Opinión

¿Globalización cultural?


I
En sus dos libros nos afirma Schiffrin que en tiempos pasados la tarea editorial era una actividad familiar, en pequeña escala, artesanal, con modestos beneficios producidos por un trabajo que entonces guardaba íntima relación con la vida intelectual del lugar.
Su máxima ambición era el logro de un fondo editorial perdurable, pero se potenciaba la calidad. Las editoriales requerían de un necesario equilibrio económico con obras que aunque de menor calidad generasen ventas rápidas a fin de compensar los lentos rendimientos de las excelsas. Estas editoriales se contentaban con modestas tasas de rentabilidad.

II
Nos dice Pablo Harari que “para entender de letras hay que mirar los números. Hoy menos de media docena de empresas dominan el mundo editorial. La explicación de esta concentración también es numérica: antes se esperaba de un 3 a un 4 por ciento de ganancia, ahora se aspira a más de un 15%”. El resultado es que hoy el lucro decide sobre la cultura.
Por su parte, Schiffrin enfatiza lo que debería ser el afán editorial: a la par de ser una mercancía debe ser también un objeto cultural, base indispensable para desarrollar el conocimiento y estimular la creatividad.

III
Schiffrin nos advierte que en el mundo de habla inglesa cinco editoriales producen el 80 por ciento de los libros. En francés el 75 por ciento de la producción se concentra en cuatro empresas. En España el 50 por ciento de las publicaciones se originan en cuatro grandes grupos.
Nos informa que por lo que hace al español el grupo Prisa tiene intereses que engloban televisión, prensa escrita, editoriales, radios, librerías, imprentas y un largo etcétera de empresas. Es obvio que este grupo por sus diferentes medios puede “organizar el mapa entero de la cultura española”.

IV
Estos fenómenos, originados por la omnipresente globalización, hacen posible un cambio radical y sustantivo en la industria editorial, debido a la concentración de los poderosos conglomerados multimedios.
Como resultado de la economía de escala se generan con rapidez mecanismos de exclusión de las pequeñas editoriales. Los editores independientes se enfrentan y a menudo sucumben en batalla desigual con poderosas empresas de múltiples tentáculos.

V
La producción editorial latinoamericana tradicionalmente, tanto en el plano económico como en el cultural, la lideraban México y Argentina, naciones que han visto desaparecer en la última década a más de cuatrocientas editoriales acompañadas en sus defunciones de librerías, diarios y revistas.
Entre las sobrevivientes quedan menos de diez de capital netamente mexicano, mismas que no publican siquiera cincuenta títulos por año, según el gerente del Fondo de Cultura de México, Ricardo Nudelman.

VI
Al desarrollarse el comercio español, aumentaron sus exportaciones hacia nuestro continente.
“En este contexto, la presencia de la industria cultural española en América Latina puede ser vista desde dos puntos de vista antagónicos: el reencuentro natural de la cultura española con sus hermanas iberoamericanas; o una nueva forma de colonialismo empresarial de la antigua metrópoli que se aprovecha de un mercado debilitado, pero lleno de potenciales” (Lluis Bonet y Albert de Gregorio.

VII
Plantea Schiffrin que “las editoriales nacionales independientes, a menudo fundadas por escritores o intelectuales, no sólo están insertas en la vida cultural, sino que además hacen aportes esenciales”.
Estimulan la inclusión de noveles escritores y encuentran talentos, actuando como verdaderos promotores de la cultura, yendo más allá de la mera labor editorial, lo que las diferencia absolutamente de aquellas editoriales cuyo objetivo exclusivo son las ganancias.

VIII
En Nicaragua nos duele en carne propia lo que significa este contraste cultural de baja calidad con la dificultad de conseguir buenos libros.
Hace un par de años quisimos completar una selecta colección de nuestra biblioteca personal con un libro que algún amigo nuestro se llevó prestado, se trataba de “Las mil y una noches”, lo que nos fue imposible salvo en ediciones para niños, por lo que nos quedó el hueco donde estuvo a la par de El Decamerón y Los Cuentos de Canterbury. “Las mil y una noches” es un libro para coleccionistas, nos dijeron.
¿Y qué de las obras completas de Rubén Darío en la preciosa edición de Aguilar? Ni de ésa ni de ninguna otra editorial hemos conseguido dichas obras completas, sí nos encontramos con su autobiografía y Azul, pero nada más.

IX
Debemos alertarnos de los alcances de esta amenaza a nuestra diversidad cultural y hasta para la buena cultura.
El Rey Mercado con sus leyes regidas por poderosos grupos nos está enrumbando hacia la incultura y la docilidad de ser manejables. Si es deseable la difusión de todas las culturas no lo es la transculturización que promueve este nuevo tipo de mercadeo cultural.

Managua 12 de octubre de 2006

elsavogl@ibw.com.ni
Miembros del Centro Nicaragüense de Escritores