Opinión

Una incómoda compañera


Bajo el amparo de esa frase ramplona, absurda y abstracta de la “guerra contra el terror” se están consintiendo Estados que promueven y ejecutan abusos y crímenes de toda clase. Hoy en día, Estados Unidos ya ha demostrado que puede y tiene el permiso, es decir, el silencio y el mirar para otro lado de los gobiernos “democráticos” para secuestrar a una persona en cualquier país del mundo; pongamos por ejemplo, Nicaragua, usted va caminando, se le acercan unos tipos, lo conducen amenazado hasta un carro, le dicen que es un terrorista y se lo llevan a Guantánamo donde sufre toda clase de torturas controladas mientras espera un juicio que no llega. Hay otros Estados, algunos participan en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, a los que no interesa denunciar ni presionar fuertemente a nivel internacional para que cesen en su constante violación criminal de los derechos humanos. Estoy hablando de China; estoy hablando de Rusia; estoy hablando de la misma Colombia, todos ellos amparados y ocultados bajo el ala del primero de ellos: Estados Unidos y su slogan de gobierno: “guerra contra el terror”.
La consecuencia y la única evaluación posible de los resultados de la “guerra contra el terror” promovida por el presidente Bush (arbusto en español) es que ahora hay más terror, más organización de ese terror, y así mismo ha aumentado el terrorismo de Estado. Es tal la maldad generada por este hombre y sus seguidores que ha provocado, creo por primera vez en la Historia, que un presidente de Estados Unidos sea despreciado con burla y sorna en contra de todas las normas de protocolo en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Es el presidente peor considerado en la historia de los Estados Unidos. Es la mayor vergüenza de ese país. Muchos que lo votaron ya sienten esa vergüenza. Algunos de los que argumentaron a su favor antes de entrar en Irak también hoy se arrepienten, y hay ejemplos como el de Bob Woodward, que acaba de publicar un libro muy crítico contra la administración de Bush titulado Estado de negación. Otros callan, o lo que es peor, repiten la peor forma de hacer política de Bush, entre los que están algunos de sus embajadores y diplomáticos, como la que se sufre en Nicaragua. Algún día terminarán confesando algo parecido a lo de aquella proclama insurreccional en la ciudad de La Paz en el siglo XIX: “Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”.
Al escribir este artículo, acabo de mirar el semblante frío de Putin, amigo de Bush y presidente de Rusia, anunciando, cuatro días después, que se investigará el asesinato de una mujer. El sábado pasado, al regresar de hacer la compra, en el portal que daba entrada a su apartamento en el centro del Moscú de todas las intrigas, la periodista Anna Politkovskaya, de 48 años, fue asesinada de cuatro balazos con un arma que el asesino dejó en el ascensor. Es un misterio todavía por resolver. Por qué dejó el arma allí. Sin duda es un mensaje, algo que sirve para confundir, o quizás para acusar, el último gesto de un asesino obviamente enviado por alguien. Alguien o algunos. A quién molestaba Anna. Al mismo presidente de Rusia, el señor Putin, un hombre que no ha aprendido a contener sus movimientos ni sus furias en público, que practica las artes marciales, y con toda la sangre fría, sentado en el sillón de los zares, manda aplicar la mano dura en Chechenia y hacer la vista gorda sobre violaciones y desapariciones. La periodista sirvió de mediadora cuando un grupo chechenio secuestró un teatro lleno de gente en Moscú, pero Putin perdió la paciencia y ordenó una liberación que se cobró la vida de casi 200 personas, algo así como al estilo Bush. Debe ser por eso que se llevan tan bien. Ambos reían, recuerdo, paseando juntos por el Palacio de Invierno de los zares, cuando Israel le mandaba bombas a la población civil, con especial dedicación, a los niños del Líbano. Recuerdo sus risas en una foto del periódico --qué parcializados son los medios a veces--, y a su lado había una foto de un niño libanés muerto junto a un osito de peluche que parecía muerto también, como si alguna vez hubiese tenido vida en las manos del pequeño. Con los ojos muy abiertos, tan abiertos que aún no se olvidan.
Anna, esta periodista de pelo cano y semblante serio, como si previera su final, había publicado varios libros siguiendo la estela del mejor periodismo investigativo destapando las suciedades que están debajo del amigo de Bush. Ahora Bob Woodward ha publicado ese otro libro en Estados Unidos sobre las mentiras que ha descubierto de Bush. En Colombia, miles de personas quedan sin derecho a nada a causa de un conflicto que el presidente Uribe, amigo de Bush, resume como acciones contra grupos narcoterroristas. En China, la violación de los derechos humanos es un secreto a voces, o lo que es lo mismo, un silencio a la fuerza, mientras se vaya encauzando a las normas del comercio internacional, de las zonas francas, que al fin y al cabo es lo que interesa. De la expansión de China de forma ventajosa, especuladora y mercantilista, en el peor sentido de la palabra, por toda África, es de lo que nadie habla porque no interesa denunciar a un país tan grande y tan poderoso, y porque África simplemente no interesa en absoluto. Hoy, más que nunca, la información molesta a los que ejecutan acciones criminales desde los gobiernos. Pero la prensa libre, aunque en realidad sea la libertad de los dueños de las empresas que la sostienen y de las leyes del mercado, es uno de los símbolos del estado de salud de una democracia. No podría haber democracia sin libertad de prensa. Hasta en las dictaduras más largas se fingía la libertad de prensa para amortiguar las críticas. Algunos se acuerdan aún de Somoza y sus conferencias de prensa. Y los periodistas en este tipo de contextos son unos incómodos necesarios hasta que se vuelven demasiado incómodos. Para nosotros son de lo más necesario. Son nuestra voz, nuestra única voz en ocasiones para denunciar o para descubrir algunas cosas, ¿verdad don José Rizo?, ¿verdad Alemán?, ¿verdad Daniel?, verdad Montealegre?
Una de esas incómodas compañeras era Anna. Cuando en la escuela de Beslán muchísimos niños estaban amenazados de muerte, esta periodista se fue rápidamente para allá. Llevaba en su equipaje la memoria del horror de lo que había vivido antes en el secuestro del teatro en Moscú. En el avión fue envenenada. No pudo llegar a su destino. Tal vez si se hubiera ido de Rusia, como hacían muchos cuando podían en tiempos del régimen soviético, no le hubiera pasado esto que le ha pasado en una democracia con un poder controlado en muchos sentidos por la mafia amparada por las autoridades y por Estados Unidos, el otro Estado consentido, el consentidor de mentiras como la “guerra contra el terror”, las armas químicas de Sadam Hussein o un Bin Laden escondido en una roca de Afganistán. Para mientras, de lo que ocurre en Afganistán aún sabemos menos. Y cuando los periodistas intentan llegar a descubrir e informar, contar lo que está pasando, el riesgo es demasiado alto. Hay que jugarse la vida para ser periodista.
En el entierro de Anna se miraba por televisión un gentío acompañando su féretro hasta el cementerio. Fue inevitable hacer la relación con otras escenas parecidas vistas anteriormente, como en el de Pedro Joaquín Chamorro, donde la gente sintió su pérdida como la de la propia voz de un pueblo. Después de ese entierro ya saben lo que pasó: toda una dictadura de 40 años terminó de caer. No se mueren las voces sin que nada ocurra. Algo caerá, tarde o temprano. Algo caerá en este tiempo de mentiras y de terror en que vivimos. Las voces, en cambio, siempre se quedan en la memoria. Desde el vientre materno sabemos distinguir las que son nuestras.
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