Opinión

Corrupción neoliberal en el sindicalismo


Los efectos del neoliberalismo en los sindicatos es algo que pasa inadvertido, pese a que su debilitamiento o desaparición profundizaría el deterioro del equilibrio social del país, por la lucha seria de burro suelto con burro amarrado. Veamos algunas de las causas de este problema. En los últimos decenios del Siglo XX se experimentaron dos fenómenos políticos, uno de orden universal y el otro local, y ambos trastocaron el proceso social iniciado en 1979: el derrumbe del sistema socialista europeo y la derrota electoral de la revolución.
La naciente revolución, que había logrado sobrevivir al bloqueo económico y la guerra mercenaria con el apoyo del campo socialista, vio radicalizadas las contradicciones políticas y sociales al desmejorar la economía, y finalizado este apoyo se debilitó en términos políticos frente a los adversarios internos. No obstante, no hubo derrota militar. Pero extenuada en lo económico por la guerra, presionada desde el exterior por el imperio gringo y hasta por algunos “amigos”, hizo la concesión de adelantar las elecciones, sin haberse recuperado de los destrozos físicos y morales de la guerra, y derrotada en las urnas.
Las fuerzas de la derecha pasaron a administrar el poder sin la unidad que manifestó en las votaciones, porque esa unidad fue artificiosa y temporal, amalgamada por la ambición de capturar el poder, colmar ambiciones individuales frustradas por la dictadura somocista y el deseo de acabar con las reformas de la revolución para lo cual el imperio había costeado la guerra. Cada grupo se dedicó a lo suyo y la UNO se desintegró. Las fuerzas representativas de la oligarquía se encargaron de la administración pública, mientras las fuerzas comparsas se dedicaron a usufructuar el poder legislativo y el municipal.
Todo coincidió con el ascenso internacional. Los estragos del neoliberalismo fueron mayores en Nicaragua, porque aquí las órdenes de la privatización y otras medidas de los organismos financieros manejados por Estados Unidos fueron aceptadas sin resistencia; además, el gobierno las tomó como recetas divinas y las aplicó de forma mecánica y servil, al extremo de que hoy, por ejemplo, Nicaragua es el único país del mundo sin transporte ferroviario.
Las causas del desastre actual no son sólo las de la guerra, pues en dieciséis años los préstamos y las ayudas internacionales hubieran sido suficientes para reconstruir e iniciar el despegue económico, si los tres gobiernos de la derecha no hubieran obedecido las órdenes de despojar al Estado de las empresas nacionales de comunicación, energía, transporte aéreo, etcétera, y de abrir las puertas al consumo suntuoso de la clase privilegiada, en tanto descuidaron los programas sociales y la producción agropecuaria. Lo peor de todo fue que se dedicaron a saquear al Estado con defraudaciones, grandes sueldos, el tráfico de influencias, contratando los asesores impuestos por los organismos financieros, creando con ello una gran fuga de dólares, los mismos que ingresaban en forma de préstamos y “ayudas” para hacer estudios de proyectos no siempre puestos en marcha.
Los sectores políticos de la derecha no han gobernado para resolver problemas, sino para “indemnizarse” con creces los años “perdidos”. El peor efecto, junto a los daños físicos y morales de la guerra, ha sido el deterioro de las condiciones de vida de los sectores populares. En contraste, han crecido riquezas exorbitantes en pocas manos. El colmo es que algunos dirigentes de la revolución se montaron en el tren del enriquecimiento rápido, y acumularon fortunas a costa del Estado.
La sociedad sufrió una división aún más profunda entre una minoría enriquecida a extremos insólitos y una mayoría caída en una pobreza sin precedentes. Las políticas neoliberales alimentaron una corrupción sin paralelo. El robo en los bienes del Estado adquirió dimensiones extraordinarias bajo el gobierno de Arnoldo Alemán, al extremo de merecerse una pena de veinte años por malversación de fondos públicos, aunque es una condena más simbólica que real.
Para controlar esta situación, la derecha inició la atracción de los líderes sindicales “independientes” para, primero, enfrentarlos a la revolución, y después ayudaran a neutralizar al sector de los trabajadores organizados que dominan para, al final, convertirlos en aliados de las políticas neoliberales. Así, la derecha cumplió tareas claves, como: la restauración del poder, la corrupción de los sindicatos y hacerles perder independencia y efectividad. El desempleo corrió a la par de la pérdida de fuerza de la organización sindical, pues los obreros lanzados a la desocupación perdieron vínculos con sus sindicatos y éstos se debilitaron o desparecieron, y los obreros que conservan sus empleos y los sindicalistas están bajo la constante amenaza del despido.
Los líderes sindicales autollamados “independientes” primero entregaron sus sindicatos a la coalición derechista UNO, después los plegaron a las políticas del gobierno y de los partidos de derecha a cambio de diputaciones, cargos burocráticos menores y otras prebendas. El Consejo Permanente de los Trabajadores (CPT) se convirtió en el brazo obrero de la derecha, fenómeno colectivo no visto en lo primeros tres cuartos de siglo de sindicalismo en Nicaragua. Los líderes chantajean a los obreros con el empleo para que acepten condiciones de trabajo de las empresas nacionales y extranjeras, en donde los convenios colectivos desaparecen o se les mutila, les obligan asistir a los actos políticos en que han convertido las celebraciones del Primero de Mayo, conmemoración distorsionada con sus adhesiones políticas partidarias.
Estos sindicalistas reciben protección del Ministerio del Trabajo que, a su vez, apadrina injusticias y violaciones al Código del Trabajo. Bajo esa protección, las empresas maquileras de las Zonas Francas han retrocedido los derechos laborales y las condiciones de trabajo a los años anteriores a la vigencia el Código del Trabajo (1945). La pérdida de capacidad de movilización de los sindicatos en defensa de los trabajadores es consecuencia de la pérdida de su independencia.
Es verdad que la deformación del papel de los sindicatos no está siendo bautizada con el neoliberalismo, pues el fundador de la dinastía somocista fue el primero en practicarla desde los años 40, y lo continuaron sus herederos hasta 1979. La diferencia es que ahora la manipulación no es práctica exclusiva de los gobiernos, sino también de los partidos políticos de la derecha y, últimamente, del partido orteguista. El Frente Nacional de los Trabajadores (FNT) pasó de fuerza obrera de apoyo a la revolución a brazo obrero del orteguismo y ahora base de apoyo electoral, sus dirigentes son diputados o aspiran a serlo.
En la presente campaña electoral los líderes del sindicalismo deformado no son ajenos a las acciones tránsfugas y vicios de los políticos, y pasan de la sombra de un partido político a la de otro. Hace pocas semanas se conoció de la adhesión de la CGT y la CTN (del CPT) departamentales de Granada a la Alianza ALN de Montealegre, lo cual sólo sorprende por el hecho de que esas mismas centrales, en sus expresiones nacionales, tienen varios años de ser reserva política de la derecha, primero de la UNO y después del PLC del corrupto Arnoldo Alemán. Este fenómeno es uno de los peores frutos del neoliberalismo.