Opinión

El MTI, la prensa y el legado presidencial


La renuncia del Ministro de Transporte e Infraestructura, Ricardo Vega Jackson, ocurrida hace dos semanas, le ha asestado un golpe severo a la credibilidad del gobierno del presidente Bolaños, en un momento clave en que el mandatario se prepara para rendir cuentas sobre su gestión.
Vega Jackson llegó a ese Ministerio como una especie de apagafuegos, a restaurar la confianza pública dilapidada durante la labor ministerial del ex ministro Pedro Solórzano. Cuestionado por expertos en carreteras dentro de su mismo gobierno, por empresarios de la Cámara de la Construcción y por investigaciones periodísticas de EL NUEVO DIARIO, Confidencial y La Prensa, Solórzano dejó un rosario de entuertos que cuando menos representan una onerosa carga para el Estado.
Existe un récord ampliamente documentado ante la opinión pública sobre los casos de Hispánica, en la carretera a Granada; Tradeco, en la carretera Chinandega-El Guasaule; y ahora Meco-Santa Fe, en la carretera San Lorenzo-Muhan. En una cartera cuya desastrosa gestión no puede ser atribuida a los obstáculos del pacto Alemán-Ortega, sino exclusivamente a la inoperancia ministerial, el legado de Solórzano representa el mayor costo político para la imagen del gobierno de Bolaños.
Vega Jackson asumió el timón de un barco a la deriva y se encontró con otros problemas adicionales: ofertas de préstamos a punto de perderse por falta de gestión, obras paralizadas por la pérdida de confianza de donantes multilaterales como el BID, y un Ministerio recargado de supernumerarios. Y cuando intentó poner “la casa en orden” removiendo a algunos funcionarios de la anterior administración, el presidente le retiró su confianza obligándolo a renunciar.
Ése es el detonante que relanzó ante la opinión pública nuevas investigaciones sobre los casos aún pendientes de esclarecer en el MTI. No porque exista una conspiración mediática, o un afán malintencionado en contra del mandatario o su ex ministro, sino por la necesidad elemental de reivindicar el derecho a saber lo que pasa en los laberintos del MTI.
Por eso deploramos la actitud del presidente Bolaños cuando la semana pasada reaccionó ante las más recientes revelaciones, deslizando graves insinuaciones contra la integridad del periodista Oliver Bodán, reportero de Confidencial y de END.
Anteriormente fue Solórzano el encargado de intentar descalificar al periodista, acusándolo a él y a Confidencial de perseguir “motivaciones políticas” en su contra por haber realizado una investigación exhaustiva en el caso Chinandega-El Guasaule. Una serie de trabajos que por cierto le merecieron a Bodán el honroso premio nacional a la excelencia periodística “Pedro Joaquín Chamorro”, otorgado por un jurado internacional.
Pero ahora el presidente Bolaños ha ido más lejos al insinuar que la labor investigativa del periodista estaría motivada por violaciones a la ética e integridad profesional. Se trata de una insinuación injuriosa que más bien rebaja la estatura de la investidura presidencial.
En el ejercicio de su labor el periodista investigativo tiende a incurrir en un escepticismo excesivo, para lidiar con las trampas del ocultamiento oficial. Es probable también que las fuentes pueden llegar a sentirse “acosadas”, bajo la presión de un periodista que tiene la determinación de obtener información a toda costa. Se trata de excesos de una profesión que debe autorregularse, en la medida en que se va derrumbando la cultura secretista que impera en el manejo de los asuntos públicos. Pero cualquiera de estos defectos, que son corregibles, son mil veces preferibles al periodismo complaciente del poder que no le brinda ningún servicio útil a la democracia.
Por eso insisto en que en esta relación conflictiva entre la prensa y el poder, el gobernante les debe respeto profesional a los periodistas, aunque discrepemos en torno a hechos, críticas y opiniones. Ahora que se prepara para ordenar el legado de su gobierno, el presidente Bolaños debería verse en el espejo de la ex presidenta Chamorro y el del ex presidente Alemán. La primera siempre mantuvo una relación respetuosa con la prensa, a pesar de las críticas de toda clase --justas e injustas-- de que fue objeto su gobierno; el segundo salió del poder lanzando ataques personales a diestra y siniestra contra periodistas y medios de comunicación. Y no es necesario hacer una encuesta para adivinar qué lugar ocupa cada uno en el registro histórico de la opinión pública.