Opinión

Los medios y la batalla electoral


Las elecciones constituyen un formidable test para que la ciudadanía enjuicie el comportamiento de los medios en los procesos electorales. La contienda electoral les permite auscultar su conducta: sus afinidades políticas, sus discrepancias con diversos partidos, el nivel de autonomía con que ofrecen su cobertura, la manera en que comprometen sus políticas editoriales, el mayor o menor grado de apertura hacia las fuerzas contendientes, su distanciamiento de ciertas propuestas programáticas y su nivel de aceptación o rechazo de determinados candidatos.
Aunque lo pregonen los medios no pueden ni deben ser ajenos a los procesos electorales, sobre todo ahora que constituyen la centralidad de la política. Lo que las audiencias juzgan es el nivel de independencia o autonomía que pregonan todos los días. Como aseguran diversos editorialistas, la independencia no puede ser entendida como neutralidad, tampoco indiferencia en todo cuanto ocurre en la batalla electoral.
La razón es básica y sencilla. Los medios son hoy en día un actor político privilegiado y su principal misión radica en la construcción de la realidad y la configuración de la agenda política. Nacieron vinculados a la política y continuarán siendo los espacios en donde se gana o se pierde el poder. Nunca los medios han estado sobre la sociedad de la que nacen, se nutren y les da vida. Las campañas electorales encuentran en los medios el escenario natural para que las diversas fuerzas políticas libren la contienda por conquistar el poder, ofrecen y animan al ciudadano a que participe del juego electoral. Esta circunstancia convierte en inevitable que los electores expresen a favor de qué corriente política están, de paso juzgan la manera en que los medios muestran sus simpatías o antipatías políticas por muy cuidadosos que se muestren en hacerlo u ocultarlo.
Los medios han pasado a jugar un papel preponderante en las elecciones y su poder cada día se acrecienta más. Como lo expone Maxwell McCombs, “el modo en que la gente ve al mundo -–la prioridad que dan a ciertos temas o cualidades a costa de otros-- está influenciado de una manera directa y mensurable por los medios de difusión”. Disponer del apoyo de los medios, especialmente de los audiovisuales, durante una elección significa contar con firmes aliados que pueden decidir en última instancia a favor de quién debe inclinarse la balanza electoral.
Con los procesos de desideologización y la crisis de representatividad en que han entrado algunos partidos en Nicaragua y diversas partes del mundo, la incidencia de los medios se torna clave. Los medios cuentan a su favor con una enorme capacidad de organización y movilización. En donde no existen estructuras políticas o éstas son muy débiles, los medios ayudan a forjarlas y cohesionarlas. Uno de los primeros expertos en formular esta realidad fue Hans Magnus Enzensberger en su ensayo Elementos para una teoría de los medios de comunicación. Desde entonces a esta parte el poder de los medios ha crecido y se ha multiplicado, especialmente los medios audiovisuales, que han pasado a ocupar el epicentro de la centralidad mediática.
Aunque la política no comienza ni termina con los medios, su accionar decisivo se convierte en una buena razón para disponer de ellos o contarlos como aliados. La tesis del argentino Gustavo Martínez Pandiani, Decano de la Facultad de la Educación y de la Comunicación Social de la Universidad del Salvador en Buenos aires, resulta irrebatible y es plenamente coincidente con las apreciaciones de Rodrigo Alsina en su texto La construcción de la noticia, en el sentido que vivimos en una sociedad mediatizada, que no es otra cosa que “la prensa ya no sólo reproduce la realidad, genera además la frontera entre lo real y lo representado, actuando así como una verdadera productora de sentido”.
Las tesis funcionalistas de que los medios informan, educan y entretienen, además de pecar de diminutas, olvidan que los medios son auténticos creadores de la realidad, no sólo la reproducen o reflejan, como siguen sosteniendo algunos despistados que se quedaron atrapados en el siglo pasado. Salir al encuentro de los medios para acrecentar las probabilidades de ganar una elección se vuelve un imperativo de nuestra época. Esto no significa que el contacto directo con los electores haya caducado. Se está estimulando. El ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, terminaba sus jornadas electorales diarias con las manos inflamadas. Sin embargo, se pretende que los contactos repercutan entre los demás votantes a través de su difusión en los distintos medios de comunicación.
Pensar de una manera distinta es no conocer ni haber descubierto las infinitas posibilidades que ofrecen los medios, porque “la verdadera batalla no se da en las pantallas de la televisión, sino en las mentes y emociones de los votantes”. Obviar a los medios es negarse el derecho a acrecentar y aumentar el triunfo electoral. Ignorar la televisión supone un gravísimo error. En una plaza como Managua, en donde el 98% de los hogares dispone de una aparato televisivo, implica para un político que sabe utilizar el medio adquirir un carácter omnipresente que lo vincula con los electores y les ayuda a seducirlos y a predisponerlos a su favor. Lo demás es cuento, puro cuento.