Opinión

Blanqueando la historia


Como misioneros de antaño, algunos historiadores actuales se ocupan de la embarazosa misión --gratuita o lucrada-- de expiar crímenes ajenos cometidos en lejanos y brumosos vericuetos del pasado. Para hacerlo se parapetan en ángulos inusuales. Desde allí ven, atisban, capturan, trastocan y adaptan los sucesos a fines predeterminados. Después, las publicaciones, la televisión, las agencias de noticias y demás elementos que integran la parafernalia de los satélites se encargarán de mostrarnos y acostumbrarnos a una nueva lectura de hechos acontecidos. A otras verdades. A otra historia. Y para tal fin también se utiliza la excelente plasticidad del idioma, en particular sus sinonimias y eufemismos.
El diccionario de la RAE define eufemismo como “el modo de expresar con suavidad o decoro ideas cuya franca expresión sería mal sonante”. Es decir, que para evitar que sea mal sonante hay que vestir a la mona de seda. Aplicando ese recurso idiomático puedes convertir a un filibustero en un luchador por la libertad; a una invasión llamarla encuentro; a quiebras inducidas de bancos decirles distracción de recursos financieros; al soborno recibido por un juez o jueza por liberar narcotraficantes calificarlo de anomalías jurídicas… y así sucesivamente.
En la conferencia “Reflexiones sobre el encuentro de los nicaragüenses con Walker” el expositor, un historiador europeo radicado en USA y conocedor de la historia nacional de Nicaragua --consciente o no--, blandió varios “eufemismos”. Según él, en 1855 los nicas tuvimos un encuentro con Walker; los campesinos y los pequeños comerciantes estaban contentos con su presencia; la cúpula social nicaragüense y la Iglesia estaban fascinados con la destreza empresarial característica de su “ángel tutelar”, como lo bautizó, sin rubor, la jerarquía eclesial de entonces, y para rematar Walker era un revolucionario. Respecto de los purpurados no hubo ninguna duda. Las otras aseveraciones le fueron rebatidas.
La conquista de América ha sido objeto de un tratamiento similar de parte de historiadores y autoridades culturales de los países conquistados. Cada octubre se diserta en colegios de primaria y secundaria y se destaca en los medios de comunicación social acerca del “encuentro de dos mundos, la fusión de culturas, la mixtura de razas, la bendición del mestizaje”. Se le llama encuentro como si aquello hubiese sido un party ofrecido, como se estila en la cultura light, para conocer a los nuevos vecinos. Es normal avergonzarse de las atrocidades, pero tergiversar los hechos sólo ensancha la dimensión de la mentira.
Durante la Conquista España embarcó su mala calaña a nuestras tierras. En su Historia General y Natural de las Indias, el Capitán Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés afirma que los Reyes Católicos ordenaron a sus jueces y cortes de justicia que a los delincuentes sentenciados a muerte debían cortarles la mano o el pie, “o a darles otra pena corporal é infame, los desterrassen para estas Indias perpétuamente, ó por tiempo limitado, segund la calidad del delicto”. La basura derivada de la higiene social ibérica, llegó a nuestras costas. Aquí no practicaron obras de caridad. Hicieron lo que sabían: asesinaron, robaron, violaron, amputaron. Cometieron lo que hoy se llama crímenes de lesa humanidad.
Cuenta el cronista que un español llamado Diego López Dávalos acuchilló a un indio suyo “porque le costó poco criarlo é le paresçió que importaba más su yra”. Más tarde, los españoles Diego Gómez y Johan de Ampudia, natural de Ajofrín, llegaron donde estaba el indio muerto y para calmar su hambre se lo comieron asado.
Al día siguiente esos hombres y otros, no menos flacos y hambrientos, llegaron a unos bohíos donde no había nada que comer. Entonces los que se cenaron al indio decidieron matar al “chripstiano” Hernand Dianes, natural de Sevilla, que iba doliente “é comieron dél estos dos malos hombres, é ayudáronles á ello un gentil hombre catalan, llamado Johan Maymon, é otro que se deçía Johan de Guzman, natural de Toledo, e Johan Becerra de Truxillo é Diego de Eçija é otros hasta en número de diez...”
Al día siguiente siguieron su marcha y anochecieron en bohíos ubicados a dos leguas del real pueblo de La Concepción, donde estaba el Gobernador. Esa noche, de nuevo Diego Gómez, Johan de Ampudia y otro caníbal español, mataron a Alonso González, natural de Ronda, quien iba enfermo. Junto a los otros siete lo devoraron, no sin antes pelear para decidir “quál dellos avia de comer los sesos, y vençió el Johan de Ampudia, que era el peor é mas crudo de todos, é aquel los comió, é aun el mismo debate tuvieron del hígado…”
Hay incontables ejemplos de la barbarie cometida por las huestes españolas. Como los hay también de la valentía de nuestras mujeres, narra el cronista: “É una india, de edad de diez y siete y diez y ocho años, salió del buhio de entre los indios, é metióse entre los chripstianos con un arco é sus flechas, con penssamiento que por su persona é contra la voluntad de los españoles le bastaba el ánimo de se salvar peleando. É antes que la pudiessen prender, hirió quatro chripstianos, imitando aquellas armígeras y feroçes amaçonas de cuyo esfuerzo y valor Justino é otros muchos auctores haçen mención. Assi que, entre aquestos indios muchas mugeres se han visto no menos bien ejerçitadas é animosas en la guerra que los hombres”.
Fue una guerra de exterminio, un genocidio contra la población de la América indígena. Entonces, ¿es acertado llamar encuentros a actos de barbarie española o norteamericana aduciendo que se usa ese término por razones sociológicas? Algunos no lo creemos así. Sin embargo, este tipo de comportamiento es una actitud asumida por algunos frente a la historia, para blanquearla, igual que los narcotraficantes blanquean sus capitales.
Dos ejemplos. Hace pocos meses visitó Nicaragua Jeanne Kirkpatrick. Hace pocos días lo hizo Dan Burton. Ambos hablaron de democracia y estima para el pueblo nicaragüense. Ambos se mostraron preocupados porque no se repitiera la muerte y destrucción. Ambos se enternecieron de bondad. Sin embargo, ninguno recordó que los crímenes cometidos contra el pueblo de Nicaragua los financió el gobierno norteamericano durante la década de los 80. Tampoco dijeron que la Corte Internacional de Justicia de La Haya enjuició y condenó al gobierno presidido por Ronald Reagan. Y eso no es otra historia. Es la misma. La verdadera. Sin blanquear.
Por esto hay que enfrentar la amnesia --o el Alzheimer inducido-- para no olvidar que un pueblo que pierde su historia pierde su identidad. Es como un cadáver al que sólo falta enterrar.

Nicaragua, octubre 2006.