrompida que la Corte Suprema de Justicia y el Consejo Supremo Electoral, e igual de pusilánime que el Ejecutivo –decía aquel hombre-, y si siempre hemos visto un incondicional servilismo de Bolaños para con los Estados Unidos, no menor es el incondicional servilismo de la Asamblea Nacional para con la Iglesia Católica y su pedofilia política, concluyó para, a la vuelta de una esquina, despedirse con una fraternal sonrisa que inspiraba confianza y seguridad. Entonces Danilo Torres, quien había llegado de Estelí, dijo que él pensaba que la interpretación del sueño de Sanjinés, hecho por la Rosario, era correcto. “Digo esto, porque estoy seguro que Rodrigo de Triana alias José Antonio Sanjinés o viceversa, no hubiera podido divisar a José Rizo y a Eduardo Montealegre como aborígenes en nuestras tierras vírgenes. Pero es conveniente imaginarnos a José Rizo encaramado en la nuca de José Antonio Alvarado para poderle dar la bienvenida a las carabelas, y a Eduardito Montealegre de daiper, meciéndose en un moisés, despreciativo pues aquellas carabelas no pertenecían a la marina de los Estados Unidos”.
Una vez que Watson había cesado de dar un sinnúmero de vueltas alrededor de sí mismo y encontrado la posición ideal para defecar, el de Managua terminó aquellas pláticas así: “Y lo que es Daniel Ortega, con su segundo apellido de Saavedra, es de suponer que viniera en una de las carabelas, y de seguro que no era “La Niña”. Quizás más bien era, por coherencia con su beatería actual, la “Santa María”, lo cual lo corrobora el hecho de que, aunque tarde, Tardencilla lo estuviera esperando, pues Nicho Marenco había anunciado que en “La Pinta” venía petróleo venezolano”.

Jueves, 19 de octubre del 2006